Llegas a casa después de un día de trabajo, abres la puerta y una cola que no deja de moverse o un ronroneo cerca de tus piernas marca el final de la jornada. Para millones de personas esa escena forma parte de la rutina, pero también despierta el interés de la comunidad científica. Diversos estudios describen que la convivencia con perros y gatos produce cambios medibles en el organismo.
Durante años, investigadores en neurociencia, psicología y cardiología estudiaron la relación entre las personas y sus mascotas. Los resultados apuntan a un mismo sentido: la interacción cotidiana con los animales de compañía influye en procesos relacionados con el estrés, el apego y la salud cardiovascular.
Uno de los trabajos más citados se publicó en 2015 en la revista Science. El equipo encabezado por el investigador japonés Takefumi Nagasawa, de la Universidad de Azabu, encontró que cuando un perro y su dueño mantienen contacto visual durante varios segundos aumenta la liberación de oxitocina, una hormona vinculada con el apego y los vínculos sociales.
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Los investigadores observaron que ese intercambio también eleva los niveles de oxitocina en los perros. El estudio plantea que este mecanismo se fortaleció durante miles de años de convivencia entre ambas especies y permitió consolidar una forma de comunicación basada en la confianza.
Mientras los lobos interpretan una mirada prolongada como una señal de confrontación, los perros desarrollaron una respuesta distinta durante el proceso de domesticación. Esa diferencia forma parte de las explicaciones que la ciencia ofrece para entender el vínculo entre humanos y caninos.
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Beneficios que también llegan al corazón
Las investigaciones también muestran efectos fuera del cerebro. Una revisión publicada en la revista Circulation, de la American Heart Association, reunió información de más de 3.8 millones de personas para analizar la relación entre la convivencia con perros y la salud.
El análisis encontró que quienes viven con un perro presentan un menor riesgo de morir por cualquier causa y una reducción del riesgo de fallecer por enfermedades cardiovasculares en comparación con quienes no tienen uno. Los autores señalan que distintos factores pueden influir en estos resultados, entre ellos la actividad física y la interacción cotidiana con la mascota.
Especialistas también documentan que acariciar a un perro o un gato favorece la disminución del cortisol, hormona relacionada con la respuesta al estrés. Al mismo tiempo, la frecuencia cardiaca y la presión arterial tienden a estabilizarse mientras la persona permanece en contacto con el animal.
Estos cambios no sustituyen tratamientos médicos ni atención profesional, pero muestran cómo una actividad cotidiana puede influir en distintos procesos del organismo, según los estudios disponibles.
El efecto también alcanza a los gatos
Los gatos forman parte de esta línea de investigación. Una revisión publicada en Frontiers in Psychology explica que el contacto físico con animales activa mecanismos relacionados con la oxitocina y ayuda a regular la respuesta del cuerpo frente al estrés.
En los felinos, el ronroneo también despierta el interés de los investigadores. Diversos trabajos indican que este sonido se produce en frecuencias de entre 20 y 140 hertz, un rango que distintos estudios de medicina física relacionan con procesos de relajación muscular y recuperación de tejidos, aunque la investigación sobre sus efectos en las personas continúa.
La evidencia científica sigue creciendo, pero el mensaje de los estudios resulta claro. Compartir tiempo con una mascota no solo fortalece el vínculo entre personas y animales; también activa respuestas biológicas que favorecen el bienestar.
Cada recibimiento en la puerta, cada paseo y cada momento de compañía forman parte de una relación que la ciencia continúa explorando. Para millones de familias, esos instantes representan mucho más que una costumbre: constituyen un espacio de calma que también deja huella en el cuerpo.
VGB
