Con la elección de Abelardo de la Espriella como presidente se confirmó el regreso de la derecha a Colombia y cerró lo que parece haber sido una excepción política de izquierda en la historia de dicho país. Con de la Espriella, los colombianos eligieron a un forastero, a un populista posicionado en la extrema derecha del espectro político en cuestiones sociales, culturales, económicas y de seguridad, que, en principio, no fue apoyado por los partidos políticos tradicionales de Colombia.
Pero ¿qué significa la llegada de un forastero a la Casa de Nariño para el resto de América Latina? Uno de los aspectos relevantes en la elección presidencial en Colombia es que pareciera coincidir con un patrón latinoamericano en los sufragios. Normalmente en la región se analizan los resultados electorales en términos de ideología, ya sea izquierda, centro o derecha; no obstante, esa marea rosa que trajo consigo a gobiernos progresistas en América Latina en las décadas de 1990, 2000 y 2018-2024 parecen llegar a un declive.
Sin embargo, al utilizar otra forma de análisis de los resultados electorales, la generalidad parece indicar que los votantes latinoamericanos se inclinan a decidir entre continuidad versus alternancia, es decir, más que votar por un espectro político u otro, premian o castigan a los gobiernos en turno de acuerdo con su desempeño. Entre 2024 y 2025 en América Latina se observaron continuidades en El Salvador, República Dominicana, México y Ecuador, en tanto que se presenciaron alternancias en Uruguay, Panamá, Bolivia, Chile y Honduras. Lo que es un rasgo generalizado en la región es que la mayoría de los elegidos pertenece o representa a nuevos partidos y actores políticos que no solo cuestionan a las agrupaciones políticas tradicionales, sino también se benefician del desgaste de éstas.
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En el caso colombiano no hay que olvidar que, en una reñida segunda vuelta electoral en 2022, Gustavo Petro se impuso a Rodolfo Hernández, otro forastero de la política colombiana que al igual que de Abelardo la Espriella representaba el hartazgo de un gran sector de la población respecto a las estructuras políticas tradicionales de centro/derecha y sus resultados en Colombia, lo que permitió a la izquierda, representada por el Pacto Histórico, dar una batalla más unificada.
En 2026, la llegada de la Espriella a la escena política contribuyó en gran parte al colapso electoral del partido Centro Democrático, creado por el expresidente Álvaro Uribe y que dominó la política del país a principios de este siglo; el cual se caracterizó, entre otras cosas, por la guerra frontal contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN); su candidata, Paloma Valencia, apenas obtuvo el 6% de los votos en la primera vuelta, muy lejos de lo que algunas encuestas vaticinaban. En pocas palabras, el uribismo fue el gran perdedor en las dos últimas contiendas presidenciales en Colombia.
En general, el rasgo en la estrategia regional parece estar abriendo paso a forasteros en la política y a la creación de nuevos partidos, cuya desconfianza en los mecanismos tradicionales, se levanta sobre un llamado a “castigar” a los gobiernos en turno, por no satisfacer las necesidades y expectativas del electorado.
En este sentido, por un lado, el bajo crecimiento económico; la alta desigualdad, la baja movilidad social y una débil cohesión social; así como las bajas capacidades institucionales y una gobernanza poco efectiva son trampas, como señala la CEPAL, que hay que solucionar. Los bajos resultados en estos aspectos pueden estar fomentando el voto de castigo como un impulsor clave a la hora de votar. Sin embargo, es difícil medir la influencia en el votante de factores que no son económicos, como la personalidad del jefe de Estado, la influencia del exterior, la ideología, la corrupción y la seguridad.
Entonces, más allá de la bandera y de los resultados medibles, desde la perspectiva del elector, más parece un ejercicio de prueba y error. En América Latina estamos buscando a alguien que resuelva los problemas y dé resultados, sin que parezca mucho importar el color del partido o si es un nuevo líder social que da voz a sectores sociales olvidados o que no se consideran tomados en cuenta. En todo caso, el reto en términos de gobernabilidad es formar una mayoría para implementar una agenda coherente que sirva a las capacidades del gobierno en turno.
Si sólo tomamos en cuenta los resultados económicos y de combate a la pobreza de la gestión del presidente Petro, sin lugar a duda, Iván Cepeda hubiera salido triunfante por mucho. Pero es indudable que más allá de la retórica sobre la injerencia del presidente Donald Trump en la elección y de una supuesta conspiración internacional de la ultraderecha, algo debió de haber influido en el electorado la personalidad explosiva del presidente Petro, el tema de la falta de seguridad alentado por un ELN envalentonado y los 100 mil desplazados en el Catatumbo.
Por el momento, México parece ser uno de los últimos países en Latinoamérica ubicado en el ala progresista del espectro político. Morena, el partido político gobernante, debería aprender la lección de lo sucedido en Colombia.
