Prefacio, en el aeropuerto
Felipe de Todos los Santos de Borbón y Grecia está en México. Descendió del cielo por los escalones del avión, con paso firme, impecablemente vestido, barba al punto, con paso majestuoso recorre una a una las gradas apoyado del pasamos. Básicamente un desembarco, como el de Hernán Cortés, en Veracruz, en 1519.
Mientras, en lo que fue el Palacio de Moctezuma y la Real Casa del Virreinato, lo espera la presidenta Claudia Sheinbaum, que todavía no puede digerir lo que pasó hace más de 500 años, y le importa más que lo que pasó en su sexenio, considera la llegada de los españoles a América como desventura criminal, asesina del “ser nacional”, y cuya división le da muchos réditos electores. Divide et impera. Y ante la infertilidad del gobierno, búscate una excusa, un culpable. ¿Qué mejor que un gachupín?
Al saltar de la carabela al pie del trinquete está Roberto Velasco, con la mirada arriba y admiración contenida, originario de estas tierras, aunque tiene apellido del segundo Virrey de la Nueva España (férreo defensor de los indígenas, por cierto) es para la 4T un autóctono del obradorismo, pero de otra tribu, no hablan náhuatl pero sí inglés, la del gran jefe penacho dorado, Marcelo Ebrard. Es un ujier del Palacio mexicano, y como no hay monarca sin ujier lo mandaron al aeropuerto.
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- “Bienvenido a México”, dice el canciller Velasco casi temblando de emoción, y estira la mano y le dice: “un presente de Sinaloa, México”.
El Rey duda en aceptar, en su cabeza le da repelús la palabra Sinaloa, y pregunta:
- “¿De Sinaloa? ¿No es una sustancia con la que me va a pillar la policía?”.
- “No –contesta entre risas amables el jefe de la diplomacia-, son cacahuates de esa tierra, de Mocorito, los mejores de México, es una simple botana; la Señora presidenta, en el Palacio Nacional no le dará nada; vivimos en austeridad franciscana”.
- “Desde que leí “La Reina del Sur” de Pérez Reverte. Teresa Mendoza es de Sinaloa. No me fio, me corto”, dice el Rey.
- “No, no tenga miedo, tenemos todo bajo control. Para el sinaloense nos hacen falta pruebas, pruebas, pruebas. Es una campaña de la derecha. Quieren lastimar nuestra soberanía, y de García Luna ¿no va a preguntar?”, contesta con todo el argumentario de escapatorias, el que se sienta en la silla del michoacano Alfonso García Robles, Genaro Estrada y Lucas Alamán. Ni más ni menos.
- “Anda, espabila, déjate de historias, subamos a la camioneta, a esta hora, en España comemos aceitunas y un montadito de jamón ibérico”.
El convoy sale de boulevard Aeropuerto, lo cuidan como si fuera jugador de futbol del mundial, toma Fray Servando, el Rey asoma por la ventana blindada y aparece la Unidad Habitacional Kennedy, pasa al lado del mercado “La Merced” y alcanza a ver los mismos “tamemes” con su carga en la espalda, que vieron sus antepasados, muchos siguen igual de pobres, sin tarjeta del bienestar, ni un burro que llegó de España para liberarlos de esa gleba urbana; y como tomaron sentido contrario en la calle de Pino Suárez, se cruzaron con la calle de El Salvador, justo allí está la tumba de Hernán Cortes. El Rey gira la cabeza, y parece guiñarle un ojo al Conquistador. Recuerda su visita a Medellín, Extremadura. Y piensa ¿Dónde fuiste a acabar, despilfarraron California, Arizona, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas y más, y todavía te reclaman?
En Palacio
- “Bienvenido Felipe, a la Gran Tenochtitlán”, lo recibe la presidenta Claudia, sabiendo que el saludo esconde un golpe bajo.
- “Gracias, presidenta” -responde el monarca-. “Veo que todo sigue igual, como cuando vinimos la primera vez: “echó agua”, sólo eché de menos las chinampas”.
La presidenta lo hace pasar al patio central y lo sube por la escalera monumental, para tener un diálogo a solas, sin séquitos ni lambiscones, y de paso, mostrarle el mural de Diego Rivera, donde se ve a los españoles como asesinos, y a los indígenas buenos y puros. Un lado luminoso de la historia donde sólo faltan López Obrador y ella, y un saqueo horrible, esclavitud y muerte en la otra parte oscura, donde los iberos son victimarios. Suben paso a paso, y se detienen en el segundo arco del muro central.
Claudia detiene la plática, hace un alto abrupto y suelta de sopetón.
- “¿Y el perdón que te encargó Andrés Manuel? Mira: esos malos españoles con sus lanzas y arcabuces asesinando indígenas que sólo se protegían con pieles de jaguar. Pólvora y caballos contra gente de a pie… Es como los misiles de Trump”. Le dice Claudia en tono retador.
- “Presidenta, también veo indígenas enfrentando a indígenas. Veo a la Cruz y a la Virgen de Guadalupe que trajeron de allá. Y allí está José Vasconcelos, que escribió el “Ulises Criollo”, debemos ver un encuentro entre dos mundos”, alcanza a balbucear el monarca estupefacto.
- “La Cuarta Transformación -dice con bravura la mandataria-, sólo cree en los pueblos indígenas, en su “Grandeza” como escribió López Obrador, y la injerencia extranjera fue tóxica”, remató.
- “Sí ya lo veo, -desafía el Rey-, ese Carlos Marx de allá arriba del mural, ¿acaso era de Michoacán?, o ¿no me diga que es Diego Fernández de Cevallos?
- “Bueno, ya”, propone la presidenta. “Tú eres mi invitado y te debo hacer sentir en casa. Estas en el Palacio de la Zarzuela. Además, ya fuiste a nuestra exposición en Madrid, y admitiste que hubo mucho abuso”.
- “Presidenta, -contesta el Rey con paciencia, y también en tono grave con otra pregunta-, ¿nos ayudaría a pedirle perdón a los árabes por 700 años de invasión, y a los romanos por ocupar Hispania otros 600 años? A Inglaterra por su follón de Gibraltar. Además, Francia nos tiene hasta las narices siempre; Francisco de Goya, también pintó la brutal represión de Napoleón contra los madrileños. Además, -se envalentona el Borbón-, Ustedes ¿cuándo nos van a pedir perdón por todo lo que nos avientan? Mire Cuauhtémoc Blanco creo, debe unas cuentas en el bar “El Corcho” de la Plaza Mayor de Valladolid; Pedro Haces, por la plaza de toros, no sé si está al corriente de la tributación de sus impuestos sobre bienes inmuebles y el de solidaridad a las grandes fortunas; y no sabemos si Zapatero trae negocios con Manuel Bartlett, y…”
- “Espera”, lo corta la presidenta, “sólo falta que me cobres por las estancias otros mexicanos… Mejor ahí la dejamos. Con que aguantes a Quirino Ordaz, estamos a salvo, ya viste que nos dejó a Rocha Moya en Sinaloa. Sólo nos metió en problemas con los gringos. Ya verás el nuevo libro del embajador norteamericano Ken Salazar, nos pone como lazo de cochino”.
- “Presidenta, con gusto nosotros sí detenemos y extraditamos a cualquier gilipollas que nos pida. El que se excusa se acusa. Mandamos a Emilio Lozoya, Alonso Ancira, Javier Nava (el del dinero de Javier Duarte), el que se forró con sismos del 2017 Édgar Tungüí, hasta uno de “los porkys”. ¡Rediez!, un día atrapamos a Humberto Moreira, y como dice Usted, faltaron pruebas y lo soltamos…Pero allá se pasean Ricardo Monreal y Miguel Ángel Yunes y otros y nadie los molesta”.
La presidenta de México se queda pensativa.
-“Bueno –contesta con cierta duda-, en su último viaje, dejaste que Ricardo Monreal anduviera en chanclas de pico de gallo, por la manchega llanura. Somo austeros, pero no pordioseros”.
-“Señora, ancha es Castilla, y yo encantado de ayudar, le acabo de prestar mí avión al Papa León”, dijo en tono amistoso el Rey.
Continúan el camino en la planta alta de Palacio, a solas, y antes de entrar a donde los esperan sus respectivas comitivas, Claudia toma aire y le suelta:
- “Quiero pedirte un favor, muy personal, que no se entere nadie”, le dice en tono de confianza la presidenta.
- “¿Quiere ir al Mundial a Guadalajara conmigo?, ¡claro que sí!, mogollón de gusto me daría. Fliparía”, le responde, con un tono de confianza, como si se hubiera tomado dos orujos de Galicia dobles.
- “No, -le dice la jefa del Ejecutivo mexicana- nuestros antepasados jugaban el futbol con la cadera y tenían porterías de piedra con un agujero circular. Eso del futbol es invasión forastera. Y en los torneos grandes como los mundiales, con ceremonia y pausa de hidratación, el que perdía -acepta la presidenta con cierta pena– era sacrificado”.
- “¡Con la muerte hemos topado!”, dice el Rey que recupera el rostro serio, “mejor no sigamos por allí, además aquí en este Palacio vi otros dos emperadores y acabaron fusilados: Iturbide y Maximiliano… mejor dígame para qué soy bueno, qué favor me quería pedir”.
Ella lo sujeta con su mano derecha de su brazo izquierdo, se le escapa una risa nerviosa; avanzan por los enormes pasillos, y la presidenta con voz ceremoniosa exclama:
- “Ves a todos esos expresidentes, en esos cuadros, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón, Peña, se la pasan por allá, donde tu vives”. El Rey los conocía bien a todos, el primero lo invitó a inaugurar la Expotecnia 91, con Claudio Aranzadi ministro de industria y energía con Felipe González, y, después vino a la toma de posesión de todos los demás.
- “Aquí está López Obrador”, le dice el monarca para quedar bien.
- “De eso se trata…”, parece sudar frío la presidenta.
- “Dígame la escucho, estoy a su merced”, dice el soberano.
- “Quiero cumplir -suelta la presidenta- con una de las más grandes tradiciones de los pueblos originarios: entregaban una ofrenda a los recién llegados, como el oro a cambio de espejitos”. Y entonces aspira y libera fuerte: “Te regalo a Andrés Manuel López Obrador”. Se le nota la angustia, pero sigue: “¡Antes de que pase otra cosa! Si quieres lo pones a pelear como a tu paisano Topuria, no se raja; o que escriba una enciclopedia contra José María Aznar, con Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias; o, ¿sabes qué?, como acostumbran allá: lo subes a una torre en Tordesillas. ¿Por qué no te lo llevas en el avión? Anda, de favor, y te perdono”
- “Jolines”, alcanza a soltar el Rey, que enseguida quedó atónito, enmudeció, pasó por su cabeza, en segundos todo, los años de la Colonia, la inquisición, la banda terrorista ETA, la voz de Julio Iglesias y Rocío Dúrcal, Amancio Ortega y su caudal, el caso Negreira, su padre matando elefantes en África, pero jamás imaginó escuchar tal cosa. El Quijote de la Mancha resonó en su cabeza en ese silencio: “cosas veredes, amigo Sancho, que harán hablar a las piedras”.
Su Majestad el Rey de España, finalmente contestó:
- “Gracias. Que honor Su Excelencia. Pero su ministro de exteriores, ya me ofreció cacahuates”.
