CLAUDIA SHEINBAUM

México en pie: soberanía, seguridad y claridad

El mitin del sábado convocado en apoyo a la presidenta de México fue una demostración inequívoca de respaldo ciudadano ante un momento político particularmente tenso. | César Gutiérrez Priego

Escrito en OPINIÓN el

La semana pasada dejó mensajes claros y contundentes. El mitin del sábado convocado en apoyo a la presidenta de México fue una demostración inequívoca de respaldo ciudadano ante un momento político particularmente tenso, donde voces externas e internas han intentado sistemáticamente desestabilizar al gobierno mediante cuestionamientos que muchos analistas y ciudadanos consideran motivados por la política más que por una genuina preocupación democrática. Las calles llenas no mienten. La gente salió, como ha salido en otros momentos históricos de México, a defender algo que considera fundamental: el derecho del país a gobernarse a sí mismo, sin tutelas ni presiones foráneas disfrazadas de preocupación ciudadana.

La soberanía nacional no es un concepto abstracto guardado en los libros de historia. Es una realidad viva que se defiende todos los días, especialmente cuando las presiones vienen de actores con intereses específicos. Cuando políticos estadounidenses, amplificados estratégicamente por medios de comunicación tanto nacionales como internacionales, y respaldados por figuras políticas mexicanas con agendas propias, intentan intervenir en los asuntos internos del país. La respuesta natural y legítima de cualquier nación que se respete a sí misma es precisamente lo que vimos el sábado: unidad, claridad y determinación. No se trata de cerrar los ojos ante la crítica constructiva. Se trata de distinguir entre quien critica con argumentos sólidos y quien ataca con objetivos políticos disfrazados de análisis.

México ha sido históricamente un país que ha tenido que defender su soberanía en múltiples frentes y en distintas épocas. Esta no es la excepción. La diferencia hoy es que las herramientas de presión son más sofisticadas: redes sociales, medios internacionales, declaraciones diplomáticas cargadas de doble intención y alianzas entre actores de ambos lados de la frontera que comparten más intereses económicos y políticos que valores democráticos reales. Reconocer esto no es paranoia, es lectura política elemental.

En materia de seguridad, los números hablan por sí solos y merecen ser escuchados con seriedad. Quienes respaldan esta administración señalan avances que califican de históricos, argumentando que los indicadores actuales representan los mejores resultados en aproximadamente cuatro décadas en términos de reducción de violencia y desarticulación de estructuras criminales. Si esto es cierto, y los datos apuntan en esa dirección según sus defensores, estamos ante un logro que ningún gobierno anterior pudo alcanzar, ni siquiera aquellos que contaron con mayor respaldo mediático o internacional en su momento.

La estrategia de seguridad implementada no surgió de la improvisación. Se construyó desde el primer día de gobierno con una visión clara: atacar las causas estructurales de la violencia, fortalecer las instituciones, y al mismo tiempo mantener una colaboración bilateral con Estados Unidos que ha sido, paradójicamente, uno de los pilares fundamentales de los resultados obtenidos. Y aquí está la contradicción más llamativa del momento político que vivimos: los mismos actores políticos estadounidenses que hoy cuestionan al gobierno mexicano son los que deberían reconocer que la cooperación en materia de seguridad entre ambos países ha funcionado, que los resultados son reales y que desestabilizar a un gobierno que ha dado resultados concretos no beneficia a ninguno de los dos países, sino únicamente a quienes prosperan en el caos y la incertidumbre.

El crimen organizado no tiene nacionalidad, pero sí tiene enemigos claros. Un gobierno que ha logrado articular una política de seguridad efectiva, sostenida y con resultados medibles es precisamente el tipo de adversario que las organizaciones criminales no quieren ver consolidado. Por eso no sorprende que los ataques, vengan de donde vengan, se intensifiquen justamente cuando los resultados empiezan a ser innegables. La coincidencia no es casual, es estratégica.

Quienes salieron el sábado a las calles lo entienden perfectamente. No salieron a defender a una persona, salieron a defender un proyecto, una dirección y sobre todo un principio: que México tiene el derecho y la capacidad de resolver sus propios problemas, de construir su propia paz y de hacerlo en sus propios términos. La presidenta ha representado ese compromiso de manera consistente desde su llegada al poder, y el respaldo ciudadano es el termómetro más honesto de esa realidad.

México avanza. Con dificultades, con debates necesarios, con claroscuros propios de cualquier proceso de transformación genuina. Pero avanza. El debate político es legítimo y bienvenido, pero debe darse con honestidad, con datos reales y sin agendas ocultas que sirvan a intereses que no son precisamente los del pueblo mexicano. Eso es lo que el mitin del sábado le dijo al país y al mundo con una claridad que pocos podrán ignorar.

César Gutiérrez Priego

@cesargutipri