— Hay un fantasma en mi casa
— ¿A qué se parece?
— A mí
En la película “Lo que la verdad esconde” de Robert Zemeckis
A veces nos tropezamos con términos difíciles de traducir y que terminan deslizándose a nuestra lengua tal y como surgen en la cultura de su origen. “gaslighting”, por ejemplo. En 1938 se estrenó en Broadway la obra de teatro “gaslight” (“Luz de gas”) del dramaturgo británico Patrick Hamilton. La historia del encuentro de Gregory y Paula y su matrimonio marcado –desde sus inicios– por el abuso emocional. Con el tiempo, el “gaslight” se convirtió en un verbo. La descripción del abuso emocional (consciente, planificado y paulatino), cuyo principal objetivo es controlar a la otra persona a través de la manipulación y el engaño. ¿Cómo sucede? Confundiendo a la víctima con triquiñuelas, mentiras y dobles mensajes, hasta obligarla a poner en duda su propio vínculo con la realidad.
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Es indispensable, por supuesto, que quien ejerce el control se haya ganado antes la plena confianza de su víctima. La seducción instrumental es la primera etapa del “gaslighting”. En este desgaste cotidiano, la víctima confiará a tal punto en su agresor que terminará dudando de sí misma, desconociéndose; antes de poner en duda las palabras del Otro (“Otro”así, con mayúsculas). Del “querida, creo que estás padeciendo pequeños olvidos” al “estás histérica”, “imaginas cosas”, “te estás volviendo loca”. El agresor la va aislando, sugiriendo al entorno que su “esposa tan amada” tiene serios problemas de salud y es incapaz de controlarse. A la obra de teatro siguió la excelente película de George Cukor interpretada por Ingrid Bergman y Charles Boyer, con el título traducido al castellano como “La luz que agoniza”.
La luz de las casas y las calles funcionaba con gas. Gregory, entre sus múltiples estrategias para fragilizar a Paula y reducirla a ser el fantasma de sí misma, aumentaba y disminuía la intensidad del gas en la casa para reducir a Paula a la penumbra, a la oscuridad. La luz que se ausenta es la metáfora de esa personalidad que poco a poco, comienza a desvanecerse. Quien ejerce el “gaslighting” está emocionalmente a miles de kilómetros de su víctima. No es una persona para él, es una presa. Y la está cazando. Arrinconando. Las palabras (contradictorias, engañosas), son un instrumento de poder. No una manera de crear un vínculo íntimo, sino el arma para la destrucción. Paula se va enajenando en las palabras. Ya no se reconoce. Ya no sabe quién es. La cotidianidad es un equívoco continuo.
Como si una consciencia se apoderara de la otra, hasta anularla. Quien lo haya vivido sabe que de allí se emerge como de un túnel confuso y oscuro. ¿Cómo distinguir lo que es falso de lo que es verdadero? Un perverso narcisista y su víctima. Tras la seducción: el aniquilamiento. La desigualdad total. Una persona entregó su confianza (casi ciega) a esa otra persona con quien decide hacer una vida. Los climas emocionales no podrían ser más remotos: ella lo ama ardientemente; él la mira amarlo desde un témpano de hielo. Ella cree en sus palabras; él las planea con detalle para confundirla. Ella está convencida de una vida en común. Íntima y leal. Él es un depredador que tiene el poder, porque su capacidad de amor y de empatía no existen. En los círculos oscuros, quien no empatiza, gana. Tiene el poder. La otra persona no puede ni siquiera concebir que ese grado de frialdad exista.
El grado de crueldades es atroz, dado que no hay “gaslighting” posible sin que la otra persona otorgue su confianza. El perverso sabe elegir. Desdeña esa confianza y la traiciona. La produce para traicionarla. En eso consiste lo que considera su “superioridad”: en su imposibilidad de aprehender a su víctima como persona. En su imposibilidad de amar. Un escenario de valores trastocados: el triunfo de lo siniestro. La maldad que –para el victimario– no puede ser sino virtud. Pedir ayuda. Salir de allí. Salir corriendo. Recuperarse. Dejar de ser el “fantasma” de una misma. Toma tanto tiempo. Regresar a una misma –cuando ya se puede– vale la pena.
