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La burbuja de cristal

Hay una nueva zona residencial de lujo en México: se llama burbuja digital, ahí vivimos casi todos, con vista panorámica a nuestros propios prejuicios y mantenimiento incluido por el algoritmo. | Ulises Castellanos

Escrito en OPINIÓN el

Hay una nueva zona residencial de lujo en México y no está en Santa Fe o en la Del Valle: se llama burbuja digital. Ahí vivimos casi todos, con vista panorámica a nuestros propios prejuicios y mantenimiento incluido por el algoritmo.

La explicación suena compleja, pero es bastante simple: las plataformas registran qué te gusta, qué compartes, qué odias y en qué te quedas scrolleando más tiempo. 

Con eso te construyen un vecindario a la medida donde casi nadie te contradice. Si te indignan los políticos, verás hilos infinitos probando que todos son iguales. Si eres fan de cierto partido, mágicamente te rodean las encuestas que lo ponen arriba, los analistas que lo defienden y los memes donde siempre gana. Si crees que todo es culpa del “otro bando”, curiosamente todo lo que te sale lo confirma. Qué conveniente.

No es brujería; es negocio. Entre más cómodo te sientas, más te quedas. Entre más te quedas, más anuncios ves. Y entre más anuncios ves, más felices están las empresas que pagan por aparecer justo cuando tu enojo, miedo o orgullo están en su punto de ebullición. 

Por eso el contenido que mejor funciona es el que activa emociones intensas, casi nunca la duda. El pensamiento crítico no vende tanto como el berrinche.

Claro, sería hermoso culpar solo al algoritmo y ya, pero nosotros colaboramos encantados. Seguimos a quienes piensan igual, bloqueamos a quienes nos incomodan, compartimos lo que nos da la razón sin leer más allá del titular. 

El famoso “sesgo de confirmación” no lo inventó Silicon Valley; solo lo empacaron bonito y lo subieron a la nube. Las redes no nos volvieron tercos: solo nos dieron un micrófono y un público que aplaude cada vez que repetimos el mismo discurso.

El resultado es un México fragmentado en mini circuitos donde cada quien tiene “sus datos”, “sus medios de confianza” y “su verdad”. Ya no debatimos: comparamos burbujas

Cuando algo rompe el molde —una elección inesperada, una protesta masiva, una encuesta incómoda— la reacción automática es “eso está manipulado”, porque, claro, si no salió en tu timeline, no existe. Twitter es el INE, TikTok como Suprema Corte, Facebook como sobremesa familiar. Todo muy institucional.

¿Se puede romper la burbuja? Se puede, pero no es nada glamoroso. Implica hacer cosas horribles como seguir a gente que te cae mal, –yo lo intento a cada rato– leer medios que criticas, ver datos que tiran tus argumentos favoritos y aceptar que tú también has compartido basura disfrazada de información. Implica algo peor: decir “no sé” de vez en cuando. Eso sí espanta más que cualquier deepfake.

Quizá el primer paso no sea abandonar las redes como sant@s, sino usarlas con un poquito de mala leche hacia el algoritmo

Buscar deliberadamente opiniones contrarias, cambiar de fuentes, no reaccionar a cada provocación. Dejar de medir la realidad en likes y retuits, y volver a ver, aunque sea de vez en cuando, lo que pasa fuera de la pantalla: la fila de las tortillas, el transporte público, la oficina, la calle.

Porque al final, la burbuja digital tiene un defecto de fábrica: por muy cómoda que sea, se rompe en cuanto la realidad toca la puerta. Y aquí la realidad sigue siendo terca, compleja y, sobre todo, mucho menos filtrable que cualquier feed.

 

Ulises Castellanos

@MxUlysses