Con base en el argumento de la lucha contra el narcotráfico, el gobierno de Donald Trump orquestó la medida más drástica para derrocar a Nicolás Maduro en Venezuela. El pasado sábado 3 de enero, lanzó un despliegue militar quirúrgico denominado “Operación Resolución Absoluta” en la que el presidente venezolano fue capturado y llevado a Estados Unidos para enfrentar cargos por narcoterrorismo y demás acusaciones que se le han añadido. En una conferencia de prensa de la tarde del mismo sábado, Trump aseguró que Estados Unidos va a dirigir Venezuela hasta que se pueda organizar una transición de forma segura.
Esto, sin embargo, provoca retomar una de tantas valiosas frases que se leen en el libro intitulado el Arte de la Guerra y la Paz de David Kilcullen y Greg Mills: “El fin de la guerra no puede ser solo la paz de un vencedor”; con esto en mente, difícilmente se puede pensar que después de la captura de Maduro el pueblo venezolano fue el ganador. Por el contrario, Trump se perfila para ser dueño de lo que suceda en Venezuela, su gente y sus recursos naturales. Sí, Maduro ha sido derrocado, pero en su lugar se han impuesto los estadounidenses, en principio a través de la misma estructura del régimen chavista.
Aparentemente, el objetivo de Estados Unidos es lograr "paz, libertad y justicia para el gran pueblo de Venezuela", pero este propósito se contrapone al deseo estadounidense de vender el petróleo venezolano y reclamar reembolsos por las pérdidas de las compañías petroleras de Estados Unidos cuyos intereses se vieron afectados por el régimen de Maduro.
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En contrasentido del discurso triunfalista estadounidense, es que aún existe el régimen de Maduro, con todo y su estructura de control político, militar y paramilitar. Para empezar la vicepresidenta Delcy Rodríguez, la primera en la línea de sucesión de Nicolás Maduro, sigue dando la batalla mediática; mientras que el Ministro del Interior, Diosdado Cabello, una de las personas interesadas en hacerse del cargo presidencial, da discursos fulminantes en contra de la agresión estadounidense. Esto sin contar que facciones de resistencia puedan contar con apoyos externos.
Si bien tomar el control de Venezuela encaja perfectamente con la Estrategia de Seguridad Nacional lanzada a finales del año pasado, en la cual se resalta el peso de la preeminencia estadounidense sobre el hemisferio occidental mediante la aplicación de la Doctrina Monroe, existen elementos que permiten visualizar que los Estados Unidos han aprendido de sus errores en el pasado reciente.
Un dato importante es que en Venezuela los estadounidenses no combatieron al régimen de Maduro para tratar de anularlo del todo, el hecho que la vicepresidenta Rodríguez, su hermano y presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, José Rodríguez, Cabello y demás “camaradas” no hayan sido, por ahora, el objetivo directo de la agresión, da muestra de que Estados Unidos no se enredaría en historias fallidas como la de Irak, en donde también trataron de tomar el destino del país en 2003, pero enfrentaron un gran número de grupos de resistencia armada antioccidental, que llevaron a la creación del ISIS y a la salida vergonzosa de Irak en 2011.
Pero lo más relevante es que ahora con la Operación Resolución Absoluta, que venía cocinándose desde hace meses, era importante para el gobierno de Donald Trump ya que como afirman Kilcullen y Mills “la pérdida de legitimidad moral resultante de la invasión unilateral de Irak tuvo un efecto duradero en la credibilidad global de Estados Unidos”.
En este sentido, todo parece indicar que lo que no quieren los estrategas estadounidenses es crear un vacío de poder; de ahí la importancia de que personajes del régimen de Maduro permanezcan en sus posiciones actuales, lo que en principio garantiza un control sobre las estructuras gubernamentales, militares y paramilitares, incluidos el Ejército de Liberación Nacional de Colombia y las disidencias de las FARC, que operan en Venezuela. Adicionalmente, al mantener el orden en el aparato gubernamental se puede abrir un espacio para que la oposición venezolana y el propio régimen negocien entre ellos una transición política, por supuesto bajo el liderazgo estadounidense.
Está por verse si la presidenta Rodríguez respalda en los hechos sus dichos en contra de la agresión de Washington, tanto en su territorio como en sus áreas de influencia regional; o si asumirá un papel más conciliador con la oposición y más receptivo a los reclamos estadounidenses, como lo ha dado a entender el propio presidente Trump. En cualquier caso, los estertores de la caída de Maduro ya se sienten por lo menos en La Habana y en la Ciudad de México.
