SEGURIDAD EN EL MUNDIAL DE FUTBOL

Operativo Kukulcán: entre la grandeza del Mundial y el ruido político

Detrás del nombre mitológico del Operativo Kukulcán, hay una arquitectura de seguridad de proporciones mayúsculas que merece analizarse con seriedad, lejos del estruendo político que algunos actores insisten en montar. | César Gutiérrez Priego

Escrito en OPINIÓN el

México no organiza un Mundial de futbol todos los días. De hecho, la última vez que lo hizo fue en 1986, cuando el país demostró al mundo que podía estar a la altura de los grandes eventos deportivos globales incluso en circunstancias adversas. Cuatro décadas después, la nación vuelve a ponerse la camiseta de anfitrión, esta vez en una edición compartida con Estados Unidos y Canadá, y lo hace desplegando uno de los operativos de seguridad más ambiciosos y complejos que se hayan diseñado en su historia reciente: el Operativo Kukulcán.

El nombre no es casual. Kukulcán, la serpiente emplumada de la cosmovisión maya, símbolo de poder, movimiento y transformación, representa exactamente lo que este operativo pretende ser: una presencia que lo abarca todo, que se mueve con precisión y que protege sin ser necesariamente visible en su totalidad. Detrás de ese nombre mitológico hay una arquitectura de seguridad de proporciones mayúsculas que merece analizarse con seriedad, lejos del estruendo político que algunos actores insisten en montar precisamente cuando el país más necesita unidad.

Hablemos de cifras, porque los números en este caso no son propaganda: son logística. El Operativo Kukulcán moviliza aproximadamente 20 mil elementos de las Fuerzas Armadas, incluyendo Ejército, Fuerza Aérea y Guardia Nacional, que se coordinan con un estado de fuerza federal y local que roza los 100 mil efectivos en total. Estamos hablando de un despliegue humano comparable al de algunas operaciones militares internacionales de paz, pero orientado no a un conflicto bélico sino a garantizar que millones de aficionados de todo el mundo puedan disfrutar del futbol sin sobresaltos.

La estrategia se articula mediante Fuerzas de Tarea Conjuntas distribuidas en tres sedes principales: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, los tres grandes centros urbanos que concentrarán la mayor parte de la actividad mundialista. Estas fuerzas se complementan con siete agrupamientos conjuntos para sedes alternas y centros de entrenamiento, lo que garantiza una cobertura territorial que no deja flancos expuestos.

La defensa aérea, un componente que en operativos anteriores era prácticamente inexistente en el diseño de seguridad para eventos deportivos, ocupa ahora un lugar central. Tres agrupamientos especializados en este rubro, combinados con sistemas antidrones de última generación, aseguran el control total del espacio operativo sobre los estadios y sus zonas de influencia. En un mundo donde los drones han demostrado ser vectores potenciales de amenaza, desde acciones terroristas hasta simples violaciones de privacidad que pueden desencadenar pánico, este componente no es excesivo: es indispensable.

Dentro de los estadios, la tecnología hace su parte. Equipos militares realizarán barridos electrónicos, radiológicos y de comunicaciones para descartar la presencia de dispositivos sospechosos. A esto se suma tecnología de reconocimiento facial que, aunque genera debates legítimos sobre privacidad civil que habría que atender con transparencia, cumple una función operativa de primer orden en materia de identificación de personas con alertas de seguridad. El monitoreo en tiempo real opera desde los centros C5, donde personal de la SEDENA coordina el intercambio de inteligencia y datos estratégicos con todas las instancias involucradas. Es decir, no se trata de esfuerzos aislados: hay una cabeza pensante, un sistema nervioso central que articula la información.

El equipamiento mayor habla por sí solo: más de 2,100 vehículos militares, 24 aeronaves, carpas descontaminadoras y cerca de 200 binomios canófilos especializados en antiexplosivos. Este último elemento, los perros entrenados junto a sus guías, suele subestimarse en los análisis de seguridad, pero representa una de las herramientas más eficaces y confiables para la detección de amenazas en entornos de alta densidad humana.

El ruido que no ayuda

Todo lo anterior sería suficiente para llenar columnas de análisis técnico y reconocimiento institucional. Sin embargo, México tiene una notable habilidad para complicarse la vida a sí mismo en los momentos menos oportunos. Y aquí es donde entra el factor político, ese elemento perturbador que algunos actores parecen cultivar con especial dedicación cuando el país está en el centro de la atención mundial.

Las movilizaciones de la CNTE y el magisterio disidente no son un fenómeno nuevo. Sus demandas tienen una historia larga y sus agravios, algunos legítimos, otros instrumentalizados, forman parte del paisaje político mexicano desde hace décadas. Nadie con honestidad intelectual puede negar que los maestros tienen derechos que deben ser atendidos. Pero el momento importa, y hay algo profundamente irresponsable en elevar la presión de las movilizaciones justo cuando el país necesita proyectar estabilidad ante el mundo, cuando millones de visitantes están por llegar y cuando las fuerzas de seguridad deben dividir su atención entre el operativo mundialista y la gestión de conflictos sociales en puntos neurálgicos del territorio.

Más preocupante aún es el aprovechamiento político que ciertos grupos de oposición intentan hacer de esta coyuntura. El Mundial como tablero de negociación, como palanca de presión, como escenario para exhibir fisuras institucionales ante las cámaras del mundo: esa es una tentación que algunos no están resistiendo. Los chantajes políticos disfrazados de reivindicación social o de crítica democrática tienen un costo real cuando se ejecutan en el peor momento posible, y ese costo no lo paga el político oportunista que los promueve, sino el país entero, su imagen, su economía y su seguridad.

Un Mundial de futbol es mucho más que futbol. Es turismo, es inversión, es diplomacia blanda, es la oportunidad de que el mundo vea a México no a través del filtro de la violencia o la inestabilidad, sino a través de su hospitalidad, su cultura y su capacidad organizativa. El Operativo Kukulcán es la columna vertebral que hace posible esa narrativa alternativa, la que México necesita y merece.

Por eso resulta fundamental que la sociedad entienda la dimensión de lo que se está haciendo, que no lo vea como militarización excesiva sino como una respuesta proporcional a los estándares de seguridad que exige un evento de esta naturaleza, y que distinga entre las críticas legítimas que siempre deben existir en una democracia y los intentos de desestabilización disfrazados de ejercicio cívico.

La serpiente emplumada ya se mueve. La pregunta es si México, como sociedad y como clase política, está a la altura del momento histórico que tiene enfrente. El Mundial llega una vez por generación. El ruido político, lamentablemente, nunca se va. La diferencia está en saber cuándo callarlo y cuándo, simplemente, dejar que el país brille.

César Gutiérrez Priego

@cesargutipri