ARGENTINA

Le Cirque du Milei

La carrera al poder del presidente electo argentino, Javier “el León” Milei, empezó allá por el 2014, pero en un circo mediático. Acudía con frecuencia como panelista a una suerte de lucha libre de la política, transformado en un programa de televisión llamado Intratables

Créditos: Especial
Escrito en MUNDO el

Tiene un grupo de equilibristas que son formidables. Cada vez son menos, pero llaman poderosamente la atención. Los apodan clase media y parece que fueran a caer de la pirámide social, pero ahí están: dando lucha, fruto de sus años de entrenamiento, para lidiar con la pobreza y la inflación. Los contorsionistas, en este caso, son de lengua nomás. Suelen decir que son progresistas, de izquierda, peronistas, pero destilan un conservadurismo autoritario, como no se ven en ningún espectáculo político en otros lares. A pesar de la ardua labor de sus tramoyistas, repartiendo dádivas por doquier y presionando las cuerdas para conseguir votos, terminaron fracasando en el intento. Algo similar le ocurrió al mago. No le alcanzaron los trucos, las artimañas, para convencer al público y ahí sí, el “León” aprovechó y se ganó el protagónico, con sus rugidos amenazantes y sus promesas de cambiar el guion, ahuyentó a trapecistas principales, a los que ahora reemplazará, y transformó en vanas las tramoyas espurias, en una apuesta para que la alegría vuelva a reinar en las pistas.

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Podría ser, este, un circo cualquiera, pero no. Es por demás particular, cargado de estridencias y de una vuelta a las fuentes autóctonas del circo neoliberal que por aquellas pampas puso a rodar Carlos Menem (1989-1999). Este no es otro que Le Cirque du Milei. El que, en virtud de la repercusión por sus recientes actuaciones, parece que, también tendrá representaciones en varios puntos del planeta, como viene de ocurrir el pasado miércoles en los Países Bajos.

La carrera al poder del presidente electo argentino, Javier “el León” Milei, empezó allá por el 2014, pero en un circo mediático. Acudía con frecuencia como panelista a una suerte de lucha libre de la política, transformado en un programa de televisión llamado Intratables, donde defenestraba a la clase política con la verba de un profesor universitario de Trigonometría y la pose de un matón con ínfulas de “barra brava”. Más de una vez estuvo al borde de irse a las manos con sus colegas en el plató, la más de las veces dizque de izquierda, algunas otras de una centroderecha, a la que consideraba “cómplice del robo que les provocan a todos los argentinos de bien” y miembro de “la casta política” a la que el pasado domingo terminó derrotando en las urnas.

Enfrente estaba el resto de la compañía, liderada por la expresidente Cristina Kirchner, y la cohorte de “contorsionistas”, en la piel de cada uno de los miembros del gobierno que alguna vez fue de Alberto Fernández. Los tramoyistas en cuestión no eran otros que los caciques de la maquinaria peronista, controlados de cerca por el excandidato Sergio Massa, ministro de Economía y presidente de facto (hasta el 10 de diciembre), quien hizo las veces del mago. Pero su desempeño fue penoso. Toda una sociedad se dio cuenta de lo pésimo que es para ese métier, para eso de esconder las cartas y hacer desaparecer los fondos públicos durante la campaña. Habrá que reconocerle que llegó a sacar algunos conejos de la galera, pero se quedó sin esos cariñosos animalitos, de la misma forma que se quedó sin dólares en el Banco Central.

No obstante, el público aplaudió el resultado. Después de años de bronca y semanas de tensión, la mayoría dio muestras de cierto alivio, a sabiendas de que el escenario en la arena está intacto. La hiperinflación y el descalabro económico quedaron montados y es el propio Milei el que intentará sortearlo con otros números.

Tal como el circo que nos inspira, el de Milei también arrancó en América del Norte. No en Montreal ni en 1980, como el mítico Cirque du Soleil, que hace furor allí por donde pase o donde haya instalado una representación permanente. Este que nos atañe empezó en Washington, en el 2016, creación pura y exclusiva del expresidente estadounidense Donald Trump (2017-2021), quien inspiró a Jair Bolsonaro (2019-2023), ambos sin mucho éxito, a decir verdad. Los dos terminaron actuando ante los estrados judiciales. Tal vez por eso, los primeros pasos de Milei presidente parecen querer abrevar en otras fuentes más autóctonas, como la de su socio ocasional, el expresidente Mauricio Macri (2015-2019), quien lo asistió con fiscales las mesas de votación y en el escrutinio para que la magia de Massa (y del kirchnerismo) no hiciera desaparecer los votos el día de la elección.

En esa tónica comenzó moderando sus discursos. Dejó de lado su postura de estrella del rock metálico y se mostró más como un presidente, novel, neófito en algunos temas de Estado, pero con ganas de tomarse el papel en serio. Va escogiendo nombres para el elenco ministerial con probadas actitudes y busca alianzas para atravesar la arena del circo  —transformado en un campo minado— desactivando uno a uno los artefactos de endeudamiento y de decadencia social con los que se irá encontrando. Nada fácil. Mejor dicho, por demás difícil y riesgoso, como toda representación en este tipo de espectáculos.

Pero la bronca, la ira, el hartazgo y la voluntad de cambio de una sociedad agobiada obligaron a esta representación. Por lo visto, no solo son conductas características de los argentinos. Gert Wilders, un parlamentario holandés al que todo el país conoce como “el Trump holandés”, ultraderechista, islamófobo, se impuso en las elecciones y quedó facultado para abrir la ronda de consultas e intentar formar gobierno desde su Partido por la Libertad (PVV) y de paso, pensionar al primer ministro, Mark Rutte, después de 13 años en el poder.

Representante fiel de la ultraderecha regional, su triunfo en las urnas sacude a la política europea y abre las puertas a las posibilidades de sus socios en los países vecinos. No en vano, sus socias, la francesa Marine Le Pen y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, junto a su ministro de Infraestructura, Matteo Salvini, completaron una semana soñada, celebrando con Milei y con Wilders.

Contabilizando la llegada el jueves de Daniel Noboa en Ecuador, y otros resultados electorales en distintas latitudes, resultaría cómodo afirmar que el mundo gira hacia la derecha. Variable, como la de izquierda, en franca obsolescencia, tal la salud de los sistemas políticos y la propia democracia en la actualidad. Más que de ultraderecha, el voto de Milei, como el de Wilders, están construidos con otros materiales más urgentes. Con las necesidades de vastos sectores sociales que no se sienten representados por la política tradicional y sienten en carne propia que la democracia, tal como se la concibe, no los ayuda, sino que pauperiza su existencia.

En el caso argentino hay dos datos para destacar. El primero es que mientras desde el gobierno se apelaba al miedo, se repetía hasta el cansancio que la democracia corría peligro con Milei, la diferencia del resultado (11 puntos a favor del libertario) solidificó la, por momentos, debilitada institucionalidad. El otro es la inauguración de nueva forma de hacer campaña, de plantear la comunicación con el electorado.

 El presidente electo contó con batallones enteros de influencers o jóvenes menores de 30 años que abjuraron del proselitismo arcaico y de los actos tradicionales para desarrollar novedosas estrategias en las redes sociales. Todo a un costo ínfimo y llegando a todo el mundo, mientras que, enfrente, Massa debe soportar ahora una denuncia penal por malversación de fondos públicos y abuso de poder, en virtud de una denuncia que presentaron un grupo de abogados que lo acusan de dilapidar 15 000 millones de dólares, en los meses que duró la campaña. Algo así como 2 puntos del PIB. “No fue magia”, como suele repetir “la Doña”, Cristina Kirchner. 

Para su representación, que comenzará el próximo 10 de diciembre, Milei carece de apoyos sólidos en el Congreso. Está obligado a alimentar su alianza con Macri y tender puentes con sectores descontentos del peronismo. Mucho más ahora que en el seno de esa “segunda religión de los argentinos”, el peronismo, donde ya empezaron a cruzarse culpas por la derrota. Por lo visto hasta aquí, el gobierno nace débil políticamente pero sólido en apoyo popular.

Su condición de outsider, sin currículum (o prontuario como buena parte de los políticos locales), da esperanza a sus votantes que, como se vio en la campaña, suelen ganar la calle espontáneamente. Sin necesidad del típico acarreo de las maquinarias. Ese no será un dato menor, en el futuro inmediato, en que los sindicatos y los movimientos sociales (extras obligados en cada una de las funciones del “circo”), se preparan para dar pelea. Es el rol que se les asigna en el guion. Ahora que el número cambió, están obligados a tener más protagonismo. Ese que los gobiernos peronistas le niegan, condenándolos a participar de números menores y a un rincón de la cartelera.

El panorama se percibe sombrío. Principalmente, en la primera etapa de lo que muchos consideran “un salto al vacío”, aun cuando hay reminiscencias e influencias de aquel menemismo, neoliberal y fundador de los altos niveles de corrupción que caracterizan a la actualidad de la política argentina.

Ahí, precisamente, estará el desafío clave para Milei y para los integrantes de su elenco: demostrar que son trapecistas reputados para actuar sin red de contención y no otro grupo de saltimbanquis solo aptos para seguir poblando las putrefactas esquinas del poder.