Hay un veto presidencial al nepotismo que ha sido combatido de manera impensable hace unas décadas por el gobernador de San Luis Potosí, empecinado en colocar a su esposa como sucesora. La presidenta busca desmantelar la simulación democrática que convierte las elecciones en un mero trámite de entrega del poder estatal.
Con ese escenario rumbo a 2027, la batalla electoral por San Luis Potosí comenzó con las reglas de una convocatoria diseñada con pinceladas de absoluto centralismo político. Morena busca el control total desde la Ciudad de México, restándole peso a los feudos locales y a las dinastías de gobernadores.
Dos días antes del registro de aspirantes a la Coordinación de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en el estado de San Luis Potosí, la presidenta Claudia Sheinbaum lanzó una advertencia letal contra el nepotismo: “No estoy de acuerdo en que un familiar herede su puesto, que una persona herede su puesto a un familiar, aunque sea por elección popular”.
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La dedicatoria llevaba nombres morenistas claros, entre Guerrero y Zacatecas, pero en San Luis Potosí el blanco directo era Ruth González Silva, actual senadora y esposa del gobernador Ricardo Gallardo. La postulación de González Silva representa esa continuidad hereditaria que la presidenta rechaza.
El impacto del refrendo en la postura presidencial fue inmediato. El estratega del Partido Verde, Arturo Escobar, entendió la señal. Por supuesta “prudencia”, el Verde decidió no registrar a la esposa del gobernador en el proceso interno de la coalición. Los enemigos, víctimas y malquerientes diversos de Gallardo (que los tiene y no son pocos) lo festinaron como una derrota definitiva; malas nuevas, no lo es.
Detrás de este repliegue de la señora de Gallardo late una tensa historia de pragmatismo puro heredada desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. En 2018, al cierre de su campaña presidencial, López Obrador tildó al hoy gobernador potosino de "mafiosillo". Años después, la necesidad de votos lo transformó en un aliado, al parecer indispensable.
La conveniencia sepultó las críticas. En 2024 llegaron las fotografías conjuntas en Palacio Nacional, las sonrisas y el arropamiento público. A Gallardo se le permitió gobernar como se le dio la gana, incluso a costa del morenismo que cedió el terreno, por miedo o por abulia. Acaparó todo el poder que pudo, convirtió las finanzas en un agujero negro y puso un poder judicial a modo.
Sin embargo, Sheinbaum opera bajo otra lógica institucional. Tolera la alianza, pero busca frenar los abusos y los cacicazgos locales. Ante la exclusión de Ruth González, el aparato mediático gallardista dirigió todas sus baterías contra el único perfil competitivo real.
En abierto pleito con el gobernador Gallardo, Gerardo Sánchez Zumaya se convirtió en el objetivo prioritario de una feroz campaña de demolición y desgaste reputacional coordinado. El diseño de la crisis fue de manual: magnificar su riqueza exprés como contratista de Pemex y viralizar sus exabruptos con un periodista que denuncia haber sido amenazado por el aspirante a gobernador.
¿Hubo una solicitud o presión para que el oponente más ruidoso de Ricardo Gallardo no pudiera registrarse por Morena, a fin de mantener en diálogo prolongado la posibilidad de la “alianza” con el PVEM? Lo que se afirma sin evidencia se puede descartar sin evidencia, dicta el principio de Hitchens, respecto de afirmaciones extraordinarias que requieren pruebas concretas y verificables. Sin ellas, la narrativa se sostiene en especulación conspirativa más que en hechos. Difícil probarlo, pero la especulación guarda cierta lógica de interés Verde para seguir ganando con la postulación de Ruth González Silva, en espera de un coyuntural quiebre de la línea presidencial.
Con la explosiva personalidad de Sánchez Zumaya como material a flor de tierra, buscaron construir la narrativa de un candidato inviable, violento y moralmente derrotado antes de que pudiera cruzar la línea de registro. Obligado a tomar una ruta alterna por el veto interno, Sánchez Zumaya optó por registrarse mediante las siglas del Partido del Trabajo. Llegó a la cita con morenistas y seguidores que se refieren a él como “El Huasteco”.
El gallardismo machacó desde semanas antes con la narrativa de un Sánchez Zumaya rechazado en redondo y derrota definitiva. Pero a pesar del ruido y los bloqueos, Sánchez Zumaya logró formalizar su aspiración. Se plantó donde Ruth González Silva no fue por supuesta “prudencia”. El candidato sigue vivo en el proceso que la convocatoria marca.
Y con todo y sus públicas y mediatizadas salidas de tono, es el aspirante registrado en el proceso convocado por Morena con más seguidores, notoriedad y trabajo territorial. Los estilos no gustarán, pero la competencia electoral se hace con eso.
Los demás que se presentaron carecen de una estructura mínima indispensable ante lo que ya tiene el PVEM con Gallardo desde hace años. Son marcas testimoniales incapaces de competir con los dos punteros. Medios nacionales de la Ciudad de México solo subrayaron que eran perfiles “poco conocidos”.
El diseño técnico de la convocatoria de Morena revela la verdadera estrategia económica y política que concentra facultades en la Comisión Nacional de Elecciones, extraordinarias y discrecionales: puede vetar, incluir perfiles y definir encuestas de manera inapelable.
Aunque formalmente se prohíbe el uso de recursos públicos y el influyentismo, el filtro real es meramente político y centralizado. Los datos de las encuestas explican la complejidad del escenario potosino.
El gobernador Gallardo, con un desparpajo impensable en el escenario político de este país, porfía en doblarle la mano a la presidenta. Apuesta a que Claudia Sheinbaum terminará cediendo en una coyuntura, consciente de que Morena no construyó cuadros propios en el estado. Todavía hay tiempo para eso.
Durante seis años Morena entregó el territorio al Verde. Hoy, el centro intenta recuperar por la fuerza el control del mañana. A esperar una prolongada serie de lucha en el lodo, represión y las peores prácticas de la política y manejo mediático por la gubernatura rumbo a 2027.
La convocatoria de Morena levantó muros altos para los locales, pero reservó las llaves secretas para la dirigencia en la capital. “Nadie hace un candado sin llave”, dictaba la máxima del priismo más rancio en estos casos.
La ganzúa es poco elegante y su uso se liga solo para dos casos: emergencia o delincuencia. A ver quién es el primero en sacar la suya.
