Hace unos días tuve un pequeño desencuentro con ChatGPT.
Buscaba una imagen muy específica: Una mirada al tango, de Ernesto “el Chango” García Cabral. Una ilustración de 1926, publicada en la Revista de Revistas, que con el tiempo se volvió una de esas imágenes que uno reconoce incluso sin saber exactamente de dónde la recuerda. Durante años la he asociado con esa estética entre art nouveau y art déco que marcó una época en México, y también con la portada de Arráncame la vida, donde volvió a aparecer décadas después.
Le pregunté a ChatGPT por la obra, no porque dudara de su origen, sino porque quería saber si había más datos, alguna anécdota, algo más sobre ella. Me era difícil pensar que no fuera de García Cabral: es uno de mis artistas favoritos, tengo piezas suyas en casa y he visto esa imagen en distintas exposiciones, reproducida con su firma, documentada en libros. Para mí no había duda. Y sin embargo, la respuesta fue otra.
Te podría interesar
El ChatGPT me dijo que no era de él, que en realidad se trataba de Le Tumulte Noir, del artista francés Paul Colin.
Por un momento dudé, no tanto de la obra como de mí. ¿Me había equivocado? ¿Había dado por hecho algo que no era cierto? Hay algo en la forma en que estas herramientas responden que descoloca: la seguridad con la que presentan la información hace pensar que no hay margen de error, como si lo que dicen ya hubiera pasado por algún tipo de validación incuestionable.
Pero no era así. Y más allá del error puntual, lo que me quedó dando vueltas fue otra cosa: lo fácil que puede ser desplazar lo que creemos saber, incluso cuando tenemos razones para sostenerlo. No porque debamos desconfiar de todo, sino porque vale la pena recordar que estas herramientas no sustituyen el criterio, ni la memoria, ni la posibilidad de dudar.
También porque la inteligencia artificial no produce conocimiento en el vacío, sino que organiza y devuelve lo que está disponible: lo que ha sido documentado, digitalizado, citado, repetido. Y ahí es donde la conversación deja de ser técnica y empieza a incomodar un poco más.
Carlos Monsiváis, en La vida de un volado, decía sobre García Cabral que no lo acompañan monografías sobre su obra, ni exposiciones, ni una valoración sostenida de sus piezas en el mercado del arte, y que incluso escasean las menciones sobre su trabajo. A partir de ahí, la pregunta cambia de lugar, porque ya no se trata solo de si una herramienta puede equivocarse, sino de qué pasa con aquello que apenas está registrado o que no ha sido suficientemente contado.
Monsiváis apunta algo que sigue resonando: el renombre puede sobrevivir cuando la obra ya se ha olvidado, y la injusticia frente a un artista excepcional puede pasar sin mayor atención. En un entorno como el actual, donde lo visible depende en gran medida de lo que circula, de lo que se encuentra y de lo que se repite, el olvido no siempre es una decisión consciente; muchas veces es simplemente la consecuencia de no haber sido documentado lo suficiente.
En ese sentido, la inteligencia artificial no crea el problema, pero sí lo hace evidente. Nos devuelve lo que hay, y en ocasiones lo que hay no alcanza para sostener con claridad aquello que creíamos saber.
Hay otra idea de Monsiváis que me parece difícil de soltar: al describir la actitud de García Cabral frente al reconocimiento y la preservación de su obra, sugiere que hay una especie de renuncia deliberada al protagonismo, una confianza en que el trabajo mismo —su continuidad— es suficiente. Dejar sus dibujos en manos de las hemerotecas, no insistir en su recuperación, aceptar incluso con cierto humor la posibilidad del olvido.
No sé si hoy podríamos permitirnos algo así. No en un entorno donde lo que no se nombra, difícilmente aparece, y donde lo que no circula corre el riesgo de desaparecer.
Tal vez por eso ese pequeño episodio —que una obra deje de ser atribuida a quien la creó— resulta más inquietante de lo que parecería en un primer momento. No tanto por el error en sí, sino por lo que deja ver sobre la fragilidad de la memoria cuando depende de lo que está disponible, y sobre la importancia de seguir preguntando, verificando, recordando.
No para rechazar la herramienta, sino para usarla con la conciencia de que no es, ni puede ser, la última palabra.
