Ciudad Juárez.- El hombre fue soldado, un día, hace 58 años, después de recibir una carta. El tiempo pasó sin ser apacible, ni mesurado, ni indulgente. Cambio tras cambio, derrota y decepción, de lo general a lo personal, Francisco aprendió que esperar no es una circunstancia pasiva.
La espera, la esperanza de un retorno complicado y de una pensión lenta envuelta en trámites largos como para no llegar; las raíces, echadas y arrancadas una y otra vez; el abandono, la ley y la frontera, con su muro, su río y su desierto, trabado en una ciudad desconocida, lo llevaron a pensar si en realidad la vida es una cosa que vale la pena experimentar.
La expulsión de un país que creyó suyo y el sentimiento, después claro, de pelear una guerra que no le correspondía; el engaño montado en solemne ceremonia con la mano alzada hacia una bandera ajena; la promesa incumplida de una ciudadanía que no le dieron a pesar de que juró proteger a la nación y cumplió; fue una derrota dura. Vietnam le cambió la vida.
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Vietnam cambió la vida y el ánimo de una sociedad acostumbrada a la victoria, a las películas de héroes, a los ideales de nacionalismo y libertad. La sensación de derrota tuvo entonces un nombre, un nuevo enemigo de los Estados Unidos debía tener una etiqueta y una identificación, Francisco López Moreno fue testigo en primera fila de lo que se llamó el Síndrome de Vietnam.
Una sociedad entera se sintió derrotada e impotente. Los militares trasladaron de regreso una culpa cercana con la que aprendieron o intentaron convivir. Entonces llegaron a la vida de Francisco, igual que avanza el tiempo, de manera natural, sin reparos ni disculpas: las noches de insomnio, cuando no, las pesadillas, los recuerdos, imágenes como alfileres, el llanto salido de quién sabe qué escondite sumergido bajo una sonrisa falsa, la ansiedad y una tristeza inexplicable que, supo después, era depresión. Luego la reacción correspondiente, sin sorpresas ni complicaciones, las drogas y el alcohol, anestesia eficaz e indispensable antídoto contra las emociones no deseadas y derrotas asimiladas a fuerza de líneas de cocaína.
Y tal vez, éste tan incierto como cualquier adverbio de duda, tal vez si Francisco hubiera abierto los ojos, la primera vez en este mundo, en el país que creyó suyo y del que se sintió parte tan importante como para tomar un arma, atravesar un océano y estar dispuesto a morir en un lugar ajeno, tal vez si hubiera nacido ahí, el trauma de la guerra, la derrota y sus consecuencias emocionales, sería el único problema macro que tendría, el único ante el que no podría hacer algo en un sentido pragmático como ir a ganar una guerra o evitarla para evadir secuelas. Sería la única experiencia palpable que el sistema le habría dejado como lección para entender que en esos asuntos un individuo cambia nada. Pero Francisco estaba apenas en la boca de un remolino dispuesto a sumergirlo.
Los recuerdos de juventud para Francisco tienen la claridad de un cuarto en penumbras iluminado por una vela. No sabe la fecha exacta en que empezó a servir en el Ejército norteamericano ni el lugar del juramento, recuerda la mano alzada y la bandera y un número: 1967, nada más. Recuerda que no sabía hablar inglés. Tenía 22 años. A sus ochenta, 58 años después, las cosas han cambiado tanto que, de la tarde del juramento a hoy, necesita mezclar los idiomas en sus oraciones porque no le alcanza ninguno, o porque el suyo es el idioma de quienes nacieron con el arraigo ambivalente de la frontera, de los que allá son mexicanos y acá son estadounidenses, los que son de otro tipo, como si no existieran muros, ni fronteras, ni idioma ortodoxo, una estirpe que ha andado lo mismo por allá que por acá de manera natural. De los que son ellos mismos sin considerarse completamente de un lado, sino del centro, de los dos. Aquellos para quienes esta frontera es el sur que para otros es el norte.
Después de pasar un año en Louisiana, de entrenar y prepararse, Francisco partió a Vietnam en 1968. Llegó a una base militar de aviones y helicópteros. Su trabajo era resguardar el lugar y en caso de que derrumbaran una aeronave cerca, salir a rescatar a los pilotos. Vigilar de noche y dormir de día.
Hablar es duro para Francisco, cuando habla, busca la manera más rápida de terminar. No le gusta detenerse demasiado en los detalles, los pasa como si corriera sobre brasas ardiendo o como se palpa una herida abierta. Francisco, a pesar de su edad, de la experiencia que sólo pueden dar los años, no ha cicatrizado los recuerdos. Por eso habla como si llevara prisa.
Sin embargo, algo queda claro en el recorrido veloz de la experiencia de vivir una guerra. Hace tiempo que se fueron las pesadillas que en realidad eran recuerdos claros reproducidos cruelmente en sueños como una película infinita y redonda. La guerra es cruel y los hombres a veces dejan de ser hombres para ser soldados, dice.
“Cambió mi vida, totalmente cambió mi vida. Ya no era el mismo, vi muchos horrores allá. Éramos soldados y teníamos controlados los pueblitos de ahí. Teníamos armas y los civiles no. Me tocó ver que los soldados golpeaban a las mujeres, las violaban, violaban niñas y yo no podía hacer nada”, lo dice como hablan los que preferirían quedarse callados.
Francisco entrelaza los dedos de sus manos cuando habla, en la muñeca de su mano derecha lleva una pulsera que le recuerda a cada momento, porque Francisco voltea a ver sus manos juntas y sus muñecas, que 22 veteranos del Ejército de Estados Unidos se suicidan cada día. La pulsera tiene un número gratuito al que Francisco puede llamar si piensa en quitarse la vida, otra vez.
Regresar de una guerra fue un trauma. Luego las drogas. Y después, debido a las drogas, la cárcel. Francisco no es cicatriz, es una herida abierta que no habla, por eso prefiere enterrar en algún lado la cárcel y todo lo referente a ella. Es evidente que estar en una celda es un trauma adicional al de la guerra, como lo es volver a la realidad para intentar reintegrarse al ambiente del que salió. Pero Francisco no volvió a su ambiente, en vez de eso enfrentó la expulsión del país en el que vivió desde los 11 años, por el que peleó y perdió. Francisco, desterrado, fue un soldado sin bandera o con la bandera equivocada.
A los 59 años, en 2004, cruzó de El Paso, Texas, a Ciudad Juárez, Chihuahua y entró en su país de origen, un lugar completamente ajeno y desconocido.
Si los recuerdos de la juventud tienen para Francisco la claridad de un cuarto en penumbras con una vela encendida, la infancia es lo mismo pero con la vela apagada. No recuerda nada y no se esfuerza por hacerlo. “No sé por qué, pero todo lo que me acuerdo es cuando vivía en Estados Unidos”, cuenta. Lo que hay de lo que pudo haber sido es un dato, nada más: nació en Torreón, Coahuila, en 1945.
A pesar de la deportación, Francisco no intentó irse lejos ni volver al lugar en el que nació, en vez de eso decidió quedarse a vivir en una ciudad en la que si uno se para junto al Río Bravo, alcanza a ver los edificios, carreteras y casas de Estados Unidos. Una ciudad que cada 4 de julio se ilumina con los fuegos artificiales que revientan en el cielo por una independencia que no tiene que ver con ella. Donde los precios se piensan en dólares y en pesos. Donde los niños salen disfrazados cada 31 de octubre para pedir halloween y en diciembre escriben una carta a Santa Claus en espera de regalos.
En la ciudad en la que se dice troca, carro, baika, parquear, en lugar de camioneta, automóvil, bicicleta o estacionar; donde las opciones de comida que siempre están a la mano son pizzas, hamburguesas, hot dogs y burritos. La misma ciudad en la que un día un adolescente jugaba a correr de un lado a otro de la frontera sobre el canal que debería llevar un río pero que la mayor parte del año está seco y al que un agente de la Patrulla Fronteriza le disparó a una distancia de 18 metros incrustándole una bala en la cabeza, el adolescente murió y el agente no fue juzgado porque ni la Corte Suprema de Estados Unidos sabe exactamente dónde termina un país e inicia otro.
“La frontera atraviesa el centro del cauce diseñado para contener las aguas del río Bravo, pero que ahora está en gran medida seco”, determinó la Corte en la sentencia Hernandez Et al Vs. Mesa. La línea fronteriza internacional corre por el centro, pero no hay señalamientos que marquen el lugar exacto, quizá entonces Sergio invadió los Estados Unidos, quizá no, se determinó. Desde entonces, en el poniente de la ciudad, bajo un montón de tierra sin lápida, hay un ataúd blanco y una madre que visita seguido la tumba de Sergio Adrián Güereca en un espacio prestado por el gobierno estatal.
La ciudad en la que algunos niños despiertan en las mañanas para cruzar alguno de los puentes internacionales, estudiar en Estados Unidos y regresar para dormir en México.
Esa ciudad eligió Francisco para vivir y, sin sentirse en México ni en Estados Unidos, poco a poco fue haciendo, otra vez, de su casa un hogar.
Pero antes, cuando la casa aún era casa, Francisco supo que murió su madre en Wichita Falls, Texas, y que no podría ir al entierro ni visitar la tumba para dejarle algunas flores. Supo también que vivir en México es duro y que se gana muy poco, que la vida cómoda en el sentido económico se quedó en Texas, al otro lado de la línea fronteriza. Acá tuvo que ponerse a vender en puestos de segunda lo que le mandaba una hermana. Seguir con la reparación de carrocería de autos, que es lo que hacía allá, cuando podía. Incluso juntar botes de aluminio para vender a recicladoras, cuando no había otra cosa. Entonces la distancia, la familia ausente, el recuerdo de cinco hijos que nacieron en otro país, tan cercano y tan distante a la vez, la tumba inalcanzable de su madre, la precariedad y el sentimiento de traición, de engaño, de despojo, lo llevaron dos veces a pensar seriamente en el suicidio como la opción más viable.
Antes de llevar a cabo el suicidio, Francisco adoptó una creencia mexicana y por las noches empezó a rezar pensando en la Virgen de Guadalupe: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”. A ella le pidió serenidad y cambio. Después de la fe, de creer en la imagen de una mujer morena inmaculada e indulgente, llegó la esperanza y las ganas de hacer de su casa un hogar, de echar la última raíz.
La magnitud del orden en la casa de Francisco es tal que da la impresión de que si uno mueve algo de su lugar para dejarlo en otro, se notará enseguida. En el patio hizo un jardín al que dedica horas y bajo unas buganvilias rosas tan grandes que parecen arco, hay un altar a la Virgen de Guadalupe, el cuadro que ahí descansa lo pintó Francisco.
El segundo piso de la casa de Francisco es un refugio. No se ha tenido que usar desde hace algunos años. Pero está en caso de que otro militar deportado, sin familia ni bandera, llegue a éste, su país ajeno.
El jardín con sus bugambilias y su limón, la sala y la cocina con los cuadros que Francisco pinta, el segundo piso con su refugio que tiene nombre: búnker, el frente de su casa con su bandera de Estados Unidos, la pensión que le llega cada mes después que Biden indultara a los veteranos deportados y les restableciera sus derechos, entre ellos volver a Estados Unidos, la Virgen de Guadalupe, pensar que su organización puede evitar el suicidio de un veterano deportado, es para Francisco la esperanza y la espera, no como una acción pasiva, sino lo contrario.
Francisco inició la organización Deported Veterans Support House en Ciudad Juárez en 2017, desde que viajó a Tijuana para conocer a los veteranos deportados que se organizaron allá, ellos le dijeron que había otros en Ciudad Juárez. Cada uno de los que estaban acá pensaba que era el único, hasta que Francisco comenzó a buscarlos.
Iván Ocón estuvo en Irak. Nació en Ciudad Juárez, fue deportado por la misma ciudad en 2018. José Bustillos nació el mismo año que Francisco, 1945, pero en Guadalupe, Valle de Juárez. Entró al Ejército como voluntario como respuesta al asesinato de John F. Kennedy. Estuvo en Vietnam. Tuvo problemas con drogas a la vuelta de la guerra. Fue a la cárcel y después fue deportado. Regresó como ilegal a El Paso, Texas, donde cometió una infracción de tránsito y fue encarcelado y deportado de nuevo. Acá trabajó como mensajero en un albergue que le daba techo y comida y un sueldo de 500 pesos cada semana. Después fue taxista. Ya le llegó su pensión, poco más de mil dólares mensuales con los que puede vivir desahogadamente. Espera ir a reparar la tumba de su padre, un estadounidense que pidió que lo enterraran en Guadalupe, Valle de Juárez, México.
Lorenzo Landeros no sabía que era mexicano hasta que le cobraron en la universidad como extranjero. Entró al Ejército para pagar esa deuda y seguir estudiando. Terminó Psicología. Estuvo en la Guerra del Golfo Pérsico. Tuvo problemas con drogas. Fue encarcelado y después deportado por Ciudad Juárez. Aquí se quedó, a pesar de no conocer a nadie. Consiguió trabajo en un call center. Conoció a una mujer y se casó. Ya le llegó su pensión.
Francisco pasó 20 años fuera de Estados Unidos luego de su deportación a México y, sin embargo, en 2023 se aprobó su solicitud para regresar. Ahora vive unos días en El Paso, Texas y otros en Ciudad Juárez, Chihuahua, a donde regresa para estar en la casa que convirtió en refugio.
Y aunque Francisco pensaba volver por completo a Estados Unidos para estar con su familia en Wichita Falls, Texas. Las amenazas de deportaciones masivas del presidente Donald Trump lo llevaron a decidir quedarse en El Paso, con un pie en Estados Unidos y otro en México, para ayudar a los militares que sean retornados.
“Aquí estoy todavía con las puertas abiertas para los veteranos que deporten porque nunca se sabe cuándo llega uno”, dice frente a la bandera estadounidense que tiene doblada y que se quedará hasta que el último veterano deportado vuelva a Estados Unidos, asegura.
“Ya van más de 100 veteranos que regresan a casa. Yo fui uno de ellos también, gracias a Dios. Pero faltan muchos, servimos a nuestro país en la guerra, dimos nuestra vida, es justo que podamos estar con nuestras familias. Y es muy triste que muchos mueren sin poder regresar”, dice.
En 2023 cuando le dieron la residencia y pudo volver a Estados Unidos Francisco fue invitado a la Casa Blanca, desayunó con el entonces presidente Joe Biden y pudo decirle que regresara a casa a todos los veteranos deportados, “estamos trabajando en eso”, dice que le dijo el presidente, “pero ahora con Trump ya no lo sé”, dice Francisco.
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En un cuarto con seis bancas alrededor de 20 personas velaron a Leopoldo Jáquez el 22 de marzo de 2018 en Ciudad Juárez, su esposa, Juanita, dijo con las palabras rotas que deja el llanto: “Se fue esperando una pensión que nunca llegó. Una infección que inició en su rodilla llegó hasta su corazón y Estados Unidos no le ayudó”.
Leopoldo tenía 67 años, peleó en Vietnam y quedó con daños en ambas rodillas. Hay una manera en la que los veteranos de guerra deportados pueden regresar a Estados Unidos sin tantos trámites: muertos. La ley de Estado Unidos contempla que tienen derecho a un espacio en un campo militar para ser enterrados con honores.
Una bandera de Estados Unidos, el país que lo expulsó y al que no pudo regresar, cubrió el féretro de Leopoldo.
No existe una cifra exacta de veteranos mexicanos deportados de los Estados Unidos, pero se estima que actualmente hay alrededor de 300. En Tijuana hay poco más de 60 y en Ciudad Juárez 20m de acuerdo con la organización Deported Veterans Support House. Casi todos expulsados después de que en la década de los 90 se endurecieron las leyes migratorias. La mayoría estuvieron involucrados en problemas relacionados con drogas.
Pero la cuenta de veteranos mexicanos deportados se estima que puede alcanzar los miles en los últimos 30 años. Actualmente hay alrededor de 115 mil veteranos extranjeros en Estados Unidos que no cuentan con residencia legal, de acuerdo con el propio Congreso estadounidense. Estados Unidos, que abre distintos frentes militares al interior y al exterior de su país se sirve en su Ejército de extranjeros a los que promete una ciudadanía. Simplemente este año, un operativo militar extrajo detenido desde Venezuela a su presidente, Nicolás Maduro. Inició una guerra en conjunto con Israel contra Irán y mantiene un cerco comercial a Cuba que ha endurecido hasta llevarlo casi al colapso.
“Soy devoto de la Virgen de Guadalupe, en mis momentos más amargos me acuerdo de ella, le pido a ella. Aquí me sentía solo y le pedía a ella que me cuidara y para salir adelante y yo creo que sí me escuchó. Ya aquí tengo mi casita, ya para lo que falta aquí me quiero morir”, dice Francisco, el soldado con dos banderas.
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