Un informe de 69 páginas publicado por el Centro de Información Técnica de la Defensa de EU expone una de las facetas más oscuras de la Guerra Fría: el desarrollo de programas militares diseñados para usar insectos como armas biológicas. El archivo, que permaneció bajo estricto secreto militar durante décadas, detalla cómo el Ejército estadounidense crió millones de vectores para estudiar su potencial en el campo de batalla.
Entre las iniciativas más polémicas figura el Proyecto Bellwether (1959). Científicos del Pentágono realizaron decenas de pruebas en regiones cálidas y zonas desérticas para medir el comportamiento de los insectos en campo abierto, analizando su capacidad de desplazamiento y su agresividad al entrar en contacto con personas en distintos entornos climáticos.
Las pruebas utilizaron ejemplares de Aedes aegypti, una especie conocida por transmitir enfermedades mortales como la fiebre amarilla, el dengue y el virus del Zika.
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Operación Big Buzz: lluvia de mosquitos en Georgia
El alcance de estos experimentos no se limitó a los laboratorios. En 1955, la Operación Big Buzz marcó un hito alarmante: el Ejército liberó alrededor de 300 mil mosquitos sobre la zona residencial de Carver Village, en Savannah, Georgia. El objetivo principal de la misión consistió en determinar si los insectos criados en cautiverio podían sobrevivir a una dispersión aérea masiva y localizar víctimas para alimentarse tras el vuelo.
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Poco después, la Operación Drop Kick perfeccionó los sistemas de dispersión. Para evaluar la efectividad del "arma", el Cuerpo Químico del Ejército ejecutó 52 ensayos en el Campo de Pruebas de Dugway, en Utah. Las actividades incluyeron exponer a grupos de diez soldados voluntarios a nubes de insectos en espacios abiertos, documentando la frecuencia de las picaduras bajo condiciones controladas de viento y radiación solar.
Los informes militares celebraron el éxito de los ensayos tras comprobar que los mosquitos seguían sumamente activos incluso en temperaturas inferiores a los 60 grados Fahrenheit.
La conexión con las garrapatas y el Proyecto 112
El interés del gobierno estadounidense por la guerra entomológica llegó incluso al Congreso. Una enmienda promovida por el congresista Chris Smith ordenó al Inspector General del Departamento de Defensa revisar documentación sobre posibles liberaciones accidentales de garrapatas entre 1950 y 1975.
La escritora de investigación Kris Newby encendió las alarmas al plantear vínculos entre estas investigaciones militares y la propagación de enfermedades transmitidas por vectores, señalando instalaciones clave como Fort Detrick (Maryland) y Plum Island (Nueva York), donde operó el científico Willy Burgdorfer.
Muchos de estos ensayos se cobijaron bajo el misterioso Proyecto 112, cuyos archivos registran múltiples liberaciones de garrapatas en territorio estadounidense para estudiar mecanismos de propagación biológica. Aunque la URSS denunció estos hechos en 1982, la CIA calificó las acusaciones en su momento como "propaganda soviética".
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El debate moderno: De la Guerra Fría a DARPA
Lejos de ser un asunto del pasado, el uso militar de insectos sigue generando alertas internacionales. Actualmente, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (DARPA) administra el polémico programa Insect Allies (Insectos Aliados).
La iniciativa oficial afirma que utiliza insectos para transportar virus modificados hacia cultivos agrícolas con el propósito de proteger la producción de alimentos. Sin embargo, la comunidad científica internacional y diversos estudios académicos han advertido que esta tecnología camina en una línea muy delgada, ya que las técnicas de dispersión podrían facilitar la propagación de agentes biológicos más allá de los fines previstos, rozando los límites de la Convención sobre Armas Biológicas.
Contexto: para frenar este tipo de amenazas, la comunidad internacional cuenta con la Convención sobre Armas Biológicas (CAB). Este tratado multilateral, firmado en 1972 y en vigor desde 1975, prohíbe de forma absoluta el desarrollo, producción, almacenamiento, transferencia y uso de armas biológicas y toxínicas.
La CAB, que en 2025 cumplió su 50 aniversario con el respaldo de 189 Estados Partes, obliga en sus artículos esenciales (del I al IV) a la destrucción de arsenales existentes, prohíbe transferir estas tecnologías a terceros y exige a las naciones dictar leyes internas que impidan cualquier proliferación biológica bajo su jurisdicción.
El tratado faculta al Consejo de Seguridad de la ONU (Artículos V y VI) para investigar posibles violaciones.
Ante el revuelo de estos antecedentes y los temores sociales, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) aclaró recientemente que no existe ninguna autorización vigente para liberar mosquitos modificados genéticamente en territorio estadounidense, dado que los permisos previos concluyeron en 2024.
A pesar de la regulación actual, los archivos desclasificados de flebótomos y mosquitos del siglo XX dejan en claro que los insectos ya fueron, alguna vez, soldados del Pentágono.
VGB
