CORRUPCIÓN

Cuando lo corrupto se normaliza

Morena no sólo normalizó la corrupción: la volvió paisaje cotidiano, la convirtió en una costumbre política, en una escena repetida, en un exceso que ya no obliga ni siquiera a guardar las formas. | Julio Castillo

Escrito en OPINIÓN el

Morena no sólo normalizó la corrupción: la volvió paisaje cotidiano. La convirtió en una costumbre política, en una escena repetida, en un exceso que ya no obliga ni siquiera a guardar las formas. Ese es quizá uno de los daños más profundos del obradorismo: no haber erradicado los privilegios que prometió combatir, sino haber borrado poco a poco la línea que separa lo público de lo privado, el servicio del abuso, la austeridad del cinismo.  

Porque la corrupción no empieza cuando aparece una maleta llena de dinero. Empieza antes: cuando el poder se siente moralmente autorizado para hacer excepciones para los suyos; cuando una residencia oficial se vuelve casa de familia; cuando la zona VIP se vuelve derecho adquirido; cuando el escándalo ya no provoca vergüenza sino victimismo; cuando, frente a la evidencia, la respuesta no es explicar sino indignarse. Ahí es donde se pierden los límites. Ahí es donde el discurso de honestidad empieza a servir como coartada.  

  • El caso paradigmático fue la Casa Gris. José Ramón López Beltrán vivió en Houston en una residencia vinculada a un alto ejecutivo de Baker Hughes, empresa contratista de Pemex, y el escándalo no se respondió con una explicación creíble sino con una ofensiva política y emocional desde Palacio. En vez de asumir la gravedad de la contradicción con la “austeridad republicana”, López Obrador llevó el tema al terreno del agravio personal y hasta apareció al borde del llanto (escena francamente patética) diciendo que su familia “ha sufrido mucho”. Ahí empezó la pedagogía de la impunidad moral: no se discute el privilegio, se acusa persecución. 
  • El fin de semana pasado apareció Beatriz Gutiérrez Müller en el concierto de Andrea Bocelli en el Zócalo y la polémica no surgió por asistir, faltaba más. sino por la imagen de privilegio desde la zona VIP en un evento masivo vendido como acceso popular. Ese es precisamente el punto: en el morenismo el privilegio nunca desapareció, sólo cambió de lenguaje. Se condenaba la zona reservada cuando la ocupaban “los de antes”; cuando la ocupa el entorno del poder, entonces se vuelve anécdota, detalle menor o simple “ataque” de adversarios. 
  • Esa misma semana supimos otro episodio igual de elocuente: el hijo de Marcelo Ebrard vivió durante meses en la residencia oficial de la Embajada de México en Londres, utilizando un espacio y servicios públicos sin cargo diplomático alguno. Y la defensa fue todavía más reveladora que el hecho: Ebrard dijo que, si algo se le podía reprochar, era haber sido “un padre preocupado”. Incluso circula en redes una “justificación” de la esposa de Ebrard calificándolo de gran padre y esposo… realmente triste. Pero el punto es el uso privado de bienes públicos y ya no se niega; se sentimentaliza. Ya ni siquiera se intenta guardar la frontera entre lo institucional y lo familiar. En lo personal creía que Ebrard era uno de los mejores funcionarios de López Obrador y ahora, aunque desdibujado, lo seguía siendo… si en realidad fuera un buen funcionario notaría que es urgente su renuncia por congruencia. 
  • Gerardo Fernández Noroña es otro símbolo de esta descomposición. Durante años construyó su personaje desde la retórica del pueblo, la denuncia de los privilegios y el desprecio a las élites; pero terminó enredado en cuestionamientos por una propiedad millonaria en Tepoztlán y por sus viajes en business class. Lo más significativo no fue sólo la contradicción material, sino su respuesta: “yo no tengo ninguna obligación personal de ser austero”. En una frase quedó resumida toda la degradación del régimen. La austeridad, al parecer, era mandato para los gobernados, no para los gobernantes.  
  • El caso de Segalmex demostró que esto no es sólo frivolidad ni doble moral, sino corrupción estructural. El organismo creado para llevar alimentos baratos a los más pobres terminó convertido en el mayor escándalo de corrupción del sexenio: auditorías, detenciones, desvíos, investigaciones y un daño patrimonial que el propio gobierno acabó reconociendo, aunque intentara reducirlo. Estamos hablando del peor escándalo de corrupción de la historia de México (sólo superable por el “huachicol” pero ese es un nuevo tipo de escándalo, no desde el poder ni desde el crimen organizado, desde la fusión de ambos). El mensaje político en Segalmex fue devastador: incluso en el programa más moralmente blindado por el discurso social, el saqueo fue posible y masivo. ¿Qué se ha hecho?... pura contención narrativa.  

Lo más grave es que cada caso prepara el terreno para el siguiente. Cuando la Casa Gris se relativiza, entonces la residencia diplomática en Londres parece menor; cuando eso se justifica en nombre del amor paterno, entonces la mansión de Tepoztlán se vuelve un asunto “clasista”; cuando todo se trivializa, la corrupción deja de ser excepción y se vuelve atmósfera. Y un país no se corrompe solamente por el dinero que se roba, sino por la cantidad de límites morales que acepta perder sin reaccionar.  

Por eso esta corrupción es, en cierto sentido, peor que cualquier otra. No porque en el pasado no hubiera saqueo o tráfico de influencias, sino porque ahora todo eso se ejerce en nombre de la austeridad, de la honestidad y del pueblo. Se roba prestigio moral al mismo tiempo que se administran privilegios. Se predica pobreza franciscana desde espacios de poder que se usan como patrimonio familiar. Se construye una superioridad ética mientras se normalizan exactamente las prácticas que se prometió erradicar.  

Morena le hizo a México un daño adicional: acostumbró a millones a mirar la corrupción y llamarla de otra manera. La llamó “humanismo mexicano”, la llamó cercanía, la llamó derecho, la llamó amor filial, la llamó ataque opositor. Pero sigue siendo lo mismo: abuso, privilegio y cinismo. Y acaso la señal más clara de decadencia de un régimen es ésta: que ya no necesite esconder su corrupción, porque ha logrado que demasiados dejen de verla como escándalo.  

 

Julio Castillo

@JulioCastilloL