ELECCIONES EN PERÚ

La elección en Perú muestra el cansancio de una sociedad

Cuando una sociedad queda partida en porcentajes casi idénticos, como pasó en las elecciones en Perú, quien resulte ganador recibe algo más complejo que una constancia electoral: recibe la obligación de escuchar a quienes votaron en contra. | José Luis Castillejos

Escrito en OPINIÓN el

Las elecciones presidenciales de Perú retratan el estado emocional del país sudamericano. Es una fotografía política difícil de ignorar: una nación dividida casi exactamente por la mitad.

Los resultados preliminares de la segunda vuelta presidencial revelan una diferencia mínima entre Roberto Helbert Sánchez Palomino y Keiko Sofía Fujimori Higuchi. Con más del 94 por ciento de las actas contabilizadas por la Oficina Nacional de Procesos Electorales, la distancia entre ambos no alcanza siquiera un punto porcentual.

La imagen es poderosa. Al corte de la tarde del 8 de junio, una candidatura aparece con 50.041 por ciento y la otra con 49.959 por ciento. No es solo una cifra electoral: es la radiografía de dos países que conviven bajo una misma bandera, con miedos distintos, esperanzas diferentes y heridas que todavía no terminan de cerrar.

Conviene decirlo con precisión, porque el detalle importa. El cómputo de la ONPE es preliminar y el liderazgo se ha alternado voto a voto durante el escrutinio. El nombre del presidente electo no lo entregará un tablero en pantalla, sino el Jurado Nacional de Elecciones, una vez resueltas las actas observadas y los recursos pendientes. Esa espera, en sí misma, ya dice algo del país.

Perú conoce demasiado bien los costos de la inestabilidad. En menos de una década ha visto pasar presidentes, crisis institucionales, protestas, enfrentamientos entre poderes y una ciudadanía cada vez más desconfiada de sus representantes.

Las urnas hablan, pero también advierten. Cuando una sociedad queda partida en porcentajes casi idénticos, quien resulte ganador recibe algo más complejo que una constancia electoral: recibe la obligación de escuchar a quienes votaron en contra.

La democracia no puede reducirse al triunfo aritmético de una mitad sobre la otra. Gobernar un país dividido exige entender que millones de ciudadanos no desaparecen después del conteo final. Siguen ahí, con sus preocupaciones, sus demandas y sus razones.

América Latina atraviesa un tiempo de fragmentación profunda. Las victorias amplias son cada vez menos frecuentes. Crecen los gobiernos que nacen con la mitad del país celebrando y la otra mitad mirando con desconfianza.

El caso peruano recuerda una lección incómoda para toda la región: ganar una elección puede ser más sencillo que construir legitimidad después de ganarla.

El próximo gobierno tendrá enfrente desafíos enormes como es recuperar confianza, fortalecer instituciones, atender desigualdades históricas y evitar que la confrontación permanente sustituya al diálogo político.

Las democracias no se rompen únicamente con golpes o rupturas constitucionales. También se desgastan lentamente, cuando los ciudadanos dejan de creer que la política puede mejorar sus vidas.

Hoy Perú no entrega solo un resultado electoral. Entrega el mensaje de que ningún proyecto puede gobernar ignorando a la otra mitad del país.

Cuando una nación queda dividida en dos, la verdadera victoria no consiste en vencer al adversario. Consiste en encontrar la forma de volver a caminar juntos.

José Luis Castillejos

@JLCastillejos