HANNAH ARENDT

Cinco décadas sin Hannah Arendt, pero con un dejo de esperanza

A cinco décadas de su partida, las reflexiones de Hannah Arendt, son urgentes y necesarias ante el inminente avance de esas conductas totalitarias, a las que ella dedicó muchas páginas de su obra. | Leonardo Bastida

Escrito en OPINIÓN el

Hace 50 años, a comienzo de diciembre de 1975, se anunció la muerte de Hannah Arendt, en Nueva York, lugar del mundo donde se asentó para huir del nazismo imperante en la Alemania de la década de los 30 y parte de los 40, y poder llevar a cabo sus reflexiones en materia de teoría política sobre diversos asuntos como la condición humana, el totalitarismo, la política, el mal, las emociones y otros asuntos de índole social.

Siempre rechazante del término de filósofa para definir su trabajo reflexivo, se enamoró del estudio del pensamiento filosófico desde su adolescencia, a los 14 años, después de leer “La crítica de la razón pura” de Immanuel Kant, un árido texto, clave para comprender la noción de modernidad y de pensamiento ilustrado, predominante durante las últimas dos centurias. Pero que fue el detonador de una vocación, cuya formación inició en la Universidad de Marburgo, y siguió en la de Friburgo, y después en Heidelberg. 

Como consecuencia de la llegada al gobierno alemán del Partido Nacional Socialista, buscó refugio en Francia, pues su vida corría peligro en Alemania ante el semitismo desatado por el partido político en el gobierno, donde vivió varios años antes de salir rumbo a Estados Unidos, donde se desenvolvería como escritora, profesora, periodista y creativa hasta el final de su vida. 

En su obra se pueden rescatar muchos elementos y conceptos para dar una lectura del mundo, una de ellas es sobre el ser humano y su papel en el mundo, al considerar que tiene tres actividades fundamentales: la labor, correspondiente al proceso biológico del cuerpo humano y a la satisfacción de las necesidades vitales, la vida misma; el trabajo, referente a lo no natural de la exigencia del ser humano, a lo que no está en una constante repetición, lo mundano, y la acción, vinculada con la pluralidad, vivir y habitar en el mundo. Dicha pluralidad es la esencia de la vida política y de la condición de la acción humana, pues todas y todos somos lo mismo.

Aunado a la reflexión sobre la existencia, Arendt nos plantea la noción de vita activa, una percepción muy antigua y hace referencia a esa posibilidad de elegir con libertad, con plena independencia, a la vida en la ciudad, la vida política en sí. Aunque después pasó a ser un activo compromiso con las cosas de este mundo, llegándose a liberar de los asuntos mundanos. 

Este principio está activamente comprometido con el hacer algo. Las cosas y las personas forman el medio ambiente de cada una de las actividades humanas. Y en sí, estas están condicionadas por el hecho de la vida conjunta de las personas. Una actividad individual es llevada a cabo por un animal laborans. Sin embargo, también es político, desde la perspectiva griega de que esa cualidad hace diferentes a los seres humanos de otras especies, aunque históricamente también se les ha asignado la cualidad de la sociabilidad. La cualidad del político es su labor de consentimiento y de persuasión por lo que va más allá de la convivencia social, sino el arte de la relación con los demás. 

De esta manera, Arendt nos describe las formas en que se va construyendo la politicidad del ser humano, en un sentido de interacción en un terreno que es público, muy diferente a la simple convivencia social, sino en una arena en la que se toman decisiones, se ejerce el poder, de múltiples maneras, se buscan consensos y se determinan los devenires de muchas personas. 

Sin embargo, a lo largo de su obra, advierte que esta politicidad puede acarrear ciertas problemáticas, pues en su análisis sobre la emergencia del totalitarismo, plantea algunas de las diferentes maneras en que se ha conceptualizado, o más bien, comprendido al poder. 

Una a partir de la noción decimonónica del imperialismo, comprendida como esas aras de amplia posesión y un beneficio económico, en la que el poder se obtenía por medio de la violencia, convirtiéndose en muchas ocasiones en gobierno, sumando poder a niveles inusitados. Por lo tanto, desde esta visión, el poder representa acumulación, sin que necesariamente sea útil para quienes requieren de él. 

Desde esta perspectiva, el poder es violencia, e incluso destrucción e imposición, pues no se pretende crear un cuerpo político en torno a él, sino que sólo se privilegia el beneficio económico, por lo que la exportación de poder del centro hacia la periferia sólo tiene la finalidad de garantizar la parte acumulativa de capital.

A propósito del cincuentenario de su aniversario luctuoso, se han publicado algunos libros sobre su vida y su obra, y la complejidad de estas, como “Hannah Arendt” (Anagrama, 2025), biografía intelectual escrita por Thomas Meyer, quien ha tenido acceso a documentación hasta ahora desconocida que permite explorar nuevos ángulos, con especial atención a dos momentos cruciales de la vida de Arendt: su estancia en París tras su huida de Alemania y sus primeros años en Estados Unidos.

Y, “Una herencia sin testamento” (Herder, 2025), de Fina Birulés, un ensayo que indaga en los ejercicios de pensamiento de Arendt, que son la muestra de una obstinada y lúcida búsqueda de las formas de pensar y organizar la política que necesita nuestra época, una vez que el hilo de la tradición se ha roto de modo irreversible. Su legado se nos presenta aquí sin manual de instrucciones, como una herencia sin testamento.

Sin olvidar la película homónima, dirigida por Margaret von Trotta, y estelarizada por Bárbara Sukowa, en la que también se retoman algunos pasajes de su vida, con énfasis en su viaje a Jerusalén para dar cobertura al juicios de Adolf Eichmann y la polémica tras la publicación del suceso en su libro “La banalidad del mal”, en que aseguró, que el actuar del líder nazi respondió a todo un sistema enfocado al exterminio de la diferencia, y el sólo era parte de ese engranaje. 

A cinco décadas de su partida, las reflexiones de Arendt son urgentes y necesarias ante el inminente avance de esas conductas totalitarias, a las que ella dedicó muchas páginas de su obra, que son insistentes en la liquidación de un pueblo, el palestino, como parte de una estrategia del gobierno israelí para hacerse de sus tierras, dejando a un lado la cultura, la historia y tradición, a la sombra de un exterminio, o dan pie al surgimiento de gobiernos contrarios a la diversidad cultural, sexual y de cualquier otro tipo de diferencia.

Ella advertía que los prejuicios, justamente están en esa categoría, porque no derivan de una argumentación racional sino, más bien, en supuestos no comprobables y en ideas preconcebidas, sin que tengan un argumento fiable de respaldo. Siendo esa la razón por la que estos representan un peligro, pues replican ciertos pensamientos insertados en los imaginarios colectivos, sin que forzosamente sean verdaderos o reales.

De ahí la necesidad de analizar las formas en que se construyen los argumentos en contra de las y los migrantes, de las poblaciones LGBTIQ+, de las mujeres, de los pueblos originarios, de las personas afrodescendientes, y de todo aquello, considerado como un riesgo en contra de la estabilidad social, cuando, en realidad, esta se tambalea y se polariza como consecuencia de la información sesgada y prejuiciosa. 

Leonardo Bastida

@leonardobastida