Colombia- Durante años, la violencia en la frontera colombo-venezolana no desapareció: se desplazó. Cruzó ríos, trochas y líneas invisibles para replegarse del lado venezolano, reorganizarse y volver a emerger. Hoy, tras la captura de Nicolás Maduro, ese delicado equilibrio enfrenta un posible reacomodo.
En entrevista para La Silla Rota, Elizabeth Dickinson, subdirectora para América Latina de International Crisis Group; Jairo Libreros, analista político y profesor titular de seguridad y defensa nacional de la Universidad Externado de Colombia; y Miguel Matus, director del medio Al Aire Noticias, que cubre de manera permanente Arauca y la frontera oriental, coinciden en un punto central: la frontera no fue un accidente, sino una ventaja estratégica construida durante décadas.
Un refugio construido con los años
“La presencia de grupos armados colombianos en Venezuela no es nueva, es de hace décadas”, explica Dickinson. Recuerda que las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), ya utilizaban territorio venezolano como “zona de descanso y refugio”, lo que les permitió rearmarse y reorganizarse frente a la presión militar en Colombia.
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Jairo Libreros sitúa el origen del fenómeno aún más atrás. “La guerrilla de El Ejército de Liberación Nacional, El ELN, entendió desde los años setenta y ochenta que la frontera con Venezuela les ofrecía un margen de impunidad muy importante”, señala. El vínculo inicial estuvo ligado a secuestros y extorsiones asociadas al oleoducto Caño Limón–Coveñas, con la posibilidad de actuar en Colombia y resguardarse del otro lado de la línea fronteriza.
Desde el territorio, el periodista Miguel Matus ha documentado cómo esa lógica se volvió cotidiana en Arauca, estado fronterizo con Venezuela. En su cobertura, ha descrito que durante años el ELN y las disidencias de las FARC se movieron con normalidad entre ambos países, usando a Venezuela como retaguardia para replegarse tras enfrentamientos, evadir operativos y mantener control social en zonas rurales del lado colombiano.
Con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, ese esquema se consolidó. “No solo se establecieron santuarios, sino verdaderos focos de negocios internacionales vinculados al narcotráfico”, apunta Libreros. Las disidencias de las FARC, por su parte, encontraron en Venezuela una tabla de salvación tras la ofensiva militar del Estado colombiano y, más tarde, tras la ruptura del Acuerdo de Paz de 2016 por parte de algunos de sus antiguos comandantes.
Guerrillas binacionales y economías ilegales
Para Dickinson, el punto de quiebre fue el posacuerdo. “La presencia del ELN se profundizó dramáticamente después de 2016”, explica. Ya no se trata solo de una guerrilla colombiana operando en el exterior: hoy existe una estructura con identidad cada vez más binacional, incluso con una nueva generación de jóvenes venezolanos dentro de sus filas.
La frontera, coinciden los especialistas, permitió algo clave: blindaje. “Cruzar la frontera les da un chaleco antibalas a los guerrilleros frente a los esfuerzos del Estado colombiano”, resume Dickinson. Desde Venezuela podían comunicarse sin interceptaciones, reorganizarse y retomar la iniciativa armada.
Miguel Matus ha descrito esa dinámica desde el día a día: en Arauca, señala, la población aprendió que la violencia no terminaba con un operativo militar porque los grupos simplemente cruzaban el río o la trocha y regresaban semanas después. Esa capacidad de ir y venir, documentada en su cobertura periodística, consolidó al ELN como actor dominante en amplias zonas fronterizas.
En términos económicos, Libreros detalla una cadena bien distribuida: cultivos ilícitos y procesamiento en Colombia; acopio, pistas y salida internacional en Venezuela. “Los niveles de complicidad y corrupción del lado venezolano facilitaron la exportación de drogas”, afirma, lo que abrió la puerta a la llegada de cárteles mexicanos y a rutas hacia Centroamérica y Estados Unidos.
Dickinson agrega que no todo pasa por la cocaína. Existen economías en una “zona gris” entre lo legal y lo ilegal, como el tráfico de ganado o la minería ilegal en el sur de Venezuela, que hoy juega un papel cada vez más relevante en el financiamiento de los grupos armados.
Estados ausentes, poblaciones atrapadas
Los tres coinciden en que la clave del problema no es únicamente militar. “El gran factor es la ausencia histórica de presencia institucional”, subraya Libreros. No solo falta control armado, sino servicios básicos, educación, salud y protección efectiva para la población.
Desde el periodismo local, Miguel Matus ha documentado cómo ese vacío se traduce en control territorial del ELN. En comunidades rurales de Arauca, ha reportado que son estos grupos los que imponen reglas, horarios, castigos y silencios, mientras la población civil queda atrapada entre la intimidación y el miedo a ser señalada por cualquiera de los actores armados.
Dickinson describe el impacto humano como una crisis silenciosa. “La población vive bajo un miedo constante, con desplazamientos, reclutamiento de menores y control social”, señala, en un conflicto que puede parecer de baja intensidad desde fuera, pero que es de alto impacto para quienes lo habitan.
¿Qué cambia tras la captura de Maduro?
Aquí aparecen matices. Libreros considera que el golpe al régimen venezolano altera las reglas del juego. “El territorio venezolano ya no brinda las mismas garantías de seguridad que antes”, sostiene, y advierte sobre un posible retorno de mandos y combatientes del ELN y las disidencias a Colombia, acompañado de acciones violentas para distraer la presión estatal.
Dickinson es más cauta. Advierte que aún es temprano para hablar de un repliegue definitivo. A su juicio, los grupos armados privilegiarán mantenerse donde están sus intereses económicos. “La frontera es fundamental para su modelo de operación; no la van a abandonar sin pelea”.
Desde Arauca, Miguel Matus ha señalado que, más allá de los grandes anuncios geopolíticos, en el territorio persiste una sensación de tensa calma: menos enfrentamientos abiertos, pero más miedo a lo que pueda venir. La expectativa no es de paz, sino de reacomodo.
Lo que sí parece claro es que la violencia no desaparece: se mueve. Como el agua, busca nuevos cauces. Y mientras se redefine el mapa del poder tras la captura de Maduro, quienes viven en Arauca, El Cauca o La Guajira, en la frontera colombo-venezolana saben que el mayor temor no viene de Estados Unidos ni de una guerra entre países, sino de lo que puede volver a cruzar la frontera armada.
