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Trump, negociación sin fin y de alto riesgo

El conflicto como método de negociación para Trump, lo ha trasladado a su forma de ejercer el poder político, lo cual se expresa en multitud de conflictos internos e internacionales. | Jorge Faljo

Escrito en OPINIÓN el

Una de las claves del estilo político de Donald Trump se encuentra en su pasado como empresario inmobiliario marcado por una característica constante: la litigiosidad. Lejos de la negociación ideal, la de ganar-ganar, en la que ambas partes salen beneficiadas, para Trump sus victorias requerían que el otro perdiera. A lo largo de décadas, él y sus empresas participaron en, literalmente, miles de procesos judiciales –disputas contractuales, quiebras estratégicas (para no pagar), conflictos laborales, demandas por incumplimiento, pagos rezagados o inconclusos– en los que el recurso sistemático fue elevar el costo del conflicto hasta forzar una renegociación más a su favor que el acuerdo original. 

No es que pudiera ganar cada juicio en los tribunales, sino que convertía el litigio en instrumento de presión. Multiplicaba demandas, prolongaba procesos, desgastaba a la contraparte que no contaba con un equipo legal similar al suyo. En las negociaciones inmobiliarias el tiempo y el flujo de efectivo son determinantes y su estrategia podía traducirse en concesiones significativas: pagos reducidos, contratos reestructurados, condiciones más ventajosas que los otros tenían que aceptar como mejor opción que entrar al pantano de litigios prolongados. 

Para Trump toda negociación es una confrontación de poderes en la que gana el más fuerte, con mejor despacho de abogados o con mayor riqueza y capacidad para comprar favores. Para ganar a la medida de su ambición necesita que el contrario pierda. 

Esa lógica, la del conflicto como método de negociación Trump la ha trasladado a su forma de ejercer el poder político. Y a la manera del pasado se expresa en multitud de conflictos internos e internacionales. La fricción no es un accidente o hecho aislado sino un recurso deliberado para su objetivo central: imponer su voluntad mediante presión constante por todo tipo de medios. Una estrategia que abandona el objetivo de estabilidad institucional y estira la cuerda a todo lo que da, al punto de que en ocasiones revienta con resultados contrapuestos a sus intenciones originales. 

Su política migratoria, por ejemplo, se ejerce con operativos violentos de alta visibilidad en contra de ciudades y estados en los que la población ha votado por sus contrincantes políticos. Las acciones de sus milicias, que no se pueden nombrar de otra manera, funcionan como mensajes intimidantes, en confrontación abierta con autoridades locales y, desde su perspectiva, como impulso a la movilización de una base electoral a la que convenció de que su deterioro en nivel de vida se debe a los migrantes. 

En el caso de los archivos Epstein su gobierno no cumple el mandato legal de entregarlos todos, sin censura previa, excepto para proteger la identidad de las víctimas. Pero hace lo contrario, oculta los nombres de los conspiradores y revela datos de las víctimas. Recurre a la confrontación abierta, a la negación de hechos evidentes. 

Un elemento central de su estrategia es la saturación informativa generando nuevos conflictos o mensajes aberrantes. 

En el ámbito internacional el instrumento preferido de Trump, al que llamó una bella palabra, es el arancel… y las sanciones. Lejos de ser medidas excepcionales siguen la lógica del litigio empresarial, elevan el costo para la contraparte hasta forzar concesiones. Lo que eleva la estrategia del conflicto del mundo de los negocios al ámbito global, a los golpes a la economía y a la soberanía de otros países, pone en riesgo las cadenas de suministro globales y, en aras de la victoria inmediata, oportunista, no duda en sacrificar a países aliados y a ciudadanos de su país. 

Trump se retira de tratados ambientales, de control de armas, de las organizaciones internacionales y abandona el respeto a la legalidad para declarar que el único límite que reconoce es su propia moralidad. 

Son múltiples los conflictos que ha iniciado en el poco más de un año de su segundo periodo presidencial. No bien entró a la Casa Blanca declaró que controlaría el canal de Panamá, que adquiriría Groenlandia, que Canadá sería un estado más del país. Como mago en el escenario distrae al público con palabras de paz mientras continúa proporcionando armamento al genocidio en Gaza, a la guerra en Ucrania, bombardea Yemen, Nigeria e Irak, secuestra al presidente de Venezuela y bloquea las exportaciones petroleras del país apoderándose militarmente de buques tanque

Desde hace un par de semanas amenaza con un nuevo ataque a Irán y ha concentrado una fuerte fuerza naval en su cercanía al tiempo que exige un acuerdo que desarmaría al país. ¿Atacará o declarará una victoria más y se retirará? No es un tema de legalidad, ética o justicia, sino de mero cálculo de su poder militar y de la capacidad de respuesta del otro. 

Trump ha establecido un bloqueo total de petróleo a Cuba que deja a la isla sin energía eléctrica para los servicios más elementales, ahuyenta al turismo y obstruye la producción y el transporte. La situación apunta a un desastre humanitario que bien podría acercarse a la hambruna como la que ocurre en Gaza

México enfrenta ya ese estilo de negociación que incluyen amenazas, como decir que el fentanilo es un arma de destrucción masiva, o la imposición de aranceles si no se detiene a los migrantes, o no se cubre la deuda de agua. Pero la presión va más allá. Afecta la soberanía nacional al imponerle condiciones sobre con que países puede México tener relaciones económicas

En este contexto resulta patético estar esperanzados a la renovación del Tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá como única posible salida del estancamiento económico de ya casi una década. Una salida que, si funciona, sería para una parte menor de la economía nacional; la del sector globalizado exportador. Mientras que en la renegociación del TMEC Estados Unidos exige condiciones más favorables a sus exportaciones y menos a las de México. 

Pero es muy poco probable que un TMEC renovado brinde certidumbre a la inversión en México. En el estilo Trump esa negociación se da bajo presiones y exigencias crecientes tanto a México como a Canadá que muy posiblemente rompan el acuerdo trilateral para dar pie a negociaciones y renegociaciones bilaterales interminables. 

Sin ser México el que rompa el tratado, es evidente que no debe agarrarse a ese clavo ardiendo. Se requiere una estrategia que proteja y fortalezca las capacidades de producción internas en rubros estratégicos del consumo. Soberanía es capacidad de resistir y eso no se hace con meras palabras, sino con un giro en las prioridades de la producción y en los agentes capaces de acompañar y apoyar al gobierno en esa reorientación. 

Jorge Faljo

@JorgeFaljo