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La revolución fallida del almanaque republicano francés

El calendario republicano francés fue una expresión extrema del temperamento revolucionario: la creencia de que bastaba cambiar símbolos, nombres y tiempos para transformar a la sociedad. | Ricardo del Muro

Escrito en OPINIÓN el

El primer brote del “síndrome transformador”, en su mutación moderna, se produjo durante la Revolución Francesa (1789), cuando los jacobinos en su afán de cambiarlo todo, no se conformaron con guillotinar al rey y a los aristócratas. Decididos a romper de raíz con el pasado monárquico y religioso, intentaron reformar no solo el orden social, sino también la vida cotidiana, estableciendo un nuevo calendario, convencidos de que bastaba cambiar los nombres de los días para transformar la sociedad

El historiador Robert Darton, en su libro más reciente, El temperamento revolucionario (2025), describe el ambiente que se vivió durante la Revolución Francesa: una atmósfera dominada por pasiones e ideas compartidas, marcada por un impulso casi febril por romper con el pasado y fundar un mundo nuevo desde sus cimientos culturales, simbólicos y morales. 

Mil cuatrocientas calles de París –indica Darton– recibieron nuevos nombres porque los antiguos contenían alguna referencia a un rey, una reina o un santo. La plaza de Luis XV, donde estuvo situada la guillotina más espectacular, se convirtió en la plaza de la Revolución; y más tarde, en un intento de hacer borrón y cuenta nueva, adquirió su nombre actual, plaza de la Concordia.  

La iglesia de San Lorenzo se convirtió en el Templo del Matrimonio y la Fidelidad; la catedral de Notre Dame, en el Templo de la Razón; y Montmartre, en Mont Marat, en honor del mártir más célebre de la Revolución. Treinta ciudades intentaron borrar su pasado mediante cambios en su denominación. Los revolucionarios cambiaron de nombre y bautizaron a sus hijos como Liberté, Civilisation o République; incluso modificaron la designación de las piezas de ajedrez, porque un buen jacobino no jugaría con reyes y reinas. 

Sin embargo, el ejemplo más célebre de ese impulso de cambio desmedido fue el calendario republicano francés, creado por decreto de la Convención Nacional el 24 de octubre de 1793 y utilizado durante 13 años, hasta que Napoleón decidió suspenderlo en 1806 y regresar al calendario gregoriano.  

El almanaque revolucionario eliminó la Navidad, el Año Nuevo, el domingo y el santoral católico. Inspirado en la razón y la naturaleza, fue diseñado por una comisión en la que destacaron el matemático Gilbert Romme y el poeta Fabre d’Églatine, quienes organizaron y dieron nombre a doce meses de treinta días, agrupados según las cuatro estaciones del año.  

El año iniciaba con Vendimiario (el mes de vendimia, el 22 de septiembre) y concluía con Fructidor (del latín fructus: fruta, a partir del 18 de agosto). Los meses de otoño terminaban en “aire” (Vendémiaire, Brumaire, Frimaire); los de inverno en  “ôse” (Nivôse, Pluviôse, Ventôse); los de primavera en “al” (Germinal, Flóreal, Prairial); los de verano en “idor” (Messidor, Thermidor, Fructidor). Cada nombre aludía a su definición climática: el calor, por ejemplo, en Thermidor; o la nieve, en Nivôse.   

El calendario fue de aplicación civil en Francia y en sus colonias americanas y africanas hasta que Napoleón abolió su uso oficial el 1 de enero de 1806. De hecho, ese di´a correspondió a la medianoche del 10 de Nivôse del año XIV, es decir, el 31 de diciembre de 1805, casi trece años después de haber sido introducido. La supresión del calendario republicano fue una manera oportuna de eliminar los últimos signos del espíritu republicano.  

Napoleón se había autoproclamado emperador de los franceses en diciembre de 1804 y había creado la nueva nobleza imperial durante el año 1805, dos conceptos incompatibles con la naturaleza de este calendario. Además, tras su abolición y el regreso al calendario gregoriano, se reconcilió con los católicos y el papado, de quienes obtuvo cierta tolerancia al restituir las festividades civiles y religiosas de la Iglesia católica. Por otra parte, también pesaron consideraciones prácticas, como las ventajas de utilizar el calendario gregoriano, empleado entonces por casi toda Europa.  

Este calendario se volvió a implantar brevemente tras el derrocamiento de Napoleón en 1814, y fue usado también por la efímera Comuna de París de 1871, antes de convertirse en una curiosidad histórica.  

Quizá la fecha más famosa de este calendario quedó inmortalizada por Karl Marx en el ti´tulo de su ensayo El 18 de brumario de Luis Bonaparte (1852), en el que formuló su célebre observación: “La historia se repite; la primera vez como tragedia, la segunda como farsa”. En ese texto, Marx comparaba el inicio del régimen de Napoleón Bonaparte con el de su sobrino Luis Napoleón.  

La novela de Émile Zola titulada Germinal (1885), así como el plato “langosta a la Thermidor”, creado por el cocinero Auguste Escoffier en 1884, toman su nombre de los meses del calendario republicano.   

El adjetivo «termidoriano» (en referencia a la Convención termidoriana y la reacción termidoriana) fue acun~ado tras el derrocamiento del gobierno jacobino y el fin del re´gimen del Terror, ocurrido el 9 de Thermidor del año II (27 de julio de 1794), fecha en que la Convención arrestó al principal dirigente jacobino, Maximiliano Robespierre, quien sería guillotinado di´as después.  

De acuerdo con la interpretación de Darton, el calendario republicano francés no fue una ocurrencia ni una excentricidad, sino una consecuencia lógica del temperamento revolucionario: la creencia de que la sociedad podía rediseñarse por decreto y que bastaba cambiar los símbolos para transformar a los ciudadanos. Fue una forma de ingeniería social de gabinete, impulsada más por la egolatría del poder y el afán de trascendencia que por un diagnóstico real de las necesidades sociales. 

El resultado fue previsible. Comerciantes, campesinos y obreros continuaron organizando su vida conforme al calendario tradicional, mientras el Estado insistía en imponer el nuevo almanaque. Francia terminó viviendo en dos tiempos paralelos: el oficial y el vivido. El calendario republicano sobrevivió apenas una década y quedó como prueba de que la realidad no siempre obedece a las ocurrencias del poder, por más revolucionarias que se proclamen.

Ricardo del Muro

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