Trump encontró en China un país que produce el doble de la manufactura de Estados Unidos, cuya dinámica de crecimiento es mucho más acelerada, que es líder tecnológico en importantes sectores y está cerrando la brecha en otros, que cuenta con una infraestructura de comunicaciones impresionante, cuya población mejora sus niveles de vida rápidamente. La historia moderna de China, no la milenaria, parte de ser un país colonizado con una población miserable e incluso asolada por hambrunas. Ahora su perspectiva es convertirse en la mayor potencia del planeta. El contraste entre ambos países no podría ser mayor.
China planteó como reflexión central del diálogo la relación que se establece entre una potencia en ascenso y otra, más poderosa, pero declinante y el alto riesgo de una guerra entre ambas. Lo esencial para China es mantener las reglas del orden global existente y dentro del cual ha prosperado a grandes pasos.
Trump le pidió a China un aumento masivo en la compra de productos estadounidenses que irían de aviones comerciales Boeing, productos agrícolas, en particular soya e importaciones de petróleo, gas natural y carnes. Se centró en avanzar hacia un intercambio comercial más equilibrado. Lo que meses antes no pudo conseguir en medida suficiente mediante la imposición de aranceles a los productos chinos.
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En la perspectiva de Estados Unidos es que le compra mucho más de lo que le vende a China. Es el país con el que tiene el mayor déficit comercial. Un intercambio perfectamente equilibrado implicaría un déficit cero y, por tanto, un superávit cero para ambos países. Tal relación se asocia a la debilidad de la producción industrial y el ritmo de crecimiento de Estados Unidos. Algo ha conseguido Trump desde su primer periodo presidencial: en 2017 el déficit de Estados Unidos con China fue de 376 mil millones de dólares y se redujo a 202 mil millones en 2025. ¿Quiere decir que marcha en sentido correcto? La respuesta es un rotundo NO.
Para explicarlo hay que ampliar la visión para abarcar a la relación entre China y el conjunto de los tres países del TMEC. México es una parte central de esta ecuación.
Mientras que el déficit de Estados Unidos con China se redujo en 174 mil millones de dólares de 2017 a 2025, el déficit con México aumentó en 108 mil millones de dólares y con Vietnam creció en 132 mil millones de dólares. Este último caso abre la sospecha de que Vietnam se haya convertido en canal de transmisión de productos chinos.
El caso es que el déficit norteamericano creció y se relocalizó. El déficit total de Estados Unidos con el mundo aumentó de 807 a 1,020 entre 2017 y 2025.
Las exportaciones de México a Estados Unidos crecieron de 326 a 560 mil millones de dólares entre 2017 y 2025 sobre todo en vehículos y autopartes, electrónicos, maquinaria, dispositivos médicos, agroindustria. Esto explica que el superávit entre los dos países haya crecido de 71 a 179 mil millones de dólares en ese periodo.
Una primera, e ingenua interpretación diría que México está sustituyendo con notable éxito a las exportaciones chinas. Solo que la pregunta clave es ¿qué hace México con ese enorme superávit en sus exportaciones a Estados Unidos?
La respuesta es: compra en Asia los insumos que le permiten el ensamblaje industrial. Entre 2017 y 2025 el déficit de México con China creció en 37 mil millones de dólares; con Corea del Sur en 14; con Taiwán en 5 y con otros países asiáticos en 10 mil millones de dólares.
Los 179 mil millones de dólares de superávit que tiene México con Estados Unidos no alcanzan a cubrir los 199 mil millones de déficit con el Asia industrial.
Durante treinta años, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, primero como TLCAN desde 1994 y luego como TMEC desde 2020, fue presentado como el gran proyecto de integración económica norteamericana. La promesa era relativamente clara: Estados Unidos, México y Canadá formarían una plataforma productiva regional capaz de competir con Europa y Asia.
Sin embargo los flujos comerciales reflejan que aunque los tres países avanzaron en la integración de sus economías cada uno de ellos se conectó con el Asia industrial en calidad de consumidor.
El caso de México es muy claro, en 1994 el 69.1 por ciento de las importaciones de México eran norteamericanas y el 0.6 provenían de China. Para 2025 alrededor del 42 por ciento de las importaciones provienen de Estados Unidos; cerca del 21 por ciento de China y alrededor de otro 10 por ciento de Corea del Sur, Taiwán, Vietnam y otros países asiáticos.
Aunque México exporta principalmente manufacturas, una parte importante del contenido tecnológico e industrial de esas exportaciones proviene de insumos y componentes importados desde Asia. En contraste, las exportaciones mexicanas con mayor contenido nacional tienden a concentrarse en agroindustria, recursos naturales y manufacturas de menor complejidad tecnológica.
Cerca del 80 por ciento de las exportaciones de México van hacia Estados Unidos y menos del 2 por ciento a China. Aparentemente México está mucho más integrado a Estados Unidos que a China. Pero las importaciones, muestran la otra cara de la moneda. La relación con China no es simétrica ni se basa en el acceso al mercado chino, sino en dependencia industrial y tecnológica.
Eso mismo ocurre con todo el TMEC. El conjunto de los tres países es altamente deficitario con China de manera directa e indirecta, en el sentido que buena parte de las importaciones del Asia industrial ensamblan insumos chinos. No es difícil ver por qué en la perspectiva de Trump lo mismo estaría ocurriendo en México.
Es evidente que desde cierta perspectiva el TMEC ha logrado integrar e incrementar el comercio intrarregional de Norteamérica. Esa es la integración de mercado, a quién se le vende. No obstante tiene una gran debilidad desde la perspectiva del abasto. China es hoy en día el gran proveedor manufacturero del TMEC.
Norteamérica se ha integrado no a manera de reemplazar a China-Asia, sino que se reconfiguró a su alrededor y se volvió una zona de ensamblaje, logística, consumo e inversión conectada a cadenas asiáticas.
México comparte las características de todo el TMEC, tiene el mismo tipo de relación de Estados Unidos con China. Pero su posición es mucho más débil y de mayor riesgo. El intento de Trump de equilibrar su comercio con China es una tarea de enorme dificultad. Pero no intenta hacerlo como parte del TMEC sino por sí solo e incluso sacrificando a sus socios comerciales: México y Canadá.
Este es el mayor riesgo de la renegociación del TMEC en marcha: que Trump intente resolver con medidas de presión el fuerte crecimiento del déficit de Estados Unidos con México, que no es sino reflejo del fracaso por resolver su déficit con China.
El TMEC ha fracasado frente a China. No es cosa de simplemente abandonarlo, sino de repensarlo muy a fondo como una verdadera estrategia de integración del abasto manufacturero de los tres países. Lo cual requeriría una verdadera política industrial concertada para el conjunto y estrategias industriales para cada uno de sus tres integrantes.
El TMEC no puede competir de inmediato con China ante el resto del planeta. Su fortalecimiento tendrá que basarse en el mejoramiento de los niveles de vida, de capacidad de compra y consumo de su propia población. Es decir mayor equidad, redistribución del ingreso, reorientación de la demanda y generación de empleo, bajo una decidida orientación estatal en cada país.
