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Irán apuesta por un escalamiento horizontal

Parecería que los iraníes han demostrado sus objetivos estratégicos en esta guerra: desgastar, bloquear y disuadir hasta socavar la narrativa de sus adversarios. | Eduardo Zerón

Escrito en OPINIÓN el

Contra muchos pronósticos, Irán no colapsó en las primeras semanas de la confrontación con Israel y Estados Unidos; tampoco quedó a una operación ráfaga como la de Venezuela, en la que, con el fin de su líder, el cambio sería inminente. Irán demostró, ante la sorpresa (o no) de muchos, una resiliencia que comienza a poner al mundo en jaque en una guerra que estiman fulminante, con costos enormes.

Irán conserva su organización militar y, desde 1979, ha construido una arquitectura de poder diseñada precisamente para resistir una confrontación prolongada. Aunque los intereses estratégicos de los bandos no siempre son del todo claros —y en muchos casos permanecen difusos—, para algunos actores el objetivo central es un cambio de régimen que permita a la coalición binacional poner fin a una amenaza persistente y existencial contra el Estado de Israel, así como degradar la capacidad iraní para reconstruir su red de actores aliados en la región. Esta lógica resulta, en cierta medida, consistente si se considera que ha sido Teherán quien ha contribuido a desestabilizar el entorno regional mediante dichos instrumentos. Sin embargo, para Estados Unidos, la racionalidad estratégica no es tan nítida y, en cierto modo, permanece en disputa.

El ayatolá murió; su sucesor, Mojtaba Khamenei, su estirpe, pertrechado, y algunos hablan de que este está herido. La continuidad del régimen parece descansar en el mando militar, que ha apostado por una guerra regional para restaurar su disuasión, ensanchar y escalar el conflicto de manera exponencial y asimétrica, de manera horizontal hacia sus vecinos: Qatar, Irak, Bahréin y Emiratos Árabes, nueve países en total. Si nos preguntamos con qué propósito, parece claro: ganar tiempo para reordenar el poder interno de la república mediante un nuevo liderazgo —difícilmente fuera del sistema político existente—. Sumar apoyos y convertir el cierre del estrecho de Ormuz en un mecanismo de presión geopolítica y estratégica, afectando mayoritariamente la seguridad económica, debido a los impactos ya globales y regionales que representa, es decir, enredar el conflicto para prolongarlo lo más posible.

Joe Kent, director del Centro Nacional Antiterrorista, dimitió ayer con efectos inmediatos, alegando objeción de conciencia ante la ofensiva y sosteniendo que Irán no representaba una amenaza inminente para Estados Unidos. Su salida revive el fantasma de Irak: el uso político de inteligencia dudosa para justificar una guerra.

Esta renuncia solo demuestra las fricciones que se dan dentro de la administración del presidente Trump, donde Steve Witkoff y Jared Kushner, así como el secretario de Defensa, Pete Hegseth, han intentado, hasta el cansancio, defender la ofensiva, hasta el punto de reprender a los medios por su actitud en contra de ella; otros cuestionan su fundamento, costo y viabilidad.

Parecería que los iraníes han demostrado sus objetivos estratégicos en esta guerra: desgastar, bloquear y disuadir hasta socavar la narrativa de sus adversarios. Esto ha sido exitoso hasta cierto punto, pues muchos países, sobre todo de la Unión Europea, han incluso rechazado el llamado de Washington; primero, porque muchos se han pronunciado en contra de Israel; segundo, no es su guerra, ni siquiera la de la OTAN, y tercero, porque una escalada representaría un conflicto mayor y tal vez mundial.

Europa alberga una cantidad considerable de iraníes afines al gobierno; una escalada prolongada elevaría el costo de la desestabilización, del terrorismo y de la presión social en varios países con diásporas iraníes significativas.

No sería serio hablar en este momento de un error de cálculo e inteligencia al no anticipar la capacidad real de Irán para actuar, usar como apalancamiento y bloquear el estrecho de Ormuz, o si se subestimó en la toma de decisiones políticas. Lo cierto es que hoy el centro de coerción económica se encuentra allí, en los 30 km de territorio que Irán controla hasta ahora. Su éxito se demostrará si logran primero internacionalizar los costos de la guerra y trasladarlos al bolsillo del votante estadounidense en pleno ciclo electoral, y expandir la animadversión hacia la operación, la cooperación y, en consecuencia, el liderazgo que la aprobó.

Moneda al aire

Muchos apuestan por una invasión controlada de Estados Unidos en México; sin embargo, ese escenario parece cada vez más lejano. Los resultados hasta ahora son evidentes, pero las razones para escalar a una intervención directa se vuelven cada vez menos claras. Más aún cuando, pese a una narrativa pública que sugiere lo contrario, la cooperación y la colaboración bilaterales continúan de forma clara y oportuna.

Eduardo Zerón

@EZeronG

 

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