#ANÁLISISDELANOTICIA

El hartazgo también vota

La historia reciente demuestra que ningún gobierno es invencible y ninguna oposición tiene garantizado el regreso: cuando el hartazgo madura, las urnas suelen ser más crueles que cualquier encuesta. | Alberto Capella

Escrito en OPINIÓN el

Colombia acaba de mandar un mensaje que México debería leer con menos soberbia y más atención. Abelardo de la Espriella ganó la primera vuelta presidencial con 43.74 por ciento de los votos. No le alcanzó para evitar la segunda vuelta porque allá se requiere más del 50 por ciento, pero sí para poner contra las cuerdas al proyecto político de Gustavo Petro y sacudir el tablero político del continente.

Iván Cepeda, candidato identificado con el petrismo, obtuvo 40.90 por ciento. La izquierda colombiana no está muerta. Conserva base social, estructura, narrativa y una fuerza electoral que nadie debería despreciar. Pero tampoco le alcanzó para esconder el desgaste de un gobierno que prometió cambiar la historia y terminó enredado entre discursos incendiarios, contradicciones, pleitos internos, escándalos, frivolidades, inseguridad creciente y una peligrosa costumbre de culpar siempre a otros.

Petro llegó al poder vendiendo superioridad moral. Ese producto suele caducar rápido cuando la realidad empieza a cobrar facturas. Colombia no votó solamente contra una ideología. Votó contra el cansancio de escuchar demasiadas explicaciones y ver pocos resultados.

La derecha tradicional tampoco salió viva del golpe. Paloma Valencia, la candidata más cercana al uribismo, apenas alcanzó 6.92 por ciento. Ese número es una bofetada política. Dice que Álvaro Uribe sigue siendo una figura histórica, pero ya no basta invocarlo para ganar una presidencia. Dice que la oposición ortodoxa envejeció, se encerró en sus propias nostalgias y confundió memoria con futuro.

Por eso la lectura no puede ser tan simple como decir que ganó la derecha. La historia es más incómoda. Colombia castigó al mismo tiempo al petrismo soberbio y al uribismo agotado.

En ese vacío apareció De la Espriella. Polémico, estridente, provocador, mediático, con excesos evidentes y con una biografía que sus adversarios seguirán revisando con lupa. Pero entendió algo que muchos partidos dejaron de escuchar. Millones de ciudadanos ya no querían otro sermón ideológico. Querían un vehículo para expresar enojo.

Su avance recuerda fenómenos recientes en otras partes del continente. No porque sea igual a Milei, Noboa o Trump. No lo es. Pero todos lograron capitalizar una misma emoción social. El hartazgo. Ese combustible político que aparece cuando la gente se cansa de gobiernos que prometen redención y oposiciones que sólo ofrecen reciclaje.

También las encuestas volvieron a tropezar. Durante semanas, buena parte del debate giró alrededor de mediciones que no alcanzaron a registrar lo que estaba pasando en la calle. Otra vez los números de escritorio llegaron tarde al humor ciudadano. Otra vez las élites políticas descubrieron que la sociedad se mueve más rápido que sus consultores.

México debería mirar este proceso rumbo a 2027. Ese año estarán en disputa 17 gubernaturas. Diecisiete espacios de poder territorial donde se medirá mucho más que popularidad partidista. Se medirá seguridad, economía, abuso de poder, hartazgo local, arrogancia gubernamental y capacidad real de la oposición para convertirse en alternativa.

Morena no debería mirar a Colombia con burla ni con exceso de confianza. La oposición mexicana tampoco debería celebrarlo como si el enojo ciudadano ya le perteneciera. El hartazgo no tiene credencial de partido. Puede castigar a un gobierno que decepciona, pero también puede castigar a una oposición que no se organiza, no se renueva, no emociona y sigue creyendo que los errores del adversario son una estrategia electoral.

Colombia acaba de demostrar que los ciudadanos pueden cansarse de dos proyectos al mismo tiempo. Del gobierno que prometió cambiarlo todo y terminó pareciéndose demasiado a lo que criticaba. Y de la oposición que siguió mirando por el espejo retrovisor mientras el país buscaba otra salida.

La historia reciente demuestra que ningún gobierno es invencible y ninguna oposición tiene garantizado el regreso. Cuando el hartazgo madura, las urnas suelen ser más crueles que cualquier encuesta.

 

Alberto Capella

@kpya