Este 2025 ha sido testigo de un sálvese quien pueda en el desorden mundial, en el que las amenazas a la seguridad internacional se ciernen por todos los rincones del orbe, desde Israel hasta Venezuela, pasando por el conflicto entre Rusia y Ucrania, sin olvidar que el aumento en el gasto de defensa en muchos países ha sido un común denominador, así como el deseo de contar con mejor armamento, sino también de disponer de los recursos vitales para su desarrollo. Todo es un conjunto de factores que aumentan los temores de una escalada hacia 2026.
Este 2025 hemos visto a Estados Unidos anunciar desde aranceles risibles, pero intimidantes; realizar ataques aéreos contra instalaciones iraníes; declarar la guerra a los cárteles de las drogas y el crimen organizado; y cuestionar las normas internacionales que hasta ahora medianamente habían conducido la manera de actuar de los estados.
Sin duda, la presión que ha ejercido el presidente Donald Trump durante su segundo mandato ha afectado casi todos los ámbitos de la convivencia internacional, a los cuales darles seguimiento se ha vuelto un reto para cualquier analista e institución, por lo que difícilmente alguien podrá decir con certidumbre cómo nos irá en 2026. Sin embargo, los hechos quedan registrados y con ellos tratamos de imaginar lo que viene. Y lo que se alcanza a vislumbrar no pinta bien.
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El tema de la proliferación de armas nucleares volvió a la escena mundial cuando se hicieron públicos los inventarios de arsenal nuclear de los únicos nueve países que tienen “permiso” para producirlas, a saber, Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. Todos ellos continuaron modernizando sus programas nucleares, mejorando las armas existentes e incorporando versiones renovadas. Pero mientras los inventarios de Estados Unidos y Rusia se ubican en una posición similar en 2025, el arsenal nuclear de China creció, los chinos han desarrollado 100 nuevas ojivas al año desde 2023, con esta rapidez, China podría llegar a competir con Rusia y Estados Unidos hacia finales de la década.
Con esto en mente, los rusos confirmaron haber probado un misil crucero de propulsión nuclear, a lo que la respuesta estadounidense no se hizo esperar, así de fácil, Estados Unidos y Rusia abordaron la posibilidad de renovar las pruebas de armas nucleares, amenazando con derrumbar 30 años de suspensión de desarrollos nucleares. A esto, se suma el respaldo del presidente Trump a su homólogo Lee Jae Myung para que Corea del Sur desarrolle submarinos de propulsión nuclear, obviamente, el primero en saltar fue el líder norcoreano Kim Jong Un para advertir sobre un “efecto domino nuclear” que acrecienta las preocupaciones de la proliferación nuclear en Asia.
Esta frágil seguridad internacional observada durante 2025 ha llevado a los gobiernos de distintos países a aumentar su gasto de defensa. El primero en sorprender fue Reino Unido, país que en junio lanzó su Informe Estratégico de Defensa, el más ambicioso en un cuarto de siglo, y en el cual promete elevar el gasto en defensa al 2.5% del PIB para 2027, con aspiraciones de alcanzar el 3%, para producir hasta 7 mil misiles de largo alcance, modernizar submarinos nucleares y renovar el sistema de disuasión nuclear. Más tarde se sumó el bloque de la OTAN cuyos miembros acordaron aumentar su gasto en defensa hasta el 5% de sus respectivos PIB para 2035. Por supuesto, en el caso de los europeos esto evidencia la necesidad dejar de depender de Estados Unidos y de responder tanto a las políticas de expansión chinas, así como de ofensiva y repliegue multilateral estadounidenses.
Ya en el terreno, una de las sorpresas más grandes de Washington fue la operación denominada “Martillo de medianoche” realizada en junio, mediante la cual estadounidenses e israelíes atacaron instalaciones nucleares de Irán y que fue seguida de la pausa de algunas inspecciones por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica, provocando no sólo que el programa nuclear iraní evidenciara poca claridad, también acrecentó preocupaciones en torno a la seguridad de Medio Oriente, el impacto humanitario en la región y de un retorno a la proliferación de armas nucleares.
En este contexto, ya no resulta paradójico que mientras los gastos en defensa aumentan, los recursos destinados a la promoción de la paz y que forman parte de la cooperación internacional se reducen, lo que vislumbra un deterioro de las condiciones en los países afectados por conflictos.
Por otra parte, si bien no es nuevo, el año 2025 marcó también el comienzo de una escalada de mecanismos de coerción geopolítica que se hicieron sentir con el dominio de China sobre el suministro y procesamiento globales de tierras raras y minerales críticos, base fundamental en la fabricación de tecnología y armas. Con esta acción china, muchos países reconocieron el grado de vulnerabilidad y dependencia externa que sus aparatos industriales y de seguridad económica tienen, obligándolos a invertir en desarrollar sus propias capacidades de producción y procesamiento de minerales críticos, esfuerzos que sin duda se convertirán en su propia fuente de tensión el próximo año.
Mientras tanto, en América Latina se observa con resignación como la política exterior de Estados Unidos se despliega para controlar la migración, el crimen organizado y mantener su influencia en la región a través de una renovada Doctrina Monroe de mano dura, y en la cual Venezuela, con sus vínculos extrarregionales, es el por el momento el máximo ejemplo.
