En las páginas de Ese montón de espejos rotos, publicado por Tusquets, se despliegan las claves para comprender la vida y obra de Gonzalo Celorio, académico, narrador y ensayista mexicano que este jueves recibirá el Premio Cervantes de manos de los Reyes de España. Su trayectoria entrelaza literatura, docencia y pensamiento crítico.
Los temas que atraviesan su libro también delinean su historia personal: la relación entre Cuba y México, la influencia de Julio Cortázar, el esfuerzo constante por salir adelante desde una clase media con limitaciones, el teatro barroco y el absurdo, la contracultura, el exilio español en territorio mexicano, así como la amistad y la paternidad.
En un plano más profundo, su obra revela una constante: la transmisión del conocimiento y la fascinación por la belleza, entendidas como una cadena en la que maestros forman alumnos que, con el tiempo, se convierten en nuevos formadores. Esa continuidad define tanto su literatura como su vocación académica.
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Celorio fue parte del movimiento estudiantil de 1968 en México, un episodio que marcaría su generación. Hoy, con el reconocimiento del Cervantes, se consolida como una de las figuras más representativas de las letras en español. “Estoy entusiasmado. Estoy abrumado y agobiado. Quiero disfrutar estos días. Quiero que pasen”, confiesa.
Trayectoria entre la academia, el exilio y la literatura
Desde 2019, Celorio dirige la Academia Mexicana de la Lengua, institución a la que ha dedicado más de 30 años. Su semana previa al Cervantes inició con encuentros con la prensa en el Museo Nacional Reina Sofía, donde también recordó a Beatriz de Moura, su editora en España, recientemente fallecida.
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El autor rememora su primer viaje a España en 1978, cuando tenía 30 años y comenzaba a impartir un curso de Historia de la Cultura Hispánica. Recorrió espacios cercanos al Camino de Santiago, descubrió el arte románico y pasó por Asturias y Sevilla, en una experiencia que describe como profundamente significativa.
Su vínculo con España está marcado por el exilio republicano, que influyó en su formación intelectual. Aunque su familia no fue exiliada, su entorno estuvo rodeado de figuras que sí lo fueron, lo que permeó su visión cultural. Incluso su paso por el Colegio de México se conecta con esta herencia, ya que la institución fue creada para acoger a intelectuales exiliados.
El barroco, América y la identidad cultural
Celorio ha centrado gran parte de su trabajo en el barroco, un movimiento que, a su juicio, adquirió en América una identidad propia. Explica que mientras en España fue desplazado con la llegada de los Borbones y el auge del neoclasicismo, en el continente americano encontró una continuidad más fértil.
Para el escritor, el barroco no solo fue un instrumento de la Contrarreforma, sino también una forma de resistencia cultural. Retoma ideas de autores como Lezama Lima, quien lo definió como un arte de la “contraconquista”, capaz de sostener una identidad propia en América Latina.
En ese sentido, Celorio considera inseparables la cultura mexicana y la hispánica. Recuerda que, tras la independencia política, surgió una intención de emancipación cultural que incluso llevó a pensar en el español como una lengua ajena. Sin embargo, hoy sostiene que esa visión es insostenible, pues el idioma es parte fundamental de la construcción histórica de las naciones americanas.
El español: unidad, historia y forma de entender el mundo
El autor destaca la dimensión del español como lengua global. Subraya que es posible recorrer más de 12,000 kilómetros, desde el Río Bravo hasta la Patagonia, atravesando múltiples fronteras sin perder la comprensión del idioma.
A su juicio, esta unidad es un fenómeno excepcional que no ocurrió por casualidad. Durante el siglo XIX, el español pudo fragmentarse en distintas variantes, como sucedió con el latín, pero se mantuvo cohesionado en gran medida gracias al trabajo de las academias lingüísticas.
Más allá de su función comunicativa, Celorio afirma que el español constituye una identidad compartida. “No es solo un mecanismo de comunicación, es una manera de ser y entender el mundo”, sostiene. También enfatiza que, aunque llegó con las expediciones europeas, no fue la lengua de la conquista, sino que se consolidó posteriormente como idioma de las naciones independientes.
1968, memoria generacional y literatura del “yo”
El movimiento estudiantil de 1968 dejó una huella profunda en Celorio. Reconoce que ese momento permitió construir una conciencia crítica en México, pero que la represión y la matanza del 2 de octubre interrumpieron la posibilidad de consolidar una generación.
“Somos una generación rota y reconstruida”, afirma, al recordar cómo muchos de sus contemporáneos se dispersaron y, años después, intentaron reencontrarse.
Sobre su discurso al recibir el Cervantes, adelanta que se centrará en la llamada “literatura del yo”. Aunque tradicionalmente se asocia con la poesía, Celorio reivindica su presencia en el ensayo, la memoria y la crónica. Inspirado en Montaigne, explica que en estos géneros el autor es al mismo tiempo sujeto y objeto de la narración.
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Una postura crítica sobre la historia
En sus recientes declaraciones, el escritor también abordó el debate sobre las solicitudes de disculpas históricas por la conquista.
Considera que este tipo de planteamientos son anacrónicos y responden a una visión idealizada del pasado.
Desde su perspectiva, juzgar acontecimientos históricos con categorías actuales resulta problemático. Además, advierte sobre una tendencia a mirar el mundo prehispánico como una utopía retrospectiva, lo que impide una comprensión más compleja de la historia.
Conclusión
La obra y pensamiento de Gonzalo Celorio reflejan una vida dedicada a la lengua, la enseñanza y la reflexión cultural. Su reconocimiento con el Premio Cervantes no solo celebra su trayectoria, sino también una visión del español como puente entre continentes, memoria histórica y herramienta viva para entender el mundo contemporáneo.
LSHV
