MOVIMIENTO FEMINISTA

El bien mal hecho, la deuda con la mujer mexicana

Cuando una causa justa se convierte en instrumento propagandístico, termina debilitando aquello que pretendía defender y quizás ese sea el mayor daño que puede sufrir el movimiento feminista mexicano. | Julio Castillo

Escrito en OPINIÓN el

Las marchas del fin de semana volvieron a recordarnos algo que marcó profundamente el sexenio de López Obrador: el movimiento de las mujeres fue, quizá, el único que realmente lo desestabilizó. Mientras otros reclamos fueron diluidos con cajas chinas, discursos ideológicos o polarización política, el reclamo feminista resultó imposible de encuadrar dentro del guion habitual del oficialismo.

Las protestas de los últimos años —especialmente a partir del alza en los feminicidios que ha conmocionado al país— evidenciaron una ruptura entre el discurso del poder y la experiencia cotidiana de millones de mujeres. Frente a ese desafío político y simbólico, la solución narrativa del régimen fue tan simple como eficaz: si el problema era el malestar de las mujeres, la respuesta sería una mujer en la presidencia. La política, cuando se vuelve propaganda, suele reducir los problemas complejos a símbolos fáciles.

Pero los símbolos no sustituyen la realidad. Y la realidad de las mujeres en México sigue siendo profundamente preocupante. Algunos datos al respecto: 

  • La economía de los cuidados sigue descansando sobre las mujeres. En 2024 el valor del trabajo no remunerado en los hogares representó 24% del PIB nacional, una proporción comparable con sectores productivos completos. Sin embargo, las mujeres aportaron 73% de ese trabajo, generando 2.7 veces más valor económico que los hombres en tareas domésticas y de cuidado. Esto significa que millones de mujeres sostienen silenciosamente la economía del país sin salario, sin seguridad social y sin reconocimiento institucional.
  • El trabajo doméstico no remunerado también revela una brecha individual enorme. Mientras que el valor anual del trabajo doméstico generado por una mujer equivale en promedio a 82.3 mil pesos, el de los hombres ronda 34.7 mil pesos. Más que una diferencia económica, esto refleja una estructura cultural profundamente desigual que sigue asignando responsabilidades domésticas de manera desproporcionada.
  • Las niñas y adolescentes son las principales víctimas de violencia sexual. En 2024, 92.8% de las víctimas de violencia sexual de entre 1 y 17 años atendidas en hospitales eran mujeres. Este dato es brutal porque muestra que la violencia de género comienza desde la infancia y se instala como una experiencia estructural para millones de mexicanas. La violencia familiar también tiene rostro femenino. Entre las víctimas de violencia familiar atendidas en hospitales, 87.3% eran niñas o mujeres adolescentes. Es decir, el lugar que debería ser el más seguro —la familia— se convierte muchas veces en el primer espacio de agresión.
  • Las desapariciones también afectan de manera desproporcionada a las mujeres jóvenes. El 66.6% de las personas menores de edad registradas como desaparecidas en México son mujeres, y más de la mitad de las desapariciones se concentran en mujeres de 10 a 19 años. Este fenómeno revela una crisis de seguridad profundamente vinculada con la violencia de género y con redes criminales que operan con alarmante impunidad.
  • La pobreza también golpea con fuerza a las niñas y adolescentes. En 2024, 38.9% de las mujeres de 0 a 17 años vivía en situación de pobreza, además, 1.3 millones vivían en pobreza extrema. La desigualdad económica tiene un componente claramente feminizado desde la infancia, o dicho de otro modo, el mexicano más pobre del país seguro es una mexicana. 
  • Incluso dentro del sistema penitenciario la realidad femenina es preocupante. En México hay 13,985 mujeres en prisión, de las cuales 56.7% son madres y 43.6% aún no tiene sentencia. Esto implica que miles de familias viven la doble vulnerabilidad de la pobreza y de un sistema de justicia que mantiene a mujeres presas sin sentencia firme.

Frente a esta realidad, el debate político se ha reducido a un símbolo: que México tenga una presidenta mujer. Sin embargo, el riesgo de los símbolos vacíos es que pueden ocultar los problemas que supuestamente buscan resolver, y aunque pueda sonar políticamente incorrecto se tiene que decir. 

Manuel Gómez Morin advertía que “lo único peor que el mal es el bien mal hecho, porque elimina la posibilidad del bien”. Cuando una causa justa se convierte en instrumento propagandístico, termina debilitando aquello que pretendía defender.

Y quizás ese sea el mayor daño que puede sufrir el movimiento feminista mexicano: que su lucha histórica sea utilizada como legitimación política. Porque una mujer en la presidencia no garantiza justicia para las mujeres si esa presidencia es apenas la prolongación del poder de un hombre.

El feminismo nació para cuestionar estructuras de poder, no para convertirse en su coartada. Y cuando la causa de las mujeres se utiliza para justificar un proyecto político, el resultado puede ser exactamente lo contrario del empoderamiento.

El riesgo, entonces, no es sólo que el mal continúe.

El riesgo es que lo llamemos bien.

 

Julio Castillo

@JulioCastilloL