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¿De qué nos sirve ser tan listos? • Manuel Martín-Loeches

Descubre cómo piensa y se emociona nuestro cerebro.

Escrito en OPINIÓN el

La evolución ha moldeado nuestra mente hasta que ha llegado a ser una de las más poderosas del planeta. Sin embargo, nuestra inteligencia tiene  muchos recovecos, consecuencias, anomalías y extravagancias. Desde hace tiempo sabemos que, lejos de estar basadas en el cálculo matemático, las decisiones que tomamos están al servicio de las emociones. Quizá sea esta la razón de que seamos mucho menos listos de lo que nos creemos.

¿Qué es la inteligencia humana? ¿Realmente somos más listos que todos los otros Homo de nuestro género? ¿Qué factores impiden que no siempre alcancemos todo nuestro potencial? Abordando temas muy diversos que van desde las enfermedades mentales, el porqué de las adicciones y los errores de sesgo hasta el relato sobre la muerte y los progresos de la inteligencia artificial en el conocimiento del cerebro, el experto en neurociencia Manuel Martín-Loeches nos muestra, a partir de los avances más punteros, cómo pensamos, somos y sentimos los seres humanos, la especie más impredecible de la Tierra.

Un revelador viaje por el cerebro, el pensamiento y las emociones de la mano de uno de los grandes divulgadores de neurociencia.

Fragmento del libro de Manuel Martín-Loeches¿De qué nos sirve ser tan listos?”, publicado por Planeta, ©? 2023, Manuel Martín-Loeches. ©? 2024. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Manuel Martín-Loeches (Alcalá de Henares, 1964) es catedrático de Psicobiología en la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Psicobiología por dicha universidad. Sus líneas de investigación siempre han girado en torno al cerebro y la cognición humana. Realizó una estancia posdoctoral en la Universidad de Konstanz (Alemania) y en la Universidad Humboldt de Berlín, y posteriormente en el Welcome Laboratory of Neurobiology del University College de Londres, entre otras. 

¿De qué nos sirve ser tan listos? | Manuel Martín-Loeches

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¿REALMENTE SOMOS TAN LISTOS?

¿QUÉ ES LA INTELIGENCIA HUMANA?

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ÚNICOS EN NUESTRO GÉNERO

Los humanos siempre nos hemos sabido distintos, desde la noche de los tiempos, desde más allá de lo que abarca la memoria de nuestra especie. Sobresalimos de las demás criaturas, somos únicos: nuestra mente las contiene a todas y las nombra. Y cuando la ciencia nos puso nombre, escogió precisamente nuestra característica más singular. Fue Carlos Linneo en 1758. Nos llamó Homo sapiens. Pertenecemos al género Homo (hombre en latín) y además somos sapiens: sabios. Sabemos muchísimas cosas porque somos muy inteligentes. Somos singularmente listos. Pero además somos los únicos Homo que quedan en el planeta, nos quedamos solos dentro de este género, lo que es una curiosidad, una rareza dentro del reino animal. No existen más especies que se hayan quedado sin congéneres.

A fin de cuentas, cómo no vamos a ser tan listos. O lo somos demasiado, puesto que hemos acabado con la competencia.

El punto es que sabemos más que ninguna otra especie del planeta, especialmente de un tiempo a la fecha, desde que nos enfrentamos al mundo con actitud científica. Pero puede que en algún momento nuestros conocimientos no fueran muy diferentes de los de otras especies del género Homo con las que compartimos el planeta durante un tiempo. Pensemos, por ejemplo, en los neandertales. A esta especie de primos hermanos nuestros se le llegó a llamar Homo sapiens neanderthalensis, pues se consideró tan parecida a nosotros que podía considerarse una subespecie de la nuestra, incluso uno de nuestros antecesores. Así, nosotros habríamos sido Homo sapiens sapiens: dos veces sabios; es decir, de alguna manera, un tanto más listos que la subespecie de los neandertales. Así parecían indicarlo los primeros datos: habría dos subespecies del Homo sapiens, una más lista y sabia que la otra. Pero con el tiempo se demostró que esto no era concluyente, sino que más bien parecía que, en aquellos primeros tiempos, nuestras mentes y las de los neandertales no eran tan diferentes, es decir, que, a pesar de ser dos especies distintas, nuestra forma de pensar y de ver el mundo era muy similar. Como los lobos y los coyotes, por ejemplo, o los leones y los tigres. Claro que hablar de neandertales supone hacernos varias preguntas de inicio respecto a nuestra singularidad intelectual. El límite difuso entre su mente y la nuestra supone que esta singularidad que tanto nos caracteriza no está tan clara. Cuando éramos muy parecidos, ¿los neandertales y nosotros éramos los más listos del planeta, también respecto a otras especies del género Homo? Y pasado un tiempo, ¿llegó un momento en que nos hicimos más listos que los neandertales y por eso ellos se extinguieron y nosotros ganamos la batalla de la supervivencia?

Paso a paso

La evolución es un proceso generalmente gradual. Pequeñas modificaciones de algo ya existente llevarían poco a poco a nuevos rasgos. Así lo vio el propio Darwin, aunque hoy día no todos los autores estarían de acuerdo, al menos para algunos rasgos. La postura bípeda, por ejemplo, pudo surgir tras una sola mutación genética importante, y lo mismo pudo ocurrir con nuestro lenguaje según algunas propuestas que veremos más adelante. Pero con respecto a la capacidad intelectual de nuestra especie, es muy probable que en efecto se haya seguido un camino gradual.

Cuando una especie desaparece no es fácil determinar la complejidad intelectual de su cerebro, pero podemos encontrar pistas en la industria lítica: en la fabricación de herramientas o utensilios de piedra. Su presencia y su forma de producción son un dato de incalculable valor para estimar los logros cognitivos de una especie. Aquí es importante distinguir entre fabricar y utilizar herramientas. Varios primates, especialmente del grupo de los grandes simios (chimpancé, chimpancé pigmeo, orangután, gorila), utilizan herramientas con cierta frecuencia: piedras para abrir cáscaras de frutos secos o ramitas con las que extraen termitas de sus termiteros. Pero no las fabrican; si acaso, modifican parcialmente un objeto natural, como cuando limpian las ramas con las que cazan termitas. Fabricar herramientas supone un reto mental diferente. Aunque en cautiverio se ha observado que un chimpancé es capaz de fabricar toscas herramientas de piedra para cortar, esto deberíamos considerarlo anecdótico. En otros grupos evolutivos sí se ha observado cierta capacidad para fabricar herramientas, o al menos para hacer modificaciones relativamente complejas y precisas de determinados objetos. Por ejemplo, los cuervos de Nueva Caledonia, en Canadá, que usan el pico y las patas para seleccionar pequeños trozos de alambre y curvarlos, convirtiéndolos en ganchos muy precisos y puntiagudos con los que acceden mejor a sus presas. Son animalillos pequeños, con cerebros diminutos, pero construyeron una herramienta que les facilita la caza, lo que significa que resolvieron un problema con eficacia y, además, que se proyectaron en el futuro. Da en qué pensar.

¿Las otras especies de Homo construían herramientas para resolver problemas? Empecemos muy atrás en nuestra línea evolutiva, por el género de los australopitecinos, que aparecieron en África hace cerca de cuatro millones de años y que eran bastante más similares a cualquier otro primate no humano que a nosotros mismos, tanto en su comportamiento como en su aspecto físico. De hecho, fabricar herramientas no parece estar entre sus más destacadas habilidades, aunque sí pudiera ser el caso de algunos individuos. Pero caminaban erguidos como nosotros, con lo cual tenían las manos libres (ojo a este detalle: volveremos sobre él). Antes de los australopitecinos hubo otros géneros relacionados con nuestra evolución que ya caminaban erguidos, aunque sin capacidad para fabricar herramientas. No obstante, el registro fósil para estos tiempos tan remotos es todavía muy disperso, parcial y escaso, como un gran rompecabezas al que le faltan muchas piezas.

Avancemos en el tiempo. Hace entre 2.3 y 1.6 millones de años deambuló por África el Homo habilis, con un aspecto aún algo simiesco, descendiente de australopitecinos, pero ya perteneciente oficialmente al género humano (aunque haya autores que lo discutan y lo consideren aún australopitecino). Habilis ya fabricaba, de forma regular y frecuente, herramientas líticas, pero de una forma muy rudimentaria, del llamado estilo olduvayense, en el que básicamente se dan golpes a una piedra con el fin de obtener un filo cortante, sin importar mucho la forma global del utensilio. El siguiente en aparecer en esta historia, hace unos 1.9 millones de años, sería el Homo erectus u Homo ergaster (parece que son una especie similar, pero con distintos nombres según su distribución geográfica). El Homo erectus / ergaster, de hecho, se parecía mucho a nosotros, tanto anatómicamente como —casi?— en su comportamiento. Su tecnología lítica demuestra muy buenas capacidades para la talla elaborada y simétrica, así como el uso de un plan premeditado para fabricarla. Este estilo, que se conoce ya como achelense, permaneció en uso durante muchísimos años y a través de diversas especies. Probablemente, a partir de este modelo de especie, una evolución gradual y progresiva fue lo que desembocó en neandertales y sapiens hace alrededor de 300?000 años. Estas últimas especies fueron herederas del estilo achelense, que perfeccionaron y desarrollaron de diferentes maneras.

Este desarrollo fue muy similar en sapiens y neandertales en los primeros tiempos, aunque pronto los de nuestra especie comenzaron a mostrar un florecimiento de tipos de herramientas e incluso el uso cada vez mayor de diversos materiales, como el hueso o las astas de animal, que fue separándonos cada vez más de las típicas obras neandertales. Aunque también es verdad que este florecimiento fue más evidente cuando estos ya se habían extinguido. Visto en perspectiva, y a través del estudio de las herramientas, parece evidente que la inteligencia que nos caracteriza como especie fue obteniéndose poco a poco y a lo largo de cientos de miles de años. Neandertales y sapiens se parecerían al final de este camino, aunque es verdad que acabamos superándolos. Pero esto, ¿fue fruto de unas capacidades cognitivas diferentes o de una acumulación cultural? Para responder a esta pregunta podemos también analizar cómo son los cerebros de cada especie, ya que las capacidades cognitivas o intelectuales dependen en gran parte de su forma y de su tamaño.

No todo es cuestión de tamaño

Enfrentarse al fósil de un cerebro es mirar una carcasa: en el cráneo está la huella de la materia orgánica que compone el cerebro, una materia que no fosiliza. Pero en ese cráneo hay muchas pistas acerca de las capacidades cognitivas de una especie, sobre todo cuando nos centramos en una misma línea evolutiva, sea dentro de un género o de otro grupo biológico. Básicamente nos indica qué tan grande fue ese cerebro y, por lo tanto, cuál era su volumen. Y hay numerosas evidencias que indican que a mayor volumen cerebral, mayor complejidad cognitiva o intelectual en una especie. Algunos autores piensan que el volumen cerebral absoluto, es decir, tal cual, sin consideración de otros factores, es lo realmente importante, mientras que muchos otros insisten en que lo importante es el tamaño relativo. Es decir, en relación con algo, que normalmente es el tamaño del cuerpo. Es como si para controlar un cuerpo de cierto tamaño fuera necesario un cerebro en proporción con dicho tamaño, y si el cerebro sobrepasa el volumen que le corresponde, ese tejido neuronal extra sería la base para unas mejores funciones intelectuales.

Y si decía que la inteligencia de nuestra especie ha aumentado a lo largo del tiempo, tengo que decir también que el tamaño del cerebro en nuestra evolución ha aumentado de manera muy llamativa, tanto de forma absoluta como relativa, especialmente desde el Homo habilis y el Homo ergaster / erectus. Y la razón es sorprendente: parece tener relación con el uso del fuego para cocinar los alimentos. No hay ninguna otra especie animal que someta la comida a procesos de calor. Y resulta que cocinar permite aprovechar mejor las calorías de los alimentos, con lo cual necesitamos dedicarle menos tiempo a la alimentación del que se requeriría para alimentar con comida cruda a cerebros tan grandes como los nuestros.

El punto es que, mientras que los chimpancés poseen cerebros de unos 330 cm3, los australopitecinos los tenían de unos 450: algo es algo. Los primeros miembros de nuestro género (Homo habilis) ya estarían cerca de los 700 cm3 , un gran cerebro para un primate de su tamaño, y con el Homo ergaster / erectus se dio un buen salto hasta los aproximadamente 1?000 cm3. Con el Homo neanderthalensis y el Homo sapiens alcanzamos unos 1?400 cm3 en promedio, con el neandertal superando normal y levemente nuestros valores, aunque la robustez de su cuerpo los igualaría en términos relativos.

El estudio del tamaño cerebral se une por tanto a las evidencias dejadas por las herramientas de piedra que hemos recuperado de nuestros más remotos tiempos pasados para llegar a una misma conclusión: nuestra inteligencia se ha hecho cada vez mayor a lo largo de la evolución, de una manera que no parece repentina, sino más bien paulatina, en pequeños pasos que nos han traído hasta donde estamos. Pero no hemos visto todo.

Además de su tamaño, la forma de organización interna del cerebro podría ser también muy relevante a la hora de determinar sus capacidades intelectuales. Me refiero a la cantidad de neuronas que puede haber en determinados lugares y a la cantidad y calidad de las conexiones entre las distintas partes del cerebro. Por desgracia, no podemos saber cómo eran estas características en especies que ya no existen porque, como ya dije, la materia cerebral no fosiliza. Algunos investigadores restan importancia a esta laguna informativa porque opinan que, siempre que estemos investigando un mismo grupo evolutivo, lo que verdaderamente determina la capacidad intelectual de una especie es el volumen de su cerebro. La idea es que el diseño, la organización interna, es siempre el mismo dentro de ese grupo, siendo las diferencias de tamaño meramente equivalentes a diferencias en la cantidad de neuronas que encontramos en un cerebro, y esto simplemente determinaría diferencias en inteligencia. Nuestro diseño cerebral sería el de un primate, pero con un cerebro muy grande. Otros animales, como los elefantes o las ballenas, tienen cerebros más grandes, pero no tienen el diseño del de un primate, y de ahí la diferencia intelectual. Dentro del grupo de primates, el nuestro es, con diferencia, el cerebro más grande y por tanto también el más inteligente.

No obstante, para otros autores las conexiones y las mayores o menores agrupaciones de neuronas en determinados lugares son tanto o más cruciales que el volumen cerebral. Y creo que tienen razón. Así, por ejemplo, nos encontramos con que, de manera singular, los seres humanos cuentan con un grupo de axones, de conexiones cerebrales entre neuronas, que no encontramos en otros primates, salvo quizá en el chimpancé. Me estoy refiriendo al llamado fascículo fronto-occipital inferior, que conecta los lóbulos occipital y temporal (donde predominantemente se procesa la información visual) con el lóbulo frontal, en sus porciones más anteriores o prefrontales, una región del cerebro que tiene mucho que ver con procesos cognitivos superiores como la atención, el control o la planificación. En los primates donde no se encuentra este fascículo, que son la inmensa mayoría, hay varias conexiones diferentes entre las regiones mencionadas, pero no una que las unifique a todas. Por otra parte, el fascículo arqueado y otras conexiones entre las regiones parietales y las frontales, que se utilizan en nuestro lenguaje, están mucho más desarrollados en el cerebro humano que en cualquier otro primate. Cómo serían estas y otras conexiones en los cerebros de habilis, erectus o neandertales en relación con las nuestras es un terreno desconocido.

Dentro del grupo de autores que piensan que además del volumen hay que tener en cuenta la organización cerebral para entender la capacidad intelectual de una especie, se han querido destacar también algunas diferencias en cuanto a la forma del cerebro. En este sentido, en nuestra línea evolutiva, el resto de los cerebros, sean del tamaño que sean, muestran una forma más alargada y estrecha que la del nuestro, que presenta un aspecto más globular, redondeado, con aumentos especialmente en regiones parietales y temporales. Pero no está tan claro en qué medida este cambio de forma de nuestro cerebro es sinónimo de cambios funcionales u organizativos, o una mera respuesta a la reorganización global de nuestro cráneo como consecuencia de una cara menos pronunciada.

 

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