El pasado 13 de mayo, la visita de Donald Trump a China, captó todos los reflectores mediáticos pues la reunión con Xi Jinping no sólo generaba una gran expectativa para la economía mundial, la geopolítica mundial y lo que podrían ser las reglas de la industria tecnológica en los siguientes años, constituía además, un test diplomático para el inquilino de la Casa Blanca y el séquito que lo acompañó.
La visita a China en el lenguaje de Occidente, al menos para los medios de comunicación estadounidenses y los alabadores del imperialismo norteamericano, aseguraron que había sido un “triunfo” para Trump, pero lo cierto es que el mandatario estadounidense y compañía se llevaron una dura lección de política y diplomacia.
Para quienes tuvieron oportunidad de seguir vía remota las mesas de conversación, pudimos observar la solemnidad y frialdad con la que el mandatario chino y su equipo se dirigieron a Trump y su comitiva, el punto, en la opinión de un servidor, más álgido pero a la vez más importante de las conversaciones fue cuando Xi Jinping le refirió a su homólogo estadounidense, sin mayor contexto, que tuviera cuidado de no caer en el “Dilema de Tucídides”. Luego de esto, el presidente asiático dio inicio a las conversaciones formales.
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Utilizar esa frase no sólo fue una advertencia de lo que para muchos parece ser una inevitable confrontación directa entre China y Estados Unidos, también fue una excelsa lección de diplomacia pues la reacción de Trump y compañía fue de silencio absoluto pues este dicho resume con pasmosa exactitud la realidad del contexto actual entre las dos potencias.
La teoría del Dilema de Tucídides está basada en el relato histórico de las Guerras del Peloponeso en donde Esparta, entonces potencia hegemónica del planeta, observa con temor el crecimiento y desarrollo de Atenas, entonces nación emergente, condición que llevó a los espartanos a declararle la guerra a los atenienses ante la posibilidad de perder su hegemonía.
Aquí vale la pena hacer un apunte; en la actualidad, algunos se han dado en llamar al Dilema de Tucídides como la “Trampa de Tucídides”, esto debido a un artículo escrito por el politólogo estadounidense Graham Allison y publicado en The Atlantic en el 2015 que derivó en su libro Destined for War en el que analiza 16 conflictos a lo largo de la historia que presentaron el mismo escenario que priva hoy entre China y Estados Unidos. El punto es que, como en otros casos, occidente se apropió de la historia renombrando la teoría original que pasó de Dilema a “Trampa”.
Pero amén del breviario histórico, lo que vimos en la reunión entre Xi Jinping y Donald Trump, fue por una parte, una clara advertencia de que la actual política exterior de Washington carente de diplomacia y basada en el principio de imperialismo ante el temor del crecimiento de China, es el camino directo a una confrontación entre ambos colosos que, como lo advirtió el presidente chino, no beneficiaría a nadie.
El Dilema de Tucídides no sólo habla de la confrontación directa entre ambas naciones, también describe cómo los aliados de uno y otro son arrastrados hacia el conflicto y que, algunos casos, son los aliados quienes atizan el conflicto haciendo mucho más complejos los procesos de paz.
Este cuadro es el que hoy vemos en los conflictos de Israel y Hamas, Ucrania y Rusia y por supuesto Estados Unidos frente a Irán, conflictos que están escalando en el contexto global y que, de salirse de control, amenazan con involucrar a China enfrentándolo directamente con Washington.
Los titulares en general, en especial de occidente, obviamente los más serios, luego de la reunión de mandatarios concluyeron dos puntos esenciales. Uno, la hegemonía única de los Estados Unidos está en decadencia y puesta a prueba en este momento; dos, el ascenso de China no es sólo en el terreno económico y tecnológico, el gigante asiático está jugando a tomar el liderazgo global a través de la diplomacia reivindicando a las instituciones internacionales, especialmente a la ONU en donde en días pasados, lideró las conversaciones para restablecer el derecho internacional como argumento principal de la geopolítica y paz mundial.
No obstante, una vez terminadas las conversaciones entre China y Estados Unidos donde se presume se alcanzaron acuerdos importantes en materia de intercambio comercial, no transcurrieron 24 horas cuando Donald Trump anunció la posible intervención militar en Cuba, así como reforzar su guerra contra el narcoterrorismo como parte de su estrategia de seguridad nacional.
Por su parte, el mandatario de China recibió al presidente Putin una semana después para firmar acuerdos de cooperación en temas económicos, de educación, tecnología y de seguridad mutua. A las pocas horas de finalizar la visita con el mandatario ruso, Xi Jinping declaró que daría todo su apoyo a Irán, afianzó acuerdos con la India y condenó una posible intervención a Cuba además de mencionar que resguardará los intereses de los países miembros de los BRIC´s.
Entre las conclusiones de la reunión Trump y Xi Jinping, se habló de que dicha reunión está reconfigurando lo que será un nuevo contexto geopolítico global para dejar atrás la hegemonía dominante de los Estados Unidos. Durante las pláticas y los discursos del presidente de China en su reunión con Trump, convino a su par para construir un mundo multipolar.
El concierto global parece por momentos entrar en una tensa calma en los distintos frentes de guerra abiertos en este momento, con el riesgo de que los conflictos se extiendan más allá de las fronteras de los países involucrados, condición que se agudiza con el cruce de declaraciones cada vez más injuriosas de uno y otro lado. En este contexto, el Dilema de Tucídides cobra mayor relevancia pues como lo menciona el relato histórico. Un descuido, una imprudencia o una equivocación, podrían ser la chispa para detonar un conflicto sin retorno.
