Para quienes seguimos la política británica desde hace décadas, el anuncio de la renuncia de Keir Starmer como primer ministro no resultó una sorpresa. A pesar de la aplastante victoria electoral que lo llevó al poder —y con ella el regreso de los laboristas a la jefatura de gobierno—, su mandato no logró resistir el clima de incertidumbre y caos que ha marcado al Reino Unido en la última década.
Starmer encarnó un político lleno de contradicciones, atrapado en fallas lógicas y en la presión de momentos políticos que lo llevaron a prometer “un Reino Unido diferente”. Sin embargo, sus acciones terminaron siendo una clase magistral de política de la derecha británica “Tory-lite”. Prometió un enfoque de abogado de derechos humanos, pero abrazó una versión suavizada del discurso xenófobo de Nigel Farage en una sociedad ya profundamente polarizada. A los partidarios del Brexit les aseguró que “Brexit es Brexit”, mientras que a quienes anhelan la reunificación con la Unión Europea les guiñaba el ojo, insinuando que el país volvería a acercarse —incluso a reincorporarse— al bloque europeo.
En política exterior, Starmer representó la diplomacia como pantomima, reconociendo primero de manera simbólica al Estado palestino, pero sin concretarse realmente. Al mismo tiempo, se apresuró a ofrecer apoyo inequívoco a Israel en su ofensiva sobre Gaza, sacrificando libertades políticas y civiles en casa. Activistas pacíficos, sacerdotes y hasta abuelas fueron encarcelados por respaldar a Palestine Action, organización que el gobierno proscribió como terrorista por realizar acciones de protesta como pintar aviones militares destinados a la ofensiva.
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El Brexit, sin duda, ha sido una lección costosa para la política británica. Desde el referéndum, ningún primer ministro ha logrado culminar su mandato. La tensión con Bruselas convirtió las relaciones internacionales en un asunto de política interna, obligando a los gobiernos a navegar en una contradicción permanente, confrontando a la Unión Europea mientras reconocen la inevitable interdependencia con ella. La condición insular del Reino Unido, antaño bendición, se ha vuelto condena —ni dentro ni fuera de Europa—, incapaz de ejercer plena independencia y, al mismo tiempo, de negar su vínculo con el continente. El Brexit se ha transformado en la espada de Damocles que pende sobre cada líder británico, condenándolos a contradicciones y a ser presa de chantajes políticos disfrazados de debates internacionales o de política hacendaria y financiera.
Desde el Brexit, el Reino Unido permanece atrapado en un laberinto político, sin encontrar la salida. Mientras esa herida no se cierre, el país seguirá condenado a la parálisis y a la repetición de renuncias de primeros ministros, víctimas de un sistema que los expone al chantaje constante de sus adversarios y de sus propios correligionarios. Cada liderazgo se convierte en un intento fallido, dejando a una de las democracias más arquetípicas de la historia en un estado de fragilidad permanente.
