Es enero de 2026 y la presidenta ya reiteró su discurso sobre la soberanía nacional y cómo su partido ha trabajado para recuperarla y fortalecerla. Recientemente, afirmó que “la soberanía energética es fundamental para la soberanía nacional”. En distintas mañaneras y giras, mantiene el discurso de la autosuficiencia alimentaria, mencionando las entregas gratuitas de fertilizantes y la prohibición del maíz transgénico desde la Constitución, a fin de proteger a los agricultores mexicanos. El discurso es claro: México se encamina cada vez más a ser un país autosuficiente y a controlar sus recursos y su rumbo.
No hay mayor contradicción para el discurso que la realidad. En el sector alimenticio, México tuvo que importar aproximadamente 50% del maíz entre 2025 y 2026, mayoritariamente de Estados Unidos, donde el maíz es transgénico. Incluso en 2025, las importaciones del pilar de la alimentación mexicana se triplicaron y México quedó como el país que más importa maíz a nivel mundial. En la carne, el brote del gusano barrenador, derivado de una política de fronteras abiertas, generó pérdidas millonarias y un déficit comercial, lo que cesó la exportación de 1.19 millones de animales, con pérdidas estimadas para la economía mexicana de 1,552 millones de dólares y una subida de precios para los consumidores del 15%. En el sector energético, México sigue importando alrededor del 75% de su gas natural de Texas, destinado a la generación de energía eléctrica, cuyo precio ha aumentado hasta 25% debido a factores climáticos recientes o a otros factores, como el boom de la IA y su uso en centros de datos y en la generación eléctrica.
Este contraste no es ocasional, es muestra del desgaste estructural que la 4T solo agravó. El énfasis ideológico constante en el estatismo (Pemex, CFE, Litio MX) y la política de “abrazos y no balazos” han dañado el contrapeso institucional y debilitado el control territorial. Las reformas realizadas con el propósito de acaparar el poder en el Ejecutivo, justificadas como necesarias para recuperar la soberanía, han desechado o debilitado los mecanismos de resistencia a las presiones externas; ya no hay lugar para justificaciones. Cuando el Ejecutivo acapara todo el poder, la indeterminación solo puede considerarse complicidad, lo que deja a México aún más expuesto ante la reconfiguración del hemisferio frente a la nueva agenda de Estados Unidos.
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Con la revisión del T-MEC para julio de 2026, Washington usará la migración, el fentanilo y los temas de seguridad como armas de sumisión. Trump ya ha amenazado repetidamente con intervenciones militares contra los cárteles, designados por ellos como grupos terroristas internacionales, así como con operaciones de inteligencia en el espacio aéreo mexicano y operaciones terrestres en territorio mexicano. La operación militar más reciente en territorio venezolano para la captura de Maduro es un precedente que ejemplifica la nueva visión de los países de la región como zonas de conflicto y no como socios igualitarios.
Lejos de actuar como una potencia regional, México se posicionó con una postura victimista, con una empatía no recíproca y con una moralidad incongruente. La sólida aprensión a la Doctrina Estrada y la constante necesidad de mantener una alianza con los regímenes de Venezuela y Cuba solo aislaron aún más al país diplomáticamente, dejándolo vulnerable a presiones internacionales desiguales. Aún siguen siendo más del 80% de las exportaciones del país a EU, lo cual facilita el uso de aranceles como arma económica de sumisión. Mencionar la palabra “soberanía” en discursos e intentar conseguirla mediante políticas ideológicas, erosiona el poder de negociación del país, dejándolo sin apalancamiento para perseguir una independencia económica.
