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Se acaba el juego: ¿atacará Estados Unidos a Irán?

Desde mediados de enero sube de tono la amenaza de Estados Unidos de atacar a Irán: entre tanto hay negociaciones entre los dos países que muchos llaman mero teatro dado que sus posturas son irreconciliables. | Jorge Faljo

Escrito en OPINIÓN el

Desde mediados de enero sube de tono la amenaza de los Estados Unidos de atacar a Irán. Éstas se ven acompañadas por un gran despliegue militar. El 26 de enero llegó a la zona el portaaviones Abraham Lincoln y está a punto de llegar otro portaaviones considerado el más avanzado y letal del mundo, el Gerald R. Ford. Entre tanto hay negociaciones entre los dos países que muchos llaman mero teatro dado que sus posturas son irreconciliables. 

Estados Unidos dice que aplastará un régimen autoritario dirigido por clérigos chiitas, una de las dos vertientes más importantes del Islam. Sostiene que su dirigencia actúa con razonamientos teológicos inflexibles que impiden llegar a un acuerdo. Ambas partes “dialogan” simplemente para no ser acusados de no haberlo intentado.

Sin embargo los antecedentes son muy negativos como para considerar que ahora surgirá algo positivo. Desde 1996 Netanyahu anuncia de manera repetida y sin ninguna base que Irán está a punto de tener una bomba nuclear. Este falso mensaje propagandístico se martillea continuamente ante el congreso norteamericano, la ONU y los medios occidentales. Hasta hace poco el mensaje de Israel y los Estados Unidos se limitaba a decir que Irán no deberá tener una bomba nuclear; ahora ha evolucionado a pedirle mucho más: una total renuncia al uso pacífico y civil de la energía nuclear; la entrega de sus misiles balísticos y cortar relaciones con los grupos que resisten a Israel en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Yemen y demás.  

En 2015 el tratado internacional Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA) fue firmado por Irán, Estados Unidos cuando era presidente Obama y los dirigentes del Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China; más la Unión Europea y el acuerdo del pleno del Consejo de Seguridad de la ONU. 

Irán cedió el uranio enriquecido arriba del nivel estrictamente necesario para un uso civil y se sometió a intensas verificaciones de su infraestructura, equipos y almacenamiento de uranio por el Organismo Internacional de Energía Atómica. A cambio obtuvo un alivio de las sanciones internacionales que le impedían exportar y realizar petróleo y efectuar transacciones financieras. 

Sin embargo, en 2018 Donald Trump, a instancias de Israel, rompió el tratado contra la voluntad de todos los demás firmantes y reimpuso severas sanciones a Irán y a todos los países y entidades que tuvieran relaciones comerciales o financieras con Irán. Estas sanciones empobrecieron al pueblo de Irán y provocaron desabastos múltiples, alimentarios, médicos y de refacciones industriales entre otros. 

Irán continuó cumpliendo con el JCPOA durante más de un año pero el 3 de enero de 2020 Estados Unidos asesinó a Qaem Soleimani, figura estratégica de su aparato militar y de relaciones exteriores. Ese mismo mes Irán anunció que ya no respetaría los límites de enriquecimiento de uranio a lo estrictamente civil y lo elevaría a un nivel intermedio aún insuficiente para uso en bombas atómicas. No obstante, seguiría aceptando, con algunas limitaciones, las inspecciones externas. 

En junio de 2025 Israel y Estados Unidos aprovecharon las negociaciones que le habían exigido a Irán para distraerlo y lanzar un ataque que decapitó a sus cúpulas militar y gubernamental en la llamada guerra de los 12 días. No consiguió decapitar su dirigencia religiosa ni que la población derrumbara a su gobierno.   

Tras un severo bombardeo Trump declaró que había destruido las existencias y capacidades de refinación de uranio. Entre Estados Unidos e Irán los principales ataques fueron simbólicos y se acordó que fueran limitados y sin causar bajas. Esto permitiría una retirada digna a los Estados Unidos y aparentar el cumplimiento de lo que exigía Israel y el muy importante sector político sionista de los Estados Unidos

En la reunión de enero en Davos el secretario del tesoro norteamericano, Scott Bessent, presumió que derrumbó el valor de la moneda iraní y desencadenó protestas masivas que derivaron en violencia impulsada por agentes israelíes, grupos étnicos separatistas y la difusión de propaganda mediante el sistema satelital StarLink. Las protestas fueron reprimidas y se apagaron cuando Irán consiguió bloquear la señal satelital. 

Irán entró a esta nueva simulación negociaciones con desconfianza y cautela. Ofrece entregar el uranio enriquecido más allá del uso civil, acepta una estricta supervisión internacional y pide a cambio la suspensión de las sanciones que destruyen su economía y el bienestar de su población. Estados Unidos pide un desarme prácticamente completo y solo ofrece retirar su fuerza naval, pero no disminuir las sanciones. 

Para salir del callejón donde se ha acorralado Trump ofrece un ataque selectivo con la idea de que también Irán responda de manera limitada. Pero Irán declara que en caso de ataque, así sea limitado, responderá con toda su fuerza contra Estados Unidos e Israel. Declara que este conflicto que lleva décadas debe resolverse de una vez por todas y aunque admite que sus pérdidas pueden ser enormes también señala que podrá dañar la flota y las nueve bases norteamericanas de la región, dañar fuertemente a Israel y cerrar el estrecho de Ormuz creando una escasez global de combustible que multiplicaría el precio de los energéticos. 

El despliegue militar norteamericano es evidente, se presume. Las capacidades de Irán no se conocen bien a bien. Se piensa que Rusia le ha dado varios tipos de misiles y se sabe que China le ha instalado radares y un sistema digitalizado de información que de manera apresurada pretende integrar y sincronizar en tiempo real el armamento Iraní. Esto implica que Irán podría responder con misiles casi desde el momento en que despeguen los misiles israelíes y norteamericanos. 

Para destruir el régimen iraní, de hecho para sumir a Irán en el caos y la desintegración, los atacantes consideran posibles dos factores: destruir muy rápidamente las bases de misiles que Irán ha dispersado en todo su territorio y provocar una rebelión de su ya cansada población. Algo que muchos analistas consideran muy poco probable. 

El discurso norteamericano ha convertido el posible ataque en una guerra contra la cúpula religiosa, e Irán podría equipararse a un Vaticano cuyo Papa tiene seguidores y simpatizantes en toda la región. Lo que podría provocar revueltas religiosas que desestabilicen las monarquías dictatoriales de varios países musulmanes.

En caso de ataque todos perderán. Pero las guerras son impredecibles y no se sabe quiénes serán los mayores perdedores. En la balanza hay que considerar que Irán tiene mayor capacidad de sufrimiento que Estados Unidos e Israel. Unos pocos daños en los barcos y en las ciudades israelitas pueden tener un enorme impacto político para Trump y Netanyahu, mientras fuertes daños en Irán podrían cohesionar a su población en apoyo a su gobierno y su estructura religiosa. 

Trump deberá evaluar el costo de su decisión ya que esta vez el juego de “te pego y haces como que te duele”, ya no tiene efecto para Irán.

 

Jorge Faljo

@JorgeFaljo