Apenas llegaba a casa y alcancé a escuchar a Marath Baruch, Secretario del Trabajo a nivel federal, hablando como si fuera vocero del sector patronal y no de un gobierno que se presume de avanzada. Justificaba que la reducción de la jornada de trabajo a 40 horas a la semana no significará que los trabajadores tengan dos días de descanso; eso dijo, lo tendrán que arreglar con sus patrones.
Como si fuera una tarea fácil en la que el trabajador estuviera en la misma posición que el patrón para negociarlo y “arreglarlo”; pero no es así. Peor aún, la libre voluntad es inexistente en centros de trabajo donde se carece de sindicatos.
Mi gato imaginario Alfínedes, estando debajo de la mesa, mientras el funcionario hablaba, se revolcaba, maullaba, rascaba el piso de madera, enojado, al tiempo que corría por todos lados, como si supiera que además ese argumento gubernamental no solo era tramposo, sino que buscaba justificar un daño más profundo al derecho laboral, al convertirlo en una mercancía barata.
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Quería pensar que los argumentos del Secretario del Trabajo eran producto de mi imaginación, pero pronto descubrí que no era así. Al refugiarme en mi estudio y revisar la exposición de motivos descubrí que el redactor de la decepcionante iniciativa de reforma a la jornada de 40 horas, en lugar de imponer candados para reducir la jornada de trabajo, de manera cínica propicia incrementarla.
Cabe decir que la iniciativa del engaño no simula, porque dice textualmente:
“Tomando en consideración el impacto de la reducción de la jornada laboral en los procesos industriales y que las personas trabajadoras contarán con más tiempo libre (sic), se perfila la oportunidad (¿?) que pudieran ocuparlo (sic) o una parte de este (¡!), para laborar horas extras (¡recontra sic!) …”
Es absurdo que una iniciativa que pretende proteger un mayor descanso para el trabajador propicie que tenga más tiempo “libre” para seguir siendo explotado, recibiendo a cambio cuentas de vidrio.
La iniciativa de la decepción, sin esconder el dictado patronal, dice textualmente que la reducción de la jornada de trabajo, al tener “más tiempo libre”, a los trabajadores:
“…les permitirá percibir mayores ingresos, para lograrlo resulta necesario ajustar el número de horas extraordinarias que se podrán laborar una vez terminada la jornada ordinaria.”
Vaya paradoja, reducir la jornada de trabajo para incentivar laborar más, con pagos miserables, y mantener la jornada semanal de seis días de trabajo y uno solo de descanso, contrariando la corriente internacional de protección al trabajador.
Actualmente, la mayoría de los países europeos fijan límites legales de 40 horas semanales distribuidos en cinco días, con una jornada máxima de 8 horas diarias. Las excepciones son Francia (35 horas), Irlanda (39 horas) y Australia (38 horas), y algunos países donde no existe un único máximo legal a la jornada normal de trabajo, sino que depende del sector productivo como el caso de Bélgica (38 o 40 horas) y Alemania (35, 37 o 40 horas).
En Dinamarca no existe un máximo legal, pero en general este ha sido establecido en 37 horas semanales por negociación colectiva con amplia cobertura. En México, en cambio, la negociación colectiva es prácticamente inexistente ya que ni el 1% de los centros de trabajo posee un Contrato Colectivo de Trabajo.
El aumento de la jornada laboral que pretende esta iniciativa de la vergüenza reconoce que en nuestro país, de acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud, ocurren un promedio de 75 mil infartos anuales, “…el 25% se atribuyen directamente a factores laborales, además el 75% de los trabajadores mexicanos padecen algún grado de estrés vinculado al trabajo, cifra que supera a países como China (73%) y Estados Unidos (59%)”.
La paradoja es brutal: cuando el mundo reduce la jornada para vivir mejor, en México se propone trabajar más, en un país donde el trabajo ya cobra demasiadas vidas.
Actualmente, los legisladores se han impuesto oídos sordos, y no admiten crítica alguna a la iniciativa que no sólo tiene tintes patronales, sino que está bañada en un retroceso en perjuicio de los trabajadores que marcará a este gobierno como un detractor de sus derechos.
Cuando termino de escribir esta columna, mi gato imaginario Alfínedes se acerca triste a mí, para que lo acaricie, y yo no sé cómo explicarle tanta incongruencia de una iniciativa de ley impulsada por dictados patronales, que se convertirá en uno de los mayores retrocesos de la historia en perjuicio de los trabajadores.
Alfínedes de pronto eriza su pelaje; ahora entiendo el porqué: el proyecto fue aprobado en Comisiones y pasa vía fast track al Pleno para su ratificación. Hay festejos en las casas patronales.
De otros avatares
Por cierto, una trabajadora que acabo de conocer me comentó que tenía su asunto en la Procuraduría Federal de la Defensa del Trabajo (PROFEDET), que había ido hace dos semanas y le dijeron que posiblemente puedan atenderla hasta finales de marzo, que con esto de la mudanza no tienen computadoras y no hay cómo checar sus expedientes. Me quedé inquieto, ¿qué pasará con todo aquello que tiene término? ¿Qué tanto le importa al gobierno federal la defensa de los trabajadores?
