Tres hechos ocurridos desde el 22 de febrero han concentrado la atención del público mexicano y de buena parte de la comunidad internacional. El abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del CJNG, la estrategia hemisférica denominada Shield encabezada por Estados Unidos que excluye a México, Brasil, Colombia y Perú, y en otro plano geopolítico la escalada militar en Irán.
Me concentraré en los dos primeros por su enorme trascendencia. El primero por lo que representa la caída de uno de los líderes criminales más poderosos de las últimas décadas. El segundo porque puede marcar un cambio profundo en la manera en que el mundo comenzará a enfrentar al narcotráfico.
La decisión de clasificar a los grandes cárteles como organizaciones terroristas modifica el terreno sobre el que durante al menos tres décadas se ha entendido y combatido este fenómeno.
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Existe además un antecedente histórico que conviene recordar. A principios de los años ochenta, durante el gobierno de Ronald Reagan, Estados Unidos impulsó una estrategia integral para cerrar la llamada ruta del Caribe, el corredor por el que la cocaína colombiana llegaba a Florida durante el auge del cártel de Medellín y del cártel de Cali.
Aquella estrategia combinó vigilancia marítima, control de aeropuertos, persecución financiera del lavado de dinero y una coordinación sin precedentes entre agencias federales. Las acciones dieron resultados y el flujo directo de cocaína hacia Florida se redujo de manera significativa. Las organizaciones colombianas comenzaron a perder capacidad operativa.
Pero la estrategia olvidó algo fundamental. El consumo. La demanda en Estados Unidos se mantuvo intacta y cuando eso ocurre el mercado simplemente se reorganiza. Eso fue exactamente lo que ocurrió. El tráfico se desplazó hacia el Pacífico y hacia territorio mexicano.
De ese cambio geográfico surgió el poder de organizaciones criminales que con el tiempo dominarían el negocio global de las drogas. El cártel de Guadalajara primero y posteriormente estructuras como los cárteles de Sinaloa, Juárez y Tijuana se convirtieron en los nuevos intermediarios del narcotráfico hacia Estados Unidos.
Este fenómeno ha sido descrito durante décadas por especialistas en seguridad internacional como el llamado efecto globo. Cuando la presión del Estado se concentra en una región o en una organización específica, el negocio criminal no desaparece. Simplemente se desplaza hacia otro territorio o hacia nuevas estructuras.
Cuatro décadas después parece estarse configurando una lógica similar. La diferencia es que ahora el enfoque no se limita a las rutas del narcotráfico. La decisión de catalogar a los cárteles como organizaciones terroristas redefine jurídicamente al enemigo y abre la puerta a herramientas mucho más agresivas de inteligencia, persecución financiera y cooperación internacional.
Pero el problema actual es todavía más complejo. Las organizaciones criminales ya no dependen exclusivamente del tráfico de drogas. Con el paso de los años se han transformado en conglomerados criminales que controlan múltiples economías ilegales.
Extorsión, tráfico de personas, robo de combustible, contrabando, minería ilegal, secuestro y delitos cibernéticos forman hoy parte de su estructura de ingresos. El fenómeno criminal se ha vuelto más diversificado, más territorial y más resistente a los golpes del Estado.
Si la historia sirve de guía el riesgo es evidente. Hace cuarenta años se cerró una ruta y nació otra. Hoy podría ocurrir exactamente lo mismo.
Mientras exista demanda, el narcotráfico no desaparece, se adapta y se reorganiza. La verdadera pregunta no es si caerán más líderes criminales sino cuántas organizaciones nuevas nacerán después.
