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Ellas también cuentan: la reunión que cambió para siempre el voto de las mujeres

Más de 300 personas se reunieron en una pequeña capilla de Nueva York en julio de 1848 para desafiar un mundo donde las mujeres no podían votar, controlar su dinero ni decidir sobre sus propias vidas; aquella rebelión silenciosa terminó por cambiar la historia

Ellas también cuentan: la reunión que cambió para siempre el voto de las mujeres
Ellas también cuentan: la reunión que cambió para siempre el voto de las mujeresCréditos: Imagen creada con IA | Ilustrativa
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Hay momentos que no comienzan con un estruendo. No nacen en los palacios, ni en los campos de batalla, ni entre discursos de grandes líderes. A veces empiezan en una habitación sencilla, con bancos de madera, ventanas abiertas para dejar entrar el aire del verano y un grupo de personas que simplemente decidió dejar de aceptar la injusticia.

Así ocurrió hace 178 años, en un pequeño pueblo del estado de Nueva York llamado Seneca Falls.

Era el 19 de julio de 1848 cuando más de 300 personas —mujeres, pero también hombres que decidieron acompañarlas— cruzaron la puerta de una modesta capilla metodista. No iban a rezar. Tampoco a celebrar.

Habían llegado para hacer algo que, en aquella época, muchos consideraban impensable: decir en voz alta que las mujeres también eran ciudadanas y que, por lo tanto, también debían decidir el destino de su país.

Hoy parece una idea elemental.

Entonces era casi una provocación.

¿Por qué fue una reunión histórica?

Para entender la dimensión de aquel encuentro hay que olvidar, por un momento, el mundo que conocemos.

En 1848, una mujer casada en Estados Unidos prácticamente desaparecía ante la ley. No administraba su patrimonio, no podía firmar contratos libremente, perdía el control sobre muchos aspectos de su vida y, por supuesto, no tenía derecho a participar en las decisiones políticas.

Las leyes se escribían sobre ellas, pero nunca con ellas.

La política, la economía y buena parte de la vida pública eran territorios exclusivamente masculinos.

Sin embargo, el inconformismo llevaba años creciendo.

Elizabeth Cady Stanton y Lucretia Mott habían vivido en carne propia esa exclusión cuando, ocho años antes, viajaron a Londres para asistir a la Convención Mundial contra la Esclavitud. Aunque compartían la causa abolicionista, fueron relegadas únicamente por ser mujeres.

Aquella humillación sembró una pregunta que cambiaría la historia:

¿Cómo exigir libertad para otros cuando ellas mismas carecían de derechos básicos?

El manifiesto que desafió a todo un sistema

Durante dos días, la pequeña capilla de Seneca Falls se convirtió en el escenario de una revolución pacífica.

Ahí se presentó la Declaración de Sentimientos, un documento inspirado en la Declaración de Independencia de Estados Unidos, pero con una diferencia que sacudió a la sociedad de la época.

En lugar de afirmar únicamente que "todos los hombres son creados iguales", proclamó:

"Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres y las mujeres son creados iguales."

No era una petición.

Era una exigencia.

El texto denunciaba que las mujeres no podían votar, que carecían de representación política, que muchas perdían el control de sus bienes al casarse, que tenían acceso limitado a la educación superior y que estaban excluidas de profesiones y espacios de decisión.

No pedían privilegios.

Pedían igualdad.

La propuesta que incluso daba miedo

Hubo un punto del documento que generó dudas incluso entre algunas de las asistentes.

Exigir el derecho al voto parecía demasiado radical.

Muchas temían que esa demanda hiciera que todo el movimiento fuera ridiculizado.

Finalmente decidieron mantenerla.

La resolución fue aprobada con el respaldo del abolicionista Frederick Douglass, uno de los pocos hombres afroamericanos presentes en la convención, quien defendió públicamente que no podía existir una democracia verdadera mientras la mitad de la población permaneciera excluida.

La prensa reaccionó con burlas.

Algunos periódicos calificaron a las organizadoras de extravagantes, irresponsables o enemigas de la familia.

Pero ninguna crítica logró borrar la semilla que acababan de plantar.

Contexto: un derecho que tardó más de siete décadas

La reunión de Seneca Falls no consiguió que las mujeres votaran al día siguiente.

El camino apenas comenzaba.

Pasaron más de 70 años de marchas, campañas, discursos, arrestos y resistencia hasta que, en 1920, Estados Unidos aprobó la Decimonovena Enmienda a su Constitución, que prohibió negar el voto por razón de sexo.

Muchas de las mujeres que iniciaron aquella lucha nunca alcanzaron a depositar una boleta electoral.

Elizabeth Cady Stanton murió en 1902.

Lucretia Mott falleció en 1880.

Ninguna vio cumplido el sueño que ayudó a construir.

Foto de Library of Congress en Unsplash

El eco de Seneca Falls sigue vivo

La historia de Seneca Falls no pertenece únicamente a Estados Unidos.

Su influencia atravesó fronteras y alimentó los movimientos sufragistas que surgirían después en Europa, América Latina y otras regiones del mundo.

En México, por ejemplo, las mujeres pudieron votar en elecciones federales hasta 1955, luego de décadas de movilización y exigencias por el reconocimiento pleno de sus derechos políticos.

Cada país recorrió su propio camino, pero todos compartieron una misma convicción: la democracia no podía llamarse democracia mientras excluyera a la mitad de la población.

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Una historia que todavía inspira

Hoy millones de mujeres acuden a las urnas con la naturalidad de quien ejerce un derecho.

Pocas veces pensamos en todo lo que ocurrió para que ese gesto fuera posible.

Pero cada voto femenino lleva consigo una historia que comenzó mucho antes de las campañas electorales, los partidos políticos o las boletas modernas.

Comenzó en una pequeña capilla donde un grupo de mujeres se negó a seguir viviendo como espectadoras de su propio destino.

Aquel día no cambiaron la ley.

Cambiaron algo más difícil: la idea de que las cosas no podían cambiar.

Y cuando eso ocurre, la historia, tarde o temprano, termina alcanzando a la justicia.

VGB