Costa Rica se sumó al giro político que recorre América Latina tras la victoria de Laura Fernández en las elecciones presidenciales del 1 de febrero de 2026. La candidata del Partido Pueblo Soberano ganó en primera vuelta, de acuerdo con datos del Tribunal Supremo de Elecciones, y colocó al país centroamericano dentro del bloque de gobiernos de derecha y centro-derecha en la región.
Fernández superó el umbral legal para evitar una segunda vuelta y aseguró la continuidad del proyecto político impulsado por el presidente saliente Rodrigo Chaves, con quien integró el gabinete como ministra de Planificación y ministra de la Presidencia. El resultado marcó un relevo respecto a periodos previos dominados por fuerzas socialdemócratas y progresistas en Costa Rica.
Continuidad política y agenda de gobierno
Durante la campaña, la presidenta electa centró su propuesta en seguridad pública, combate al crimen organizado y reformas institucionales. Entre sus planteamientos figuró el fortalecimiento de la cooperación internacional en materia de seguridad, el refuerzo de controles en puertos y aeropuertos, y la ampliación de infraestructura penitenciaria para atender delitos de alto impacto.
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Fernández también anunció la revisión del funcionamiento del Poder Judicial y la continuidad de reformas promovidas por la administración saliente, además de mantener una política económica orientada a la atracción de inversión y disciplina fiscal. Su partido obtuvo una representación relevante en la Asamblea Legislativa, aunque sin mayoría calificada.
La elección costarricense ocurrió en un contexto regional marcado por procesos electorales que modificaron la orientación ideológica del poder ejecutivo en varios países durante los últimos años. Desde 2019, distintas naciones de América Latina registraron triunfos de liderazgos alejados de la izquierda tradicional, en algunos casos tras ciclos prolongados de gobiernos progresistas.
El triunfo en Costa Rica se integró a esa tendencia regional y reforzó el mapa político latinoamericano, donde el avance de fuerzas conservadoras y de centro-derecha se convirtió en un factor constante del escenario electoral reciente.
Ola conservadora deja atrás a la izquierda en AL
Desde 2019, América Latina atraviesa un nuevo ciclo político. Lo que comenzó como una excepción en El Salvador, con la llegada de Nayib Bukele, hoy parece consolidarse como una tendencia regional. En solo seis años, ocho países —El Salvador, Uruguay, Perú, Costa Rica, Argentina, Ecuador, Panamá y Bolivia— han cambiado de rumbo al elegir líderes alejados de la izquierda tradicional.
El discurso del “cambio” que llevó al poder a varios movimientos progresistas hace una década, ahora parece haberse invertido. En países como Argentina y Ecuador, la población expresó su hartazgo con la inflación, la inseguridad y los escándalos de corrupción. Así, figuras como Javier Milei (2023) y Daniel Noboa (2023) capitalizaron ese malestar prometiendo eficiencia económica y orden institucional.
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Centro y derecha: nuevas promesas, viejas tensiones
En Uruguay, Luis Lacalle Pou asumió en 2020 con un enfoque liberal moderado, mientras que en Costa Rica, Rodrigo Chaves llegó al poder en 2022 con un discurso anticorrupción y pragmático. Dina Boluarte en Perú, tras la destitución de Pedro Castillo, representa más bien un gobierno de transición marcado por la crisis institucional.
El futuro político del continente
En Panamá, la victoria de Raúl Molino (2024) refuerza la tendencia conservadora. Y para 2025, Bolivia podría sumarse con Rodrigo Paz, si se confirma el giro hacia el centro-derecha. Estos procesos evidencian una reconfiguración ideológica regional que prioriza la estabilidad económica y la seguridad pública por encima de las narrativas populistas.
Los analistas políticos citados por medios como BBC, El País y CNN en Español coinciden en que América Latina vive un momento de fatiga política: los ciudadanos buscan resultados tangibles más que ideologías.
¿Qué es la izquierda política y cómo ha evolucionado en México?
La izquierda política, según el historiador colombiano Jorge Eduardo Melo, representa una corriente ideológica que pone en el centro de su acción el progresismo y la búsqueda de la igualdad social mediante la defensa de los derechos colectivos. A diferencia de las posturas conservadoras o liberales, la izquierda plantea un horizonte igualitario e intercultural, donde la justicia social y el bienestar común priman sobre los intereses individuales o de mercado. A lo largo del tiempo, este pensamiento ha adoptado distintas formas y expresiones, desde las vertientes reformistas hasta las revolucionarias, pasando por los movimientos sociales y el anarquismo.
De acuerdo con el politólogo cubano Efrén Córdova, dentro de la izquierda coexisten distintas corrientes. La llamada izquierda democrática o reformista se distancia de los sistemas dictatoriales y apuesta por los cambios sociales dentro de las reglas de la democracia liberal. En contraste, la izquierda revolucionaria —inspirada en el marxismo y el leninismo— cuestiona los fundamentos del capitalismo y la democracia representativa, impulsando la lucha armada en varios países de América Latina durante el siglo XX. Ejemplos de ello fueron la Revolución Cubana en 1959 y los movimientos insurgentes en países como El Salvador, Perú, Colombia o Guatemala, que surgieron como respuesta a la desigualdad y la exclusión estructural.
El auge de la izquierda en América Latina se consolidó entre finales del siglo XX y los primeros años del XXI. Entre 1998 y 2011, naciones como Brasil, Argentina, Chile, Bolivia, Uruguay y Venezuela eligieron gobiernos de izquierda, en un fenómeno que algunos especialistas denominaron la “marea rosa”. Este ciclo marcó un cambio histórico, pues la región pasó de décadas de hegemonía conservadora y neoliberal a proyectos centrados en la redistribución social y la ampliación de derechos.
En el caso de México, el desarrollo de la izquierda está estrechamente vinculado con la Revolución mexicana. Para muchos historiadores, el magonismo y el Partido Comunista Mexicano (PCM) fueron los primeros referentes de una izquierda organizada, cuyo surgimiento respondió al deseo de transformar las condiciones sociales y laborales heredadas del Porfiriato. A lo largo del siglo XX, la izquierda mexicana transitó por diversas etapas: desde el comunismo oficial y los movimientos guerrilleros de los años sesenta y setenta, hasta la formación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en 1989, que unificó a socialistas, nacionalistas y disidentes del PRI.
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El siglo XXI reconfiguró nuevamente el panorama. Según el politólogo Octavio Rodríguez Araujo, el PCM se “socialdemocratizó” durante los años ochenta, diluyéndose en sucesivas fusiones que derivaron en el PRD y más tarde en el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Este último, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, representa la hegemonía de la izquierda nacionalista, heredera de la Revolución mexicana, más que de las tradiciones socialistas o comunistas. Para algunos analistas, la llamada Cuarta Transformación no implica una ruptura con el sistema político anterior, sino una recomposición del régimen posrevolucionario bajo un nuevo liderazgo.
Otros estudiosos, como Jorge G. Castañeda y Joel Ortega Juárez, sostienen que en México existen dos grandes izquierdas: la que se reivindica como continuadora del legado de 1910-1917, y la que intentó separarse de ese relato. Mientras la primera llegó al poder en 2018, la segunda —de corte socialista e independiente— se desdibujó con el colapso del comunismo y la falta de una socialdemocracia moderna. Así, la izquierda mexicana contemporánea enfrenta el reto de redefinir sus principios en un contexto global donde las viejas categorías ideológicas se desvanecen y la promesa de igualdad requiere nuevas formas de organización y pensamiento político.
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