Al momento de escribir este artículo Estados Unidos no había atacado a Irán; ojalá y sea la situación al momento de leerlo.
Desde hace media semana el presidente Trump, empleando su lenguaje característico, dijo que una “hermosa” y masiva flota naval se mueve con celeridad, gran poder, entusiasmo y propósito hacia Irán. Es más grande, dijo, que la enviada a Venezuela y cumplirá su misión con rapidez y violencia si es necesario.
Espero, prosiguió Trump, que Irán se siente a negociar para llegar a un acuerdo justo y equitativo y, añadió, SIN ARMAS NUCLEARES, con mayúsculas. Anteriormente Irán se negó a llegar a un acuerdo y como no lo hicieron hubo la operación “martillo de medianoche” en la que Irán sufrió una fuerte destrucción. El próximo ataque será mucho peor.
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La amenaza de otro ataque es clara, pero de todo lo anterior lo que realmente no deja en claro es el propósito. El mensaje central es de nueva cuenta que el poder se justifica a sí mismo. Atrás quedaron los viejos pretextos imperiales de que las potencias querían salvar las almas de los nativos, o llevar civilización y progreso a los pueblos atrasados y, más recientemente atacar tiranos corruptos, defender la democracia y los derechos humanos. Para Trump nada de aquellos pretextos obsoletos siguen siendo necesarios.
Ataca porque puede y porque la demostración de poder y el uso de la fuerza sustituye la legalidad internacional, la cooperación y el buen trato entre países e incluso queda atrás la idea de la libertad de mercado. Lo nuevo es el poder descarnado, la coerción e incluso la rapiña sobre los débiles.
El acuerdo que Trump propone incluye que Irán le entrega todo el uranio que posee, sus misiles balísticos y renuncia a cualquier apoyo a los movimientos de resistencia antiisraelíes de la región. Irán es de hecho el nuevo foco de la estrategia israelí de acabar con todo posible rival en la región. Tan solo en 2025 la supuesta seguridad de Israel se tradujo en ataques a Irán, Líbano, Qatar, Siria y Yemen; más el genocidio que prosigue en Gaza, la limpieza étnica en Cisjordania y anteriormente la destrucción de Líbano e Irak, más los ataques en aguas internacionales a las flotillas de ayuda humanitaria.
La operación anti-Irán solo se entiende desde la perspectiva del poderoso en lo económico y político cabildeo israelita y el apoyo de los cristianos evangélicos sionistas en Estados Unidos.
La exigencia del momento es desarmarse, debilitar toda resistencia ante Israel y perder su soberanía. A lo que se suman antecedentes nefastos en cuanto a negociaciones y tratados con Trump.
Antes, en julio de 2015 Irán aceptó el Plan de Acción Integral Conjunto, un tratado firmado por 7 países, (Irán, Estados Unidos, Francia, Alemania, Rusia y China), convertido en ley internacional por resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El tratado limitaba severamente el desarrollo nuclear de Irán y permitía inspecciones a fondo y sorpresivas. Irán lo firmó a cambio que se levantaran las sanciones comerciales y financieras en su contra, lo que ocurrió solo parcialmente. En mayo de 2018 Trump retiró a Estados Unidos del tratado en contra de la posición de los demás firmantes y de inmediato impuso nuevas sanciones.
A mediados de junio de 2025 Trump anunció un diálogo con Irán y dos días antes, cuando Irán se había confiado, Israel y Estados Unidos lanzaron un ataque de decapitación de la élite política y militar iraní. Fue la guerra que Trump bautizó como de los 12 días. Al cabo de ese tiempo, en vías del agotamiento de las defensas antiaéreas de Israel, Trump anunció victoria, y obtuvo un cese al fuego.
La nueva amenaza de ataque debe verse como el siguiente capítulo de una guerra en marcha. Anteriormente se asesinó a militares y científicos destacados; en abril de 2024 Israel bombardeó la embajada de Irán en Damasco.
En diciembre de 2025 se desplomó el valor de la moneda iraní y en Davos el secretario del tesoro norteamericano presumió que fue una operación de estado de su país. Ante la falta de importaciones hubo manifestaciones populares infiltradas por agentes israelíes, lo dijo un ex director de la CIA, que provocaron una enorme violencia contra civiles, destruyeron la cuarta parte de las ambulancias de Irán, y mataron a docenas de policías. La rebelión se apagó apenas Irán logró bloquear las señales de Starlink, el sistema satelital de Elon Musk.
Fracasado el inicio de una revuelta que no prendió, ahora Trump ha reunido una fuerte flota militar en torno a Irán. Si se decide a atacar existe un enorme riesgo de violencia y caos en toda la región.
En la guerra de los 12 días Irán limitó sus ataques a blancos militares, avisados con horas de anticipación y de hecho concertados para no provocar un escalamiento. Ahora Irán avisa que en caso de otro ataque responderá con toda su fuerza, incluyendo el cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita buena parte del abasto petrolero global.
Se dice que Trump quiere un cambio de régimen en Irán. Eso no es posible, no existe una oposición organizada en Irán hacia la que pudiera derivar un cambio de poder. Una decapitación como la que se hizo en Venezuela no es un cambio de régimen.
Lo que sí puede haber es una severa destrucción y enormes sufrimientos dentro de Irán. Pero la respuesta iraní puede causar enormes destrozos en las bases militares norteamericanas, provocar reacciones populares en contra de las monarquías árabes aliadas a Estados Unidos y causar graves daños a Israel. Puesto contra la pared y ante el riesgo de una guerra en episodios que se renuevan cada seis meses Irán puede concluir que enfrenta una amenaza existencial interminable y decidir jugarse el todo por el todo en un combate definitivo.
La hermosa armada de los Estados Unidos puede desatar el infierno sobre Irán durante varios días, tal vez una semana; después tendrá que suspender y reabastecerse. Los preparativos son para repetir otra guerra corta, de pega y corre, como las prefiere Trump y luego declarar victoria. Dado que los propósitos no son claros, cualquier resultado podrá proclamarse como otra victoria. En el mejor estilo de Trump.
Es un enfrentamiento que, al igual que el de 2024, da la ventaja al atacante durante varios días pero más adelante la capacidad de resistencia, incluso la capacidad de sufrimiento de los iraníes que es mucho mayor que la de los israelíes y norteamericanos, por lo que pudieran empezar a ganar la carrera a largo plazo.
La apuesta de Trump podría ser que de nueva cuenta Irán limite su respuesta a blancos militares y al periodo del ataque directo. Es decir que suspenda su contraataque cuando sus enemigos agoten sus municiones. Eso hizo antes pero ¿lo repetirá?
Hay demasiado en riesgo; lo mejor es que Trump, en otra jugada típica, anuncie que Irán aceptó suficientes de sus condiciones secretas y por ello con magnanimidad le otorga unos días más de paz esperando que cumpla lo acordado. En este caso es muy alta la posibilidad de que Irán no contradiga el discurso y con mutismo acepte la supuesta victoria que le permita a Trump otra más de sus retiradas dignas.
