El 11.5% de la población en Gaza murió o fue herida en los aproximadamente dos años de guerra; son 70,373 muertos (3.4%) y 171,079 (8.1%) heridos. Para perspectiva: en 14 años de guerra civil siria murió menos del 3% de su población, que es mayor.
En mexicano: en las últimas cifras, el INEGI contabilizó 25.6 homicidios por cada 100 mil habitantes. Usando la misma métrica, en Gaza hubo 3,351 (se vale argumentar que los muertos de Gaza no son homicidios). El término más diluido para calificarlo es “desastre humanitario”, aunque el Comité de la ONU que estudia las prácticas israelíes en Palestina ha reconocido oficialmente que lo sucedido en Gaza es consistente con un genocidio.
El conflicto no es milenario ni viene desde Isaac e Ismael, aunque los radicales religiosos se empeñen en explicarlo así. Tiene que ver con procesos europeos y de Medio Oriente: persecuciones de judíos en el Este de Europa, congresos sionistas, desintegración del Imperio otomano, creación de identidades nacionales en Medio Oriente y, por supuesto, trazo de fronteras artificiales. Todo eso estuvo en ebullición durante el mandato británico sobre Palestina, se volatilizó con el Holocausto, y estalló en 1948 con la Independencia de Israel, justo cuando comenzaba la Guerra Fría.
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La esperanza de Paz llegó luego de la caída del Muro de Berlín, después de la etapa de guerras árabes israelíes y del período de terrorismo palestino. La firma de los Acuerdos de Oslo (1993) preveía un proceso paso a paso que empezó con autonomía en la Ribera Occidental y Gaza, y que terminaría en un acuerdo final con definición de fronteras. Incluso Jordania, que no estaba contemplado en la negociación, firmó la paz con Israel en 1994. El proceso en Palestina avanzó hasta firmar Oslo II (1995), que preveía, entre otras cosas, el retiro de fuerzas israelíes de algunas partes de la Ribera Occidental y elecciones palestinas.
Pero Oslo II fue muy controversial dentro de Israel y desató protestas en contra de la iniciativa de paz, Netanyahu fue y es uno de los principales detractores. El proceso se fue al traste cuando Yitzhak Rabin, el Primer Ministro que empujó Oslo II, fue asesinado por un terrorista judío en 1995.
Después de eso, todas las iniciativas internacionales fracasaron: El Protocolo de Hebrón (1997), el Memorándum de Wye (1998), las negociaciones de Sharm el Sheikh (1999), Camp David (2000), la Iniciativa Árabe de Paz (2002), la Iniciativa del Cuarteto (2003); Annapolis (2007); la mediación de la administración Obama (2010); El “Trato del Siglo” (2020) y el Plan de Paz para Gaza (2025).
Ahora la apuesta son los Acuerdos de Abraham. La esperanza es que Arabia Saudita normalice relaciones con Israel y que en ese proceso se negocie un acuerdo para Palestina. La idea no es nueva: dos semanas antes de los atentados de octubre de 2023, Netanyahu había anunciado en la Asamblea General que estaba a punto de firmar la Paz con Arabia Saudita. Cuando la guerra en Gaza comenzó, varios analistas citaron entre las causas el intento de Hamás de descarrilar las negociaciones entre Riyad y Tel Aviv. Se decía que Hamás no quería esa Paz debido a que en una negociación así, ganaría más la Autoridad Palestina porque su postura sobre Israel es moderada y la de Hamas es radical.
¿Por qué Arabia Saudita habría de negociar algo para Palestina, si lo que estaba en juego era su relación con Israel? Según el Arab Center Washington DC, en su encuesta del año anterior a la guerra, el 69% de los saudíes considera que la causa palestina concierne a todos los árabes y sólo el 5% estaba a favor de regularizar relaciones con Israel. En argot internacionalista: es un fenómeno interméstico. Si el gobierno de Arabia Saudita decidiera en lo internacional normalizar su relación con Israel, algo inmensamente impopular, tendría que vender al interior algo significativamente popular: un triunfo en Palestina.
Sumémosle que la negociación no es estrictamente bilateral. Estados Unidos es el facilitador de los Acuerdos de Abraham, pero para hacerlo “fácil”, tendría que darle seguridades nucleares a Arabia Saudita, porque sus dos principales competidores en la región son Israel, que ya tiene bombas atómicas; e Irán, que las está buscando. Está difícil.
En Gaza no hay paz, lo que hay es la pausa del cese al fuego. Probablemente el asunto pasará al segundo plano de la agenda global y de los medios conforme nuevos eventos capten la atención internacional; así pasó con la Primavera Árabe, el Estado Islámico, y con la guerra en Ucrania. Estará en segundo plano hasta la nueva escalada, cuando las imágenes nos recuerden la tragedia. Eso se puede esperar para 2026.
* Enrique Paredes Frías
Diplomático de carrera y experto en Medio Oriente. Se especializó en la región cuando fue destinado en Líbano (2012-2015) y profundizó sus estudios sobre el mundo islámico en Marruecos (2015-2019), donde estuvo en misión.
Doctor en Paz, Conflictos y Democracia por la Universidad de Granada, su tesis doctoral es sobre Medio Oriente. Ha publicado en revistas arbitradas como Foro Internacional del Colegio de México (COLMEX) y la Revista de Relaciones Internacionales, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en donde es profesor de Oriente Medio.
