Ante la falta de mención de las mujeres en cualquier documento emanado del movimiento revolucionario y constitucionalista de principio de siglo XX en México, el 16 de enero de 1916 se emitió el acta final del Primer Congreso Feminista, propuesta por algunas de las participantes para exigir la inclusión de las mujeres en el Programa de la Revolución Social, encabezado por Venustiano Carranza, y dotarles de derechos para poder integrarse a la vida política del país.
El año anterior había sido demasiado complejo para el país debido a la ruptura de la Soberana Convención Revolucionaria, el repliegue de las fuerzas zapatistas y villistas hacia sus lugares de origen para reiniciar la lucha armada, las confrontaciones por parte de ambos bandos con el ejército carrancista, el respaldo de gobiernos extranjeros a Venustiano Carranza como presidente de México, huelgas obreras y un sinfín de conflictos sociales derivados de la pujanza por encabezar el gobierno federal.
En medio de ese maremágnum, en octubre de 1915, el entonces gobernador de Yucatán, Salvador Alvarado, de corte socialista, emitió la convocatoria para la participación en el Primer Congreso Feminista, a celebrarse del 13 al 16 de enero de 1916, en el Teatro Peón Contreras de la ciudad de Mérida. A esta, respondieron 700 mujeres de diferentes lugares de la península y de algunos otros rincones del país.
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De acuerdo con la historiadora Gabriela Cano, el contexto sociopolítico en el que se emitió dicho llamado fue que “Alvarado buscó impartir una educación laica y racional a las mujeres yucatecas, en su mayoría campesinas indígenas, y favoreció la creación de empleos que permitieran a las mujeres ejercer sus responsabilidades domésticas como esposas y madres, pero que, al mismo tiempo, les permitieran tener un salario propio”.
En la convocatoria, se establecía que los puntos a tratar durante el Congreso eran responder a las siguientes preguntas: “¿Cuáles son los medios sociales que deben emplearse para manumitir a la mujer del yugo de las tradiciones?, ¿cuál es el papel que corresponde a la escuela primaria en la reivindicación femenina, ya que aquélla tiene por finalidad preparar para la vida?, ¿cuáles son las artes y ocupaciones que debe fomentar y sostener el Estado, y cuya tendencia sea preparar a la mujer para la vida intensa del progreso? Y ¿cuáles son las funciones públicas que puede y debe desempeñar la mujer a fin de que no solamente sea elemento dirigido sino también dirigente de la sociedad?”.
La contestación de estas preguntas requirió de la participación de muchas mujeres, entre ellas, Consuelo Zavala Castillo, Dominga Canto Pastrana, Raquel Dzib Cicero, Rosa Torres González, Beatriz Peniche de Ponce, Candelaria Ruiz Patrón y Hermila Galindo, quien no pudo asistir, pero envió un discurso, denominado "La mujer en el porvenir", centrado en la importancia de la educación como una herramienta contra el sometimiento que implicaban las prácticas sexuales de la época y la necesidad del conocimiento del instinto sexual femenino, así como de una educación higiénica femenina sustentada en el conocimiento biológico.
Algunas de las conclusiones del Congreso fueron que, en materia de liberación de las mujeres del yugo de las tradiciones se tenían que impulsar actividades para que la mujer conociera sus potenciales y sus facultades, promover la enseñanza laica, impulsar el libre pensamiento e inculcar oficios. En el de reivindicación femenina a través de la escuela, el recurrir a la escuela racional a favor de la acción libre, sustentada en valores. En el de artes y ocupaciones que deben fomentarse, promover el estudio de la medicina, la literatura, la higiene, las artes y todo aquello a favor del progreso de la mujer. Y en el de funciones públicas que puede desempeñar la mujer, apela a que las mujeres se desempeñen en los mismos ámbitos que los hombres al igual que “cualquier cargo público que no exija vigorosa constitución física, pues no habiendo diferencia alguna entre su estado intelectual y el del hombre, es tan capaz como éste de ser elemento dirigente de la sociedad”.
Como colofón de este Congreso, a finales del mismo año se llevó a cabo una segunda edición de este, también en la capital yucateca, y en las leyes emanadas de este espíritu constitucionalista, se promulgaría la Ley de Relaciones Familiares, para separar lo familiar de lo civil, e incluiría, en el artículo 123 una cláusula para otorgar una serie de derechos a las mujeres embarazadas, y otra, para garantizar la igualdad salarial. Sin embargo, no se incluirían las demandas de reconocimiento de ciudadanía y de derechos políticos.
A 110 años de la celebración de este Primer Congreso Feminista en México es válido preguntarse sobre el avance y el reconocimiento de los derechos de las mujeres en el país. Recientemente, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha emitido dos sentencias en contra del Estado mexicano a causa de sucesos que terminaron con la vida de dos mujeres. En la Suprema Corte de Justicia de la Nación se continúa debatiendo la legalidad de la interrupción voluntaria del embarazo. Se ha anunciado una nueva reforma integral en materia de regulación de los delitos sexuales. Las cifras de violencias contra las mujeres aún son altas. El feminicidio continúa siendo una plaga social. La paridad política y laboral está en ciernes, y, aún hay un déficit en políticas públicas con verdadera perspectiva de género, interseccional y de derechos humanos.
Que la conmemoración y la remembranza de un congreso tan relevante en la historia mexicana sirva para continuar dando pasos a favor de alrededor de 53 por ciento de quienes habitan en el país.
