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La inversión que México necesita no viene de fuera

La desconexión entre demanda y producción nacional se agrava silenciosamente: México necesita una estrategia que haga rentable producir para los mexicanos. | Jorge Faljo

Escrito en OPINIÓN el

Inversión Externa

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe –CEPAL–, recién publicó su informe anual sobre Inversión Extranjera Directa (IED), 2026. El informe confirma que en 2025 México recibió 43,221 millones de dólares de inversión extranjera directa — el tercer nivel más alto desde 1990. Junto con Brasil concentró el 62 por ciento de la inversión extranjera que llegó a América Latina y el Caribe. 

Desde esa óptica, el país es un éxito en atracción de capitales del exterior. Y sin embargo, el PIB creció apenas 0.8 por ciento en 2025 y en el primer trimestre de 2026 se contrajo 0.6 por ciento respecto al trimestre anterior. Visto a mayor plazo el PIB lleva siete años creciendo por debajo del incremento demográfico. La presidenta Sheinbaum lo reconoció sin rodeos en la Convención Bancaria de marzo: "nos falta crecer". 

En la economía mexicana conviven, pues, un récord en captación de inversión extranjera y un estancamiento que no cede. Esa contradicción merece explicación y tal vez el meollo del asunto no es una cuestión de cantidad sino, también de calidad; es decir modalidades, destino y operación de la IED.  

La CEPAL destaca que el 64 por ciento de la inversión externa que llegó en 2025 fue reinversión de utilidades: dinero generado aquí, ganancias, que las empresas extranjeras decidieron no repatriar. Solo el 17 por ciento fueron aportes de capital nuevo — dinero fresco que viene del exterior a construir o ampliar algo. El resto, préstamos entre empresas del mismo grupo corporativo.

Esto dice algo importante. Las empresas extranjeras ya instaladas en México confían en el país lo suficiente como para reinvertir parte de sus ganancias. No sabemos en qué proporción. Pero la llegada de capitales verdaderamente nuevos es más limitada de lo que sugiere el número total. Y los anuncios de proyectos — que miden la intención de inversión futuracayeron 43 por ciento en 2025 respecto al año anterior, con la industria automotriz derrumbándose 61 por ciento. 

La explicación que da la CEPAL es la incertidumbre: los inversionistas no saben si el TMEC revisado les dará las mismas condiciones de acceso al mercado estadounidense que antes, y sin esa certeza prefieren esperar.

El informe también señala algo que en el debate público mexicano rara vez se menciona: el 99.1 por ciento de los anuncios de IED en México corresponde a sectores con orientación "muy alta" hacia el mercado de Estados Unidos. Es decir, casi toda la inversión externa que llega o podría llegar a México está aquí porque México exporta a Estados Unidos. No porque le interese el mercado mexicano. 

Una parte significativa de la IED no crea capacidad productiva nueva: compra la que ya existe. La banca, la cerveza y el acero —sectores que alguna vez tuvieron propietarios mexicanos— pasaron a manos extranjeras mediante adquisiciones, no mediante la construcción de algo nuevo. Y en otros casos la inversión extranjera no compra sino que desplaza: cadenas agroindustriales globales han sustituido la producción de miles de pequeños y medianos productores que ya no existen. En ambos casos lo que aparece en las estadísticas como “entrada de capital” es, en la práctica, un cambio de propietario, como en los alcoholes, o una sustitución de productores nacionales, como en la industria avícola.

La CEPAL plantea varias recomendaciones: diversificar orígenes de inversión, articular la IED con una política de desarrollo productivo, desarrollar proveedores locales, fortalecer el capital humano. Está de hecho planteando otra estrategia de desarrollo. 

Inversión Interna 

La inversión interna acumula 19 meses en contracción — el mayor retroceso en cuatro décadas. En el primer trimestre de 2026, la inversión privada cayó 4.46 por ciento anual; siete trimestres consecutivos a la baja. La inversión en maquinaria y equipo, que mide la apuesta real por la capacidad productiva, cayó 6.5 por ciento, la mayor baja en seis años.

Para entender el problema de fondo hay que hacerle un ultrasonido al consumo privado, que es lo que en apariencia marcha bien. En el primer trimestre de 2026 creció 2.4 por ciento anual. Las transferencias sociales y los aumentos al salario mínimo están funcionando en su propósito redistributivo: millones de familias tienen más dinero en el bolsillo.

Pero ese dinero adicional, en una proporción creciente, no va a comprar productos hechos en México. Entre marzo de 2025 y marzo de 2026, el consumo de bienes de origen nacional cayó 0.2 por ciento en términos reales. El de bienes importados creció 16.9 por ciento. De 2019 a la fecha el consumo de bienes nacionales apenas creció 1.5 por ciento en total — menos que el aumento de la población — mientras el de importados creció 55.8 por ciento.

Miles de pequeñas y medianas empresas sobreviven produciendo muy por debajo de su capacidad instalada por la falla en la demanda. Los retrocesos más evidentes, la quiebra de empresas, es más evidente en los sectores de menor complejidad tecnológica y uso más intensivo de mano de obra. Pero el impacto en menor rentabilidad es generalizado y se traduce directamente en incapacidad para invertir y crecer con capital nacional. El golpe al empleo debilita también de manera general el acceso de la población a empleos mejor pagados.

En cuatro años la industria de la madera perdió 24.6 por ciento de su producción; textiles 23.4 por ciento; cuero y calzado 22.2 por ciento; muebles y colchones 22.2 por ciento; prendas de vestir 21.7 por ciento. No son tropiezos coyunturales, son tendencias de largo plazo y exhiben la debilidad del modelo económico.

Tenemos una economía en la que la política social, los incrementos salariales y las remesas operan redistribuyendo con éxito el ingreso. Pero el ingreso redistribuido se escapa hacia la producción de otros países. Cada peso de aumento salarial, de apoyos sociales, o de remesas, que termina comprando un producto asiático o estadounidense es un peso que no financia la rentabilidad de una empresa mexicana, no crea la base para que alguien decida invertir en ampliar su producción

Sin rentabilidad no hay inversión interna y mientras perdure la desconexión entre el poder de compra que circula en México y la producción mexicana no podrá repuntar la rentabilidad y la inversión interna.

Conclusión

El problema es dual. Una inversión externa desconectada con la producción interna de insumos intermedios tiene un impacto positivo limitado en la producción y el empleo. Por su parte la inversión interna es desalentada porque la demanda se fuga hacia el consumo de importaciones. En este segundo caso no solo falla la inversión sino que existe franca destrucción de lo anteriormente invertido. No sería aventurado señalar que hay más inversiones destruidas que inversiones internas

Una economía que abandona sus propias capacidades productivas no puede crecer. Lo estamos viendo. El nearshoring esperado, el TMEC revisado y el tratado con Europa son soluciones que operan en el margen del problema mientras su centro —la desconexión entre demanda y producción nacional— se agrava silenciosamente. México necesita una estrategia que haga rentable producir para los mexicanos.

 

Jorge Faljo

@JorgeFaljo