JULIO SCHERER

El equipo

La Silla Rota presenta íntegro el capítulo 14 del libro "Ni venganza ni perdón", escrito por Julio Scherer, quien fue consejero jurídico de la Presidencia en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador

Libro 'Ni venganza ni perdón', escrito por Julio Scherer.
Libro "Ni venganza ni perdón", escrito por Julio Scherer.Créditos: Cuartoscuro/Especial
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El texto se refiere a la manera en que se eligió a los integrantes de esa administración y los motivos para designarlos:

López Obrador tenía claridad, desde mucho antes de ganar las elecciones, sobre el equipo que quería al asumir el gobierno. En una entrevista con Joaquín López-Dóriga, el primero de febrero de 2006, habló de quiénes integrarían su equipo si ganaba las elecciones de ese año. Entre los nombres que mencionó estaba Juan Ramón de la Fuente, a quien esperaba tener en Gobernación. También habló de Rogelio Ramírez de la O, entonces un analista financiero reconocido dentro y fuera del país, aunque nunca había tenido responsabilidades importantes en el sector financiero público. Y mencionó a José María Pérez Gay como posible opción para la cancillería. Pérez Gay era un hombre con experiencia diplomática, mucho más reconocido por su trabajo en medios intelectuales, pero falleció poco después, de forma prematura. Sin duda, habría formado parte de su equipo más cercano.

Así comenzó a trabajar el equipo. Yo le presentaba, junto con un grupo de colaboradores, lo que pensaba que debían ser las reformas, y Andrés era quien, básicamente, las aprobaba. En el grupo de trabajo había mucha gente. Estaba quien sería secretario de Hacienda, Carlos Urzúa; también Octavio Romero, que iría a Petróleos Mexicanos, aunque participaba poco en las reuniones porque estaba encerrado en otra oficina, analizando lo que era Petróleos Mexicanos, la complejidad que significaba, junto con Marcos. Ya estaba Claudia Sheinbaum empezando a diseñar su equipo de Gobierno en la Ciudad de México y analizando cuáles serían los asuntos y programas prioritarios. Nosotros teníamos muchísimo trabajo. Consultaba mucho mis temas con Alfonso Romo, porque él era el encargado de ir concentrando la información para estructurarla y compaginarla con el resto del Gobierno.

También estaba Víctor Villalobos, en Agricultura, que tenía muy claro lo que debía hacer. Fue mi consuegro, un hombre muy eficaz, que al final del gobierno tuvo diferencias con Andrés Manuel porque en temas sustantivos como el de la sanidad animal, Andrés decía que eso no se necesitaba, que solo era un gastadero de dinero. Víctor, en cambio, argumentaba siempre que sin sanidad nos bloquearían la frontera con Estados Unidos y que se necesitaba una cultura de sanidad animal para que no tuviéramos ninguna bronca con las vacas importadas y la carne exportada. Y eso fue, finalmente, lo que sucedió.

¿Por qué Olga Sánchez Cordero en Gobernación?

No parecía tener ese perfil. Porque Andrés decidió que tenía que ser una mujer. Creía que valía la pena que una mujer estuviera al frente de Gobernación para cambiarle completamente el perfil a esa dependencia. Quería que Gobernación fuera diferente a lo que había venido siendo. Olga Sánchez cumplía con el perfil de una mujer supuestamente de avanzada, buena abogada y de una mujer que ya había servido en la Suprema Corte durante muchos años.

Muchos pensaban que Tatiana Clouthier iría a Gobernación. Tatiana se fue a la Cámara de Diputados. Ella decidió no aceptar el cargo. Andrés Manuel le ofreció ser subsecretaria de Gobernación, pero no quiso. Entonces acompañó a Mario Delgado como subcoordinadora en la Cámara. Considero que hizo un buen papel y que hubiera podido desempeñarse sin problema en cualquiera de los dos lugares. Luego decidió regresar a su tierra, Monterrey.

La conformación del equipo tenía un poco de todo; era un equipo paritario. Era la primera vez que un presidente decidía que debía ser así: mitad mujeres, mitad hombres. Andrés nombró a tantas mujeres porque un día, cuando estaba en el Gobierno de la ciudad, le pidieron que ayudara a mejorar los edificios construidos por el propio Gobierno, que se encontraban en muy malas condiciones. Andrés contaba que había ido a ver los edificios y dijo que había que formar un comité integrado solo por mujeres de cada edificio. «A ese comité —decía— le voy a dar el dinero. Cada edificio tendrá la misma cantidad, de acuerdo con el número de pisos que tenga, y con ese dinero deberán arreglarlo».

Alguien le preguntó: «Licenciado, ¿en el comité por qué va a haber puras mujeres? Hay hombres que son ingenieros, que son arquitectos y eso puede funcionar». «Eso no importa —les dijo en broma—, lo importante es que sean mujeres porque las mujeres no se ponen de acuerdo ni para robar».

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Lo cierto es que Andrés decía que ponía más mujeres porque las mujeres eran más honradas, más trabajadoras y que por eso le daban más confianza. Nombró al hijo de Lorenzo Meyer, Román Meyer Falcón, como secretario de la Sedatu. Costó mucho trabajo encontrar a un director del Infonavit, porque esa posición se disputaba entre el secretario de Hacienda, el de Sedatu y el propio Alfonso Romo. Todos querían colocar a alguien allí. Finalmente, pusieron a una persona que Romo trajo de su despacho, Carlos Martínez, quien —entiendo— hizo buenas migas con Meyer.

En el Seguro Social nombró a Germán Martínez, a quien había considerado originalmente para ser fiscal. Él quería ese puesto, pero no fue incluido en la terna, así que Andrés le ofreció dirigir el imss, una posición muy importante. Germán aceptó muy contento dirigir el imss.

En la Comisión Federal de Electricidad dijo que iba a nombrar a Manuel Bartlett. Todo parecía normal, salvo por esa designación. Bartlett había sido secretario de Gobernación, gobernador de Puebla y antes director de Investigaciones Políticas. Y ahora lo iba a colocar al frente de la Comisión Federal de Electricidad, un puesto totalmente técnico. La verdad es que llamaba mucho la atención. Muchísimo.

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Todos nos preguntábamos qué iba a hacer el licenciado Bartlett. Recuerdo que, durante la transición, Andrés Manuel me pidió que viera un asunto legal con él. Lo invité a mi oficina porque el asunto que se estaba planteando era un problema que había con una empresa que, por alguna razón, siendo responsabilidad del Gobierno, no había podido construir una nueva etapa de Chicoasén.

Existía un arbitraje que la empresa iba a ganar, y eso le iba a costar al Gobierno 300 millones de dólares. Andrés me pidió que viera a Bartlett, para resolver el problema. No se podía construir la planta, básicamente, porque la gente en Chiapas no permitía que la empresa volviera a entrar allá. Le dije a Bartlett que de lo que se trataba era que esa empresa pudiera entrar, trabajar, y que con eso arreglábamos el asunto. Me contestó que no, que de ninguna manera, que no quería a los particulares. «Bueno, don Manuel —le dije—, pero necesitamos a los particulares». «No —reiteró—, usted no ha entendido el asunto: los particulares vienen arropados por los norteamericanos y los norteamericanos no solo quieren la energía de México, quieren primero tomar México y luego Centroamérica y luego más. No se puede».

Yo le repliqué: «Licenciado, se me hace que esto está muy lejos de lo que usted está viendo ahorita. El problema que estamos tratando de solucionar es un problema concreto». «No —se sostuvo—, aquí la electricidad va a ser asunto de seguridad nacional y no va a entrar nadie más que nosotros».

«Está bien». Le platiqué al presidente electo que eso me había dicho Bartlett y me dijo: «Déjalo». Y lo dejé. Finalmente, en el arbitraje perdimos los 300 millones de dólares que tuvo que pagar el Gobierno y, además, se perdieron muchas inversiones. No hubo nueva inversión en electricidad durante todo el gobierno de López Obrador, y todo por elegir a una persona que desconocía el sector, que no sabía lo que implicaba una empresa de ese tamaño, que ignoraba lo que se tenía que hacer. México no avanzó en términos de nueva generación, salvo lo poco que podía hacer el Gobierno. Pero no se avanzó nada en líneas de transmisión.

¿Qué es el cuello de botella que tiene la energía hasta el día de hoy?

La lógica era que, si tienes un periférico en el que todos los coches quieren subir, pero tú determinas quién sube y quién no, porque la transmisión es un monopolio gubernamental —así lo marca la Constitución—, es absurdo que discutas quién pone plantas o quién no.

Si tú decides a quién subes, a quién no, cómo lo subes y qué tarifa le cobras por estar en el periférico, ¿qué necesidad tienes de pelear y frenar las inversiones? Era una necesidad apremiante, y yo diría que fue una necedad del licenciado Bartlett impedirlo.

Era una posición ideológica y no técnica.

Totalmente. Pero eso le generó al presidente, primero, y después a la presidenta de la República, los problemas que enfrentamos hoy por la falta de electricidad. Aunque también hay que decir, en abono de Andrés Manuel que, en muchos casos, cuando había una opinión que él consideraba conveniente, apoyaba a sus funcionarios. Podía estar muy equivocado, como en el caso de Bartlett, pero también es cierto que les respetaba su espacio.

En realidad, ya estábamos completos y compartíamos todo: proyectos, cómo iba a ser la nueva Ley de la Administración Pública Federal, porque todos me tenían que pasar sus necesidades para poder acomodarlas en la nueva ley. Andrés Manuel decidió que redujéramos el número de subsecretarios y que algunas secretarías se quedaran con solo uno: el secretario, un subsecretario y luego los directores generales. Así, la administración quedaba descompensada, pero cada presidente tiene derecho a organizar su gobierno como lo decida.

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Fue entonces cuando se resolvió no hacer el aeropuerto de Texcoco. Se realizó una consulta de menos de una semana, en la que votaron 700000 personas por el no, y con esas personas se acabó el aeropuerto de Texcoco.

Otra decisión más ideológica que técnica.

Era una decisión que ya había tomado desde mucho tiempo atrás, solo que la gente no sabía que cuando dice una cosa, la cumple. Si dice algo ya no lo va a cambiar. La gente piensa que van a convencer a Andrés Manuel, como pensó el secretario de Comunicaciones, Javier Jiménez Espriú, como pensó Alfonso Romo, como pensaron muchos, que, conociendo la magnitud del aeropuerto, lo iban a poder convencer tranquilamente.

Andrés Manuel tenía la convicción desde el principio de que ese aeropuerto había que quitarlo porque era un foco de corrupción y que había que hacer el nuevo aeropuerto donde él había querido desde que era candidato en el 2006. Trabajábamos a gusto porque entre nosotros había mucha camaradería; la comunicación en el equipo era fácil y pocos teníamos segundos a bordo. Las reuniones eran entre nosotros, y ese fue un periodo de transición que transcurrió en relativa armonía. Hay que decir que Andrés Manuel, desde sus inicios, empezó prácticamente gobernando, porque comenzó a tomar decisiones de Gobierno desde el momento en que ganó la elección.

Y, además, Peña Nieto le concedió ese espacio: no se confrontó en absoluto, le dio todo el espacio durante esos seis meses.

Peña Nieto se borró, desapareció, y Andrés Manuel ocupó todo el espacio. La gente estaba contenta con los planteamientos, lo que hacía y decía.

El presidente había tomado la decisión de que el Ejército regresara a los cuarteles, pero cuando vio la situación que teníamos, decidió que debía hacerse cargo de la seguridad pública. Cuando se dice que Andrés Manuel es inflexible, la gente no sabe lo que dice. Andrés Manuel sí cambia, pero tiene que haber una razón para que lo haga. No es un hombre sordo a los planteamientos razonables, aunque hay que presentárselos en el tono que le gusta para tratar los asuntos. Si se le expone así, no es tan difícil plantearle algo; escucha y, en los casos en que reconoce que el otro tiene razón, hace caso.

Había muchas personas que tenían un papel relevante: César Yáñez todavía tenía un papel muy importante, el ingeniero Esquer también.

Pero a César Yáñez se le cruza el tema de su boda y eso lo deja prácticamente
fuera de todo.

Andrés Manuel fue a la boda de César Yáñez. No por decisión de César, sino de su esposa, se hizo una boda grande. Hay que considerar que César tenía 20 años metido en una camioneta con Andrés, que difícilmente César hubiera podido organizar la fiesta. César fue un convidado más a su boda, que salió en la revista ¡Hola!, que fue ostentosa, pero César no estaba en eso. Es una persona modesta, muy buena, sencilla, pero iban a hacer la fiesta al gusto de su mujer y la fiesta se hizo lo mejor que se pudo, que la novia se viera lo más guapa que se pudiera y que los invitados salieran lo mejor que pudieran

Andrés Manuel se enojó mucho porque dijo que ese no era el perfil que quería de sus funcionarios públicos, que no podían hacer una celebración tan grande, tan opulenta y contraria a lo que él promovía. Fue una decisión, creo, excesiva y lastimosa, porque si alguien era cercano a él, ese era César.

Eso, además, generó una serie de movimientos. Tú me decías que en algún momento te ofreció ser jefe de Prensa, director de Comunicación, y que quien terminó llegando fue Jesús Ramírez.

Sí. Porque le dije que la única manera en que yo podía aceptar era si me daba un área mucho más amplia que Comunicación, para que esta quedara dentro de mis tareas. Le propuse que me designara coordinador de estrategia, pero no quiso. Me dijo: «No, tú debes ser director de Comunicación y Jesús te va a ayudar». «No —le dije—, peor si es con Jesús. Prefiero no ser director de Comunicación ni muerto. Además, déjame decirte, Andrés, que yo no puedo ser censor, yo no puedo convertirme en Pancho Galindo Ochoa de un día para otro, yo no tengo ese carácter, no, yo respeto a mi papá, sus enseñanzas y su ejemplo, ¿cómo voy a ser yo el censor del Gobierno? No, no y no».

«Ya —me dijo—, te quedas como abogado y voy a poner a Jesús». Un error que creo que continúa hasta el día de hoy porque Jesús hizo mucho daño en el Gobierno.

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Nombró a Javier May secretario de Desarrollo Social, al que le había dicho que iba a ser director de Diconsa. Por otra parte, Andrés Manuel quiere mucho a Rosa Icela Rodríguez y decidió que ella podía ser la subsecretaria, porque tenía toda la experiencia en la Ciudad de México, donde fue secretaría de Desarrollo Social; ella ayudó a construir el programa de los viejitos, se nos olvida esa parte.

Rosa Icela fue muy importante en el D. F. con Andrés, pero Claudia le pidió que le prestara a Rosy y ella se fue a trabajar al Gobierno de la ciudad. Cuando la rescatamos de ahí, porque Andrés Manuel quería tenerla con él, la nombró directora de Puertos y después secretaria de Seguridad Pública. Andrés Manuel decía que Rosa Icela era la persona que mejor conocía la ciudad y que si había que hacer una campaña, la coordinadora siempre debía ser ella. Por eso se la prestó a Claudia.

¿Cómo se toma la decisión de la Fiscalía General de la República?

Lo de la Fiscalía fue siniestro. Yo hice los nombramientos de cada uno de los servidores públicos. Me tocaba la función de elaborar el pergamino del nombramiento, documento indispensable para que el funcionario pueda actuar con poder del presidente de la República.

La noche del 30 de noviembre revisé todos los nombramientos: los ordené, les di una repasada desde el punto de vista legal para verificar que todo estuviera en orden, y me encontré con que el presidente no había nombrado a nadie en la Fiscalía, en la Procuraduría, porque todavía se estaba haciendo el cambio de la pgr a la Fiscalía General de la República, y faltaba pasar todo el procedimiento por el Senado para designar al nuevo fiscal.

Lo que necesitábamos era nombrar un sustituto del subprocurador de Asuntos Internacionales de la Fiscalía, porque ese cargo era el que operaba como fiscal general en tanto se completaba el proceso de transición. Entonces le hablé al presidente, ya de noche, y le dije: «Presidente, con todo respeto, te hablo para decirte que se nos olvidó o se te olvidó más bien, nombrar al fiscal». «Caray, ¿cómo que se me olvidó nombrar al fiscal?».

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«Sí, tienes que nombrar un subprocurador para que opere como fiscal hasta que lo ratifique el Senado». «Bueno, ¿y a quién nombramos?». «Tú dime». Me dijo: «Háblale a Durazo y dile que necesitamos un sustituto temporal, que a quién ponemos. Me hablan ustedes y me proponen a alguien y con mucho gusto lo planteamos».

Le hablé a Durazo, platicamos un rato y le propusimos al presidente que fuera Alejandro Gertz Manero. La verdad, un nombramiento del que la sola propuesta de verdad me avergüenza. Pero el presidente aceptó. Y entonces me dijo que le comunicara yo a Gertz que iba a ser fiscal. Busqué a Gertz, no contestaba, lo busqué en su casa, tampoco. Finalmente, ya tarde me habló por teléfono y recuerdo bien que le dije: «Doctor, le hablo de parte del señor presidente para ofrecerle ser el Subprocurador de Asuntos Internacionales, y de hecho operaría usted la Fiscalía». Me dijo que no. «¿Le digo al presidente que usted no aceptó?». «No —me respondió—, no puedo creer lo que me está diciendo. Toda mi vida he querido ser fiscal y ahora el presidente me lo ofrece cuando yo iba a ser subsecretario de Seguridad con Durazo.

Claro que sí, acepto. ¿Qué tengo que hacer?». «Pues ahorita váyase usted a la Fiscalía General para tomar posesión de la Subprocuraduría. Y luego ya veremos, nos vemos mañana en la toma de posición del presidente».

Así fue nombrado Gertz.

A Luis Mandoki le ofreció ser director de rtc, pero Luis le respondió que era imposible, que él era cineasta. Ana Guevara encajaba naturalmente en la Conade: había sido senadora por Sonora, era líder del PT en ese estado, había estado en el movimiento y parecía muy ad hoc para dirigir el Instituto del Deporte.

Definía muchos puestos en función de la gente que había participado en el movimiento. Era la lógica del 90 y el 10. Así era siempre: «Él o ella nos ha ayudado mucho, participó, trabajó con nosotros, hay que darle la oportunidad». Así los nombraba.

Nombró a Esteban Moctezuma en la SEP.

A Esteban le ofreció ser secretario de Educación con mucha antelación, durante la campaña. Ya sabía que iba para allá y tenía mucho interés en el cargo. El presidente tuvo muchas conversaciones con él sobre qué hacer en materia educativa. Muy pronto, antes incluso de ser presidente electo, le dijo a Esteban que él sería «el bueno».

Moctezuma es muy buen tipo, muy razonable, trabajaba mucho en los diálogos y en las conversaciones con la sección 22 y con todo el snte.

Y la verdad, mucho lo hacíamos juntos, siempre estábamos juntos con los temas de la Coordinadora, porque yo ya había trabajado con la cnte en Oaxaca y en Chiapas. Parte de mis responsabilidades consistía en lidiar con ellos y lo hacía con Esteban, que se ocupaba de la parte del que sabe lo que se tiene que hacer con los maestros y a mí la parte que me tocaba era la legal. Hicimos muy buen trabajo. Hicimos la reforma a la reforma de Peña, en la que el presidente nos modificó muchas cosas.

Por ejemplo, había un instituto que servía para revisar todos los programas de educación, donde estaba un grupo de expertos que analizaba los libros de texto, el material didáctico, etc. Le planteamos al presidente que era muy importante conservarlo. Dijo que no era importante. Optó por otro instituto en donde se puso a gente de educación indígena, de la educación alternativa, a muchos de ellos les decíamos los «puros», que difícilmente eran expertos en educación.

Nos modificó enorme cantidad de cosas. En educación, en salud, donde nombró al doctor Jorge Alcocer, un gran médico, una persona experta, un investigador, creo que inmunólogo. Pero sobre todo porque el doctor Alcocer ayudó mucho a su esposa, a Rocío: era el médico de cabecera de Rocío.

Nombró a Daniel Asaf como jefe de ayudantes. Era una persona que hizo parte de la campaña aquí del presidente en el D. F., y ahí lo ayudó mucho. Es muy cercano a Andrés chico. Nombró a Marath Baruch Bolaños como secretario particular de Ebrard, y luego pasó, sigue hoy, a secretario del Trabajo. También es muy cercano a Andrés chico.

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Designó a Luisa María Alcalde como la primera secretaria del Trabajo y le dio amplio margen de maniobra, a pesar de que existía el problema de que su padre es un abogado laborista muy importante, lo que podía generar conflictos de interés. Pero Andrés Manuel, con pleno conocimiento del trabajo del padre, le otorgó el nombramiento.

Carlos Urzúa fue la decisión para Hacienda.

Lo de Urzúa derivó de la declinación de Santiago Levy. Urzúa ya había trabajado con él; había sido su secretario de Finanzas en la Ciudad de México. También hay que decir que, en ese entonces, le renunció, y quedó Arturo Herrera como secretario de Finanzas. A Arturo lo nombró subsecretario de Hacienda, y también designó a Gerardo Esquivel, con quien pronto tuvo diferencias sobre el presupuesto. Esquivel tomó distancia y terminó yéndose al Banco de México, salida que le ofreció el presidente luego de que la relación entre ambos se volviera prácticamente irreconciliable.

Pero Graciela Márquez, su esposa, fue la secretaria de Economía.

Graciela es muy buena economista; además, es simpática y agradable. Hizo una buena labor, porque había sido investigadora en temas económicos, pero también pertenecía al movimiento.

Las personas que tenían esa doble cualidad ayudaban mucho al presidente, porque funcionaban como pequeños amortiguadores frente a la izquierda rígida, a veces hasta destructiva de las instituciones por desconocimiento
de ellas.

Pero se tomaron, además, otras decisiones también controvertidas: desaparecer el Estado Mayor Presidencial, dejar Los Pinos e irse a vivir a Palacio Nacional. No fue una decisión fácil abandonar Los Pinos para instalarse en Palacio; incluso en términos funcionales, no lo era.

Andrés decía que no podía tener Estado Mayor por una razón: porque el Estado Mayor gobernaba a los presidentes de la República, les decía cómo vestir, cómo dormir, cómo caminar, hacia dónde ir. En su visión, eran ellos quienes gobernaban, y los gastos que hacían eran gigantescos; para que un presidente de la República saliera a cualquier lugar, llevaban maletines de dinero. Y él no iba a tolerarlo: no quería Estado Mayor.

Lo de Los Pinos lo había anunciado desde el principio de sus campañas, desde 2006: dijo que viviría en Palacio Nacional, como Juárez. Muchos pensaban que viviría ahí, pero que Los Pinos seguiría funcionando como oficina de la Presidencia. Al final, se quedó en nada.

Todo se trasladó a Palacio, que era un espacio horrendo para vivir, muy frío.

Tampoco estaba preparado como oficina para mantener la estructura de la Presidencia. Quién sabe, porque ahí ya estaban la Secretaría de Hacienda y la Primera Sección del Ejército. Creo que, como oficina, no había problema: quedaban muchas oficinas vacías. Nos instalamos en Palacio básicamente el presidente, su secretario, el jefe de la Oficina, yo, y Durazo, que se fue rápidamente a las oficinas de Constituyentes. Las reuniones del gabinete de seguridad se hacían, al principio, en una sala cerca de la puerta Mariana, y luego en otra, muy cercana a la oficina del presidente.

Como oficina no había problema, pero como casa era helada; difícilmente el presidente podía estar cómodo ahí. Los fines de semana entraban turistas. Beatriz, obviamente, no podía vivir a gusto; fuma, y no se podía fumar en las oficinas. Todo era muy complicado para habitar esa casa: es un castillo, un palacio.

Andrés Manuel hizo acondicionar un departamento que había mandado construir Calderón para quedarse a dormir cuando lo necesitara. Andrés lo adaptó como su vivienda. No es un departamento grande: tendrá unos doscientos metros, con una sala y un comedor razonablemente amplios, una cocina y, hasta donde recuerdo, tres recámaras, en la parte trasera de su oficina.

Los Pinos los entregó a la Secretaría de Cultura y le encomendó reorganizarlos.

En algún momento le planteé algo que me parecía muy bonito: llevar toda la colección de cuadros de Juan Antonio Pérez Simón a Los Pinos. Juan Antonio tiene una colección de impresionistas muy grande, y el presidente autorizó que viéramos el tema. Fui a hablar con él y, cariñoso como siempre, me dijo que le parecía bien, pero que alrededor de Los Pinos ya había muchos museos, muchos cuadros. «Lo que se necesita en Los Pinos —me dijo— es hacer otro tipo de cosas que permitan que se use bien el recinto. Yo les diría que se pueden hacer también exposiciones temporales y, cuando lo necesiten, yo estaría encantado de prestar parte de la obra que tengo».

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Entonces no se concretó y Cultura decidió convertir Los Pinos en un espacio cultural abierto. Primero quisieron hacer un museo para que la gente modesta tuviera un espacio cultural adicional. Al principio, la gente iba —lo sabía el presidente— por morbo: para ver dónde dormía Peña, dónde había estado La Gaviota, cómo subían al cuarto. Entonces era muy chistoso, pero así lo definió la Secretaría de Cultura. Se hizo lo mejor posible, porque no había muchos recursos.

Lo que sí se logró fue un proyecto muy interesante con el Gobierno de la ciudad para unificar todo el complejo de Chapultepec, incluyendo una zona militar. El general Sandoval aceptó que se incorporara parte del campo militar, y ese fue un trabajo buenísimo, pues la gente ganó un espacio con jardines y actividades culturales. El proyecto se le encargó a Gabriel Orozco, que se mostró muy entusiasmado y colaboró mucho. Lo hizo muy bien la gente de Cultura: muy capaz, aunque también muy dura, proveniente del movimiento.

En ese sentido, también estaba María Elena Álvarez-Buylla en el Conacyt, y ella los metió en grandes problemas. En problemas gratuitos y terribles. Álvarez-Buylla fue un desastre desde el principio. Había ganado un premio nacional, y Andrés Manuel dijo que iba a nombrar en el Conacyt a una persona muy importante porque acababa de recibir un reconocimiento relevante. El primero a quien escuché después del nombramiento fue a Víctor Villalobos, quien iba a ser secretario de Agricultura. Me pidió que le dijera al presidente que nombrara a cualquier otra persona, pero no a Álvarez-Buylla porque era un desastre: «Esa señora no sabe lo que va a hacer con la ciencia, no sabe absolutamente nada». Le digo: «Víctor, pero si acaba de ganar un premio». «Puede haber ganado los premios que sea —me dijo—, pero no sabe y además no tiene trabajo con la gente de la investigación, va a ser un problemón para todos». Le contesté que no le iba a decir eso al presidente porque no le iba a gustar, para qué meterme en un problema de un tema del que ni sé.

Álvarez-Buylla fue tremenda desde el inicio, con errores de todo tipo, confrontada con la comunidad científica. Le entabló un juicio al consejo del Conacyt con el tema del maíz originario, del glifosato y una cantidad de cosas aterradoras.

Imagínate: quiso meter a la cárcel a los investigadores, acompañada por Gertz Manero, porque a Gertz nunca le habían querido otorgar el grado de investigador nivel III —y con razón, porque no lo merecía—. Entonces les abrieron una carpeta e intentaron judicializar el caso tres veces, y tres veces no pasó nada, porque no había delito alguno. Fueron, perdón que lo diga así, las necedades de la señora combinadas con las de

Gertz las que nos llevaron a un conflicto enorme con todo el sistema de investigadores. No es menor lo que estamos diciendo. Y la señora, necia también, se peleó con los del cide; quiso desaparecer todos los fideicomisos —todos—, primero por decisión suya y luego con la aprobación del presidente, porque argumentaba que compartían recursos con la iniciativa privada para generar investigación. Álvarez-Buylla engañó al presidente y nos metió en graves problemas.

Ese fue el equipo de transición con el que asumimos el Gobierno el 1.° de diciembre de 2018, con un discurso en San Lázaro y otro en el Zócalo, donde se presentaron los cien puntos.