MÉXICO Y EL ESTRECHO DE ORMUZ

El estrecho de Ormuz y su impacto en México

El cierre del estrecho de Ormuz no es una noticia lejana de Medio Oriente, es el alza en la gasolina que usted pagó esta semana, el kilo de tortillas que subió de precio, la factura de luz que llegó más cara. | José Luis Castillejos

Escrito en OPINIÓN el

El mundo se ahoga en un pasillo de 34 kilómetros. El cierre del estrecho de Ormuz no es una noticia lejana de Medio Oriente. Es el alza en la gasolina que usted pagó esta semana, el kilo de tortillas que subió de precio, la factura de luz que llegó más cara.

Hay algo que cuesta trabajo entender a primera vista. Que una franja de agua de apenas 34 kilómetros de ancho, ubicada entre Irán y Omán, pueda determinar cuánto paga una familia en Campeche por llenar el tanque de su coche, o cuánto cuesta transportar una tonelada de maíz de Sinaloa a la Ciudad de México. Y sin embargo, así funciona el mundo en el que vivimos.

Desde finales de febrero de 2026, el estrecho de Ormuz está efectivamente cerrado para el tráfico de petróleo y gas. Los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, seguidos de la respuesta iraní, provocaron que la Guardia Revolucionaria emitiera prohibiciones de paso que redujeron el tránsito de petroleros en casi un 70%. Más de 150 buques permanecen anclados fuera del estrecho, esperando una señal que tarda en llegar.

México no importa crudo de Medio Oriente, dicen algunos para tranquilizarnos. Es verdad. Pero el petróleo no entiende de fronteras cuando se fija su precio. El barril Brent, referencia global, escaló de 70 dólares a más de 119 en pocas semanas. Y cuando ese precio sube, todo sube con él. La gasolina Magna, el diésel que mueve los camiones de carga, el gas que calienta los hogares, los fertilizantes que alimentan los campos. La inflación no distingue sectores.

La Secretaría de Hacienda ya activó estímulos fiscales sobre el IEPS de las gasolinas para contener el golpe. La gasolina Premium superó los 30 pesos por litro. La inflación de la primera quincena de marzo llegó a 4.63%, con la presión energética empujando al alza. Son señales que el gobierno puede amortiguar por un tiempo, pero no indefinidamente.

El problema de fondo es estructural. México depende del gas natural que le llega desde Texas. Cuando el mercado energético norteamericano se sacude por la volatilidad global, esa dependencia se convierte en una vulnerabilidad directa. Las industrias pagan más por energía, las cadenas de suministro se encarecen, y ese costo termina en los precios de los bienes que consumimos todos los días.

El panorama en el resto de la región es, si acaso, más preocupante. La Organización Latinoamericana de Energía ha advertido que el alza en los costos de los fletes y la escasez de gas natural licuado ya está disparando precios en el sector transporte, con efectos en cadena sobre los alimentos

Latinoamérica no tiene reservas estratégicas compartidas ni mecanismos regionales de defensa ante shocks energéticos. Cada país enfrenta el problema por su cuenta.

Argentina enfrenta la crisis con una inflación que se negaba a ceder y ahora recibe un impulso externo adicional. El combustible ya sube 8% más que hace quince días, y eso se traslada a la logística y después a los precios al consumidor. Colombia, que había prometido reducir el precio de la gasolina, ya adelanta que podría revertir esa decisión. Honduras anunció subsidios del 50% a los combustibles en un país que ya viene golpeado. El Salvador registra alzas desde hace días. Panamá, en cambio, decidió no subsidiar y asumirá el costo.

Esa diferencia de respuestas revela una realidad incómoda. La región no tiene una política energética común ni un protocolo de coordinación ante emergencias de este tipo. Cada gobierno actúa según sus márgenes fiscales, su agenda política y su relación con los mercados financieros. El resultado es una colección de respuestas aisladas frente a una crisis global.

La crisis del estrecho de Ormuz ha dejado al descubierto algo conocido pero ignorado. El modelo energético global sigue dependiendo de unos pocos puntos geográficos sensibles, y los países en desarrollo carecen de herramientas suficientes para protegerse cuando esos puntos fallan. El director de la Agencia Internacional de Energía lo dijo con claridad. Es la mayor amenaza energética de la historia moderna, por encima de los shocks de 1973 y 1979.

Para México y América Latina, la lección es evidente. Acelerar la transición hacia fuentes de energía propias y menos dependientes de rutas vulnerables. Construir mecanismos regionales de cooperación energética que permitan enfrentar en conjunto lo que ningún país puede resolver por sí solo.

Mientras eso no ocurra, seguiremos expuestos a decisiones que se toman a miles de kilómetros, en un pasillo de agua que tiene más peso sobre nuestras economías que cualquier banco central de la región.

José Luis Castillejos

@JLCastillejos