Finalmente llegó el día de la inauguración de la Copa Mundial de Futbol 2026 que por tercera vez se celebrará en México, siendo el único país que ha obtenido esta distinción. Sin embargo, cuando menos hasta ahora, no se percibe mucha pasión entre la población a pesar de tratarse de uno de los eventos más populares a nivel internacional –quizá superando al Superbowl y a las Olimpiadas– y de estar en un país con gran afición y ánimo festivo, aunque es probable que el entusiasmo vaya creciendo sobre todo si la selección nacional tiene un buen desempeño. De acuerdo con los resultados que arrojó la encuesta de Consulta Mitofsky publicada este 9 de junio, el interés de las y los mexicanos por el Mundial es de 57%, lo que significó un aumento de 15 puntos respecto al mes pasado que estaba en 42%, y tan sólo 9% se mostró satisfecho con la forma en que ha jugado la selección mientras que un 20% cree que llegará a cuartos de final.
En el mismo sentido, un estudio realizado por el Instituto de Geografía de la UNAM junto con la Universidad de Illes Balears de España en las tres ciudades sede (Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey), apenas poco más de la mitad de las personas entrevistadas manifestaron entusiasmo por el Mundial y consideraron que puede ayudar a acercar a la gente. Entre los temas que más preocupan en este estudio destacan el incremento del tráfico y el impacto en la movilidad, el ruido y contaminación que se está generando o el aumento en el costo de vida. También destaca que si bien el Mundial puede traer consigo una derrama económica importante y oportunidades laborales, el reparto no va a ser equitativo beneficiando en mayor medida al sector privado y poco a la población. Para los investigadores que participaron en el estudio, la gran pregunta es si las inversiones que se han hecho para la transformación urbana realmente contribuyen a mejorar las condiciones de vida de la población local o, por el contrario, terminan profundizando los contrastes.
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Probablemente otros factores han incidido en el desánimo social como las muchas obras inconclusas por falta de planeación o su mala calidad, la polémica por el color morado en vialidades y puentes peatonales en la Ciudad de México –que tuvieron que volver a ser pintadas por incumplir con los estándares de seguridad vial–, o los candelabros y lámparas estilo antiguo en la estación del Metro Hidalgo que fueron objeto de burla. Pero sobre todo, los disturbios provocados por la CNTE con el consecuente cierre de comercios y pérdidas económicas así como las amenazas de boicot –el estadio y Zócalo amurallados no brindan una imagen muy amable a turistas y locales–, las manifestaciones de diversas organizaciones sociales y las acciones anunciadas por colectivos de madres buscadoras para visibilizar la crisis de desapariciones, todo ello en un contexto de alta polarización social, además de los estratosféricos precios de los boletos que son inalcanzables para la inmensa mayoría de la población –se estima que los lugares más baratos para la inauguración superan los 55 mil pesos–, que tampoco podrá ver los partidos en televisión abierta.
Quizá también influya que en México únicamente se jugarán 13 partidos y que no hay muchas expectativas de que nuestra selección realmente tenga oportunidad de llegar al famoso quinto partido como en 1986, pero lo cierto es que mucha gente no se siente invitada a la fiesta mundialista y la percepción es que se ha convertido tan sólo en un gran negocio desvirtuando el aspecto deportivo. Por lo pronto, esperemos que la inauguración se desarrolle sin sobresaltos, que la tradicional calidez, hospitalidad y alegría de las y los mexicanos sean una vez más lo que distinga a este Mundial, y que la selección nos sorprenda.
