RESISTENCIA EN FRANCIA

La resistencia en Francia, 1943 a 1945

La Resistencia Francesa fue un “brote natural”: una reacción paulatina, dispersa y no planificada frente a la ocupación nazi de 1940, nacida de iniciativas individuales y de pequeños grupos ciudadanos. | Miguel Henrique Otero

Escrito en OPINIÓN el

El que se mencione el 18 de junio de 1940 (día en que Charles de Gaulle, en un discurso radial leído en Londres, pronunció la histórica frase “Francia ha perdido una batalla, pero no ha perdido la guerra”), no es sino una de las referencias, que responden a la pregunta de cómo se originó la resistencia de los franceses en contra de la dominación de Hitler y los nazis, que invadieron y ocuparon la nación francesa en junio de 1940.

El aspecto fundamental –que hace excepcional a la Resistencia Francesa– es que fue una especie de brote natural, de reacción paulatina, dispersa y no planificada, que comenzó a producirse aquí y allá, producto de iniciativas individuales, familiares o de pequeños grupos, en distintas ciudades y zonas del territorio francés, que consistían en organizarse para fines prácticos: combatir los rumores y obtener información verificada de lo que estaba ocurriendo; anticiparse a las denuncias y detenciones contra dirigentes sociales y políticos franceses, en particular, militantes del Partido Comunista y de otras organizaciones izquierdistas; conseguir alimentos y medicamentos; obtener falsos documentos que ocultaran –especialmente en el caso de los judíos– la verdadera identidad de algunas personas y familias; organizar pequeñas unidades de profesionales –abogados, médicos, enfermeras, maestros y profesores, conductores de taxis y buses– que prestaban sus servicios de forma gratuita, de forma particular, a las familias, cuyos padres o madres o hijos habían sido detenidos. 

En su primera etapa, esta respuesta tenía un carácter ciudadano, fundamentado no solo en necesidades materiales y de otros órdenes –estar adecuadamente informado, por ejemplo, es una necesidad del espíritu–, sino en un rasgo histórico y cultural profundo de la sociedad francesa, que experimentaba la presencia del régimen nazi como una situación inaceptable, una realidad que se había impuesto por la fuerza, indeseable y violenta, ferozmente peligrosa y criminal, con la que no era posible convivir. Hitler y sus ideólogos y propagandistas no entendían ni podían imaginar, cuán hondas eran las raíces de los franceses en el propósito de libertad. Goebbels sostenía que la invocación que Francia hacía de la libertad era “un falso orgullo”, que no tardaría en desaparecer, un grave error de perspectiva, que el tiempo no tardaría en despejar.

Sin embargo, este fenómeno diseminado y multiforme, protagonizado por personas anónimas, de distintas visiones políticas, de diversas capas socioeconómicas, no se desarrolló de un día para otro. Tuvo que enfrentar las dificultades inherentes al aislamiento, la falta de recursos, la inexperiencia, la desconfianza que separaba a unos de otros y, por encima de todo, debió hacerle frente al miedo: al miedo extendido, hiriente, inagotable y sin pausas, que lo inundaba todo y pesaba como una roca enorme sobre las conciencias de cada francés. El miedo del que hablo, que se erigía como un omnipotente estado de terror, se alimentó entonces de casos de delación, que fueron usados por la propaganda nazi, para erosionar el ánimo y atizar la desconfianza y estimular la desunión entre las víctimas de la ocupación nazi.

Poco a poco, individuos o pequeños grupos comenzaron a conocerse, a reconocerse, a pactar mínimos acuerdos, salvando las especificidades y, con frecuencia, las marcadas diferencias políticas, ideológicas, sociales y culturales que existían entre unos y otros. Lo que ocurrió es que se fueron creando redes pequeñas, que ya tenían algún antecedente en la historia de Francia (en su extraordinario libro sobre la presencia de las redes en la historia, “La plaza y la torre”, el historiador inglés Niall Ferguson nos recuerda el papel cumplido por las cartas cruzadas –redes de correspondencia– entre Voltaire y otros franceses, como herramientas de agitación del pensamiento ilustrado). 

Esas redes crecieron, aprendieron a operar y ocultarse y, gradualmente, a ampliar el carácter de sus objetivos. Dos de los aspectos que resultan más reveladores de los relatos de la resistencia francesa, es que se organizaban y actuaban personas sin ninguna actividad pública, gente dedicada a su trabajo o a sus estudios, que tenían otra vida silenciosa, diurna o nocturna, cada vez más eficaz, concentrada en el esfuerzo de resistir, de oponerse, de dificultar la acción de los asesinos nazis.

Luego de significativas dificultades –que hubiesen podido derivar en enfrentamientos armados entre facciones rivales–, hacia finales de 1943 los grupos o células se unieron, avanzaron en su organización interna, designaron líderes o coordinadores, algunas de ellas comenzaron a prestar apoyo a los grupos guerrilleros, los maquis, que se formaron, primordialmente a partir de 1943, cuando Hitler publicó un decreto que obligaba a los jóvenes franceses a trabajar en fábricas alemanas de armas. Estos grupos se refugiaron en zonas boscosas, montañas o en campos de geografía irregular, se armaron y actuaron contra unidades militares nazis, con la complicidad o la ayuda de resistentes civiles que les informaban, alimentaban, escondían sus armas y mucho más.

A partir del que la Historia conoce como el Día D, 6 de junio de 1944, fecha del desembarco de las tropas aliadas en las playas de Normandía, los maquis se sumaron abiertamente a la lucha militar para desalojar a los nazis, lo mismo que muchos silenciosos resistentes abandonaron su cotidianidad para incorporarse a la acción militar, en primera o segunda línea.

Pero antes de llegar allí, ¿qué hacían los resistentes? Buscaban información confirmada y la transmitían de forma escrita u oral.

Acopiaban y distribuían alimentos y medicaban. Usaban la Cruz de Lorena como símbolo e imagen de mutuo reconocimiento. Las esposas o novias de los presos se organizaban para buscar información sobre el destino y estado de salud de los detenidos (la escritora Marguerite Duras era parte de una de esas redes, toda vez que su esposo, Robert Antelme, había sido capturado y enviado al campo de concentración de Buchenwald, en Alemania). Se armaban grupos que robaban los depósitos nazis y luego los quemaban. A partir del Día D, maquis y miembros de la resistencia, dinamitaron las líneas de los trenes, cortaron los tendidos eléctricos, realizaron acciones destinadas a sabotear la movilidad y las comunicaciones de los nazis, con resultados netos que contribuyeron al desalojo de las fuerzas de Hitler en Francia y al triunfo militar de los Aliados.

Sin embargo, la relevancia de la Resistencia Francesa no terminó en 1945. Se proyectó durante las siguientes décadas hasta nuestro tiempo, como un fundamento político y moral contra la humillación, la recuperación de la libertad y el orgullo nacional. Recuerda que, hasta en el caso del poder más sangriento, brutal y ruin, todas las formas de resistencia y organización, en pequeña o grande escala guardan un valor, y a medida que se aproxima el momento de liberación, de forma natural e inevitable, se articulan unas y otras, y avanzan hacia el objetivo común de instaurar un nuevo estatuto de libertades.

 

Miguel Henrique Otero

@miguelhotero

Temas