El lunes el general secretario Ricardo Trevilla Trejo se quebró al anunciar la muerte de 25 elementos de la Guardia Nacional durante el operativo contra “El Mencho”. Fueron segundos. Breves. Pero profundamente simbólicos.
Para algunos fue debilidad. Para otros, humanidad. Para mí fue el momento más revelador y simbólico de lo que va de la presente administración.
He encabezado cuatro instituciones de seguridad. Perdí 107 policías bajo mi mando. Ciento siete. No es una cifra. Es una herida acumulada.
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Pararte frente a un féretro cubierto con la bandera, rendir honores, escuchar el toque de silencio, saludar a los padres que intentan mantenerse firmes, a la viuda que no sabe cómo explicarle a sus hijos lo que acaba de suceder, y mirar los rostros de esos niños —entre la tristeza y la confusión— es uno de los momentos más devastadores en la vida de un líder policial o militar.
Quien no ha pasado por ahí difícilmente puede entenderlo.
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En segundos, Trevilla ilustró la dimensión institucional de enfrentar organizaciones criminales con poder de fuego, capacidad financiera y voluntad de muerte. En segundos desmontó la frialdad con la que analistas, políticos y opinadores reducen esta guerra irregular a estadísticas, narrativas ideológicas o debates de coyuntura.
Detrás de cada número hay una familia fracturada.
Detrás de cada comunicado hay un hogar en silencio.
Detrás de cada imagen hay una ausencia permanente.
México se ha acostumbrado peligrosamente a la contabilidad de la muerte. Hemos normalizado el dato, el corte semanal, el ranking de violencia. El fenómeno criminal no solo ha cobrado vidas; ha erosionado nuestra sensibilidad colectiva. Nos hemos anestesiado.
El llanto de un general no es espectáculo. Es el recordatorio de que el Estado también sangra.
Los soldados mexicanos deben estar profundamente orgullosos de tener al frente a un líder que no es indiferente al costo humano de las decisiones que toma. Un mando que sufre cuando pierde a los suyos, que no se esconde detrás de la rigidez protocolaria.
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Ese es, sin duda, el punto más alto del liderazgo: sentir el peso de cada vida bajo tu responsabilidad.
Dirigir instituciones armadas no es administrar recursos. Es asumir consecuencias. Y cuando un comandante demuestra que entiende el valor irrepetible de cada elemento caído, fortalece algo más importante que la moral: fortalece la legitimidad.
Podremos debatir estrategias y tácticas. Es sano hacerlo. Pero jamás deberíamos olvidar que quienes ejecutan esas decisiones son hombres y mujeres con nombre, con historia y con hijos que los esperan.
Un Estado que combate puede sangrar. Pero un país que deja de sentir ya está derrotado.
*Alberto Capella. Analista en temas de seguridad. Ex titular en areas de seguridad ciudadana en Tijuana, Morelos y Quintana Roo
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