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Trump pierde el medio tiempo

Si el show de medio tiempo del Super Bowl fue “una bofetada para Estados Unidos”, como dijo Trump, entonces el cachetadón vino con ritmo, luces y métricas demoledoras. | Ulises Castellanos

Escrito en OPINIÓN el

Yo llegué al medio tiempo del Super Bowl LX -desde mi pantalla plana- como quien llega tarde a una fiesta a la que no quería ir: jamás había escuchado a Bad Bunny más de un minuto seguido, y eso solo porque el algoritmo insistía. Pero ahí estaba, viendo el show en el Levi’s Stadium, con un puertorriqueño cantando casi todo en español, apropiándose del escaparate más sagrado del entretenimiento gringo, como si el continente —ese que para ellos es “el patio trasero”— hubiera decidido sentarse en la sala principal.

Los cinco momentos que más me impactaron el medio tiempo

Lo primero que me pegó fue la escena de apertura: el estadio convertido en una especie de San Juan futurista, con banderas, luces neón y tambores marcando el pulso caribeño mientras él salía con la calma del que ya sabe que está haciendo historia. No era solo un show, era una declaración: aquí estamos, hablamos español, y no vamos a pedir permiso ni traducción.

El segundo momento fue cuando entraron los “pleneros”, marcando un ritmo que no nació en Miami ni en Los Ángeles, sino en el Caribe profundo. Ahí entendí que Bad Bunny no estaba “representando a los latinos” en abstracto, estaba metiendo al prime time gringo un pedazo de barrio, de fiesta de pueblo, de tradición que normalmente solo se ve en documentales o en TikTok.

El tercero: los invitados. Lady Gaga como guiño al pop global, Ricky Martin como puente con aquella otra era en la que “Latino” era categoría exótica, y él al centro, dueño del escenario, sin disfrazarse de nada que no fuera él mismo. El mensaje era clarito: no vino de invitado, vino de anfitrión; que pasen los demás a su casa musical.

Cuarto momento: la cámara se acercó y escuché al estadio corear en español, sin subtítulos, sin “versión adaptada”, sin que nadie se tomara la molestia de “traducir” nuestra cadencia para la audiencia de Kansas. Para un tipo como yo, que nunca se había dado el tiempo de escuchar un disco completo del conejo, fue raro sentir que la familiaridad no estaba en las canciones, -que ni siquiera podía entender- sino en el idioma, en el gesto, en la forma de pararse frente al poder con un “pues así soy, y ni modo”.

El quinto fue quizá el más simbólico: el cierre con la frase proyectada en grande sobre el estadio, “Esto es por mi gente, mi cultura y nuestra historia”, eco directo de lo que él mismo dijo cuando lo anunciaron como headliner. Fue como ver por fin a América Latina no como la cuota exótica del espectáculo, sino como el relato principal de la noche más vista del año en Estados Unidos.

Y claro, si a alguien le iba a caer como patada esa fiesta, era a Donald Trump. El presidente salió a decir que el show fue “absolutamente terrible, uno de los peores, EVER”, una “bofetada en la cara” para Estados Unidos, que “nadie entiende una palabra de lo que dice este tipo” y que el baile era “repugnante” para los niños.  Lo mismo había dicho Trump desde antes, cuando lo calificó de elección “absolutamente ridícula” y confesó que ni siquiera sabía quién era Bad Bunny. La ironía es deliciosa: el político que construyó su carrera atacando a los latinos se encuentra, en pleno 2026, con que el artista más escuchado del planeta canta en español y se adueña del espectáculo nacional por excelencia.

Porque mientras Trump hace corajes en redes, Bad Bunny acumula miles de millones de streams, se convierte otra vez en el artista más reproducido de Spotify con más de 19.8 mil millones de escuchas en 2025 y genera decenas de millones de dólares solo con sus lanzamientos recientes. Ese es el tipo de derrota que no sale en los mapas electorales: la derrota moral y simbólica de un discurso que insiste en que “nadie quiere eso” frente a una generación que lo consume a todas horas, en todos los idiomas, pero sobre todo en el nuestro.

Yo, que llegué al medio tiempo como escéptico de oficina —de esos que dicen “yo no oigo reguetón” mientras sí se saben el coro—, terminé entendiendo que lo importante no era si me gustaban todas las canciones, sino lo que significaba ver a un latino cantar desde su propio código frente a millones. Si esto es “una bofetada para Estados Unidos”, como dijo Trump, entonces el cachetadón vino con ritmo, luces y métricas demoledoras; y lo más interesante es que no solo fue contra él, sino contra todo un país que se resiste a aceptar que el futuro se le está llenando de gente que habla, canta y baila en español.

Ulises Castellanos

@MxUlysses