MUNDIAL 2026

Festejos en el Mundial, analgésicos contra el malestar social: especialistas

Especialistas explican a La Silla Rota que en los partidos de la selección mexicana se produjo una cohesión social por el futbol, que causó euforia colectiva y una ambigüedad entre el agradecimiento por el desempeño mexicano y dolor por la eliminación, con catarsis masiva y fuga de la realidad

Créditos: Raúl Estrella | LSR
Escrito en METRÓPOLI el

Centenas de miles de aficionados de todas las edades se volvieron uno solo la noche del 30 de junio en el Ángel de la Independencia y explotaron jubilosos cuando Julián Quiñones anotó el primer gol en el partido de México contra Ecuador.

Fue una noche especial para los miles de aficionados que de manera masiva celebraron marcador de 2-0 a favor de México. Surgieron gritos de alegría, abrazos espontáneos, tocaron sus trompetas, se arrojaron espuma unos a otros, brindaron con cerveza, besaron el escudo de su camiseta verde o se envolvieron en banderas de México.

Después, los festejos para quienes se quedaron o llegaron después a Reforma continuaron con bailes, cantos y brindis con extraños. Los espejos de agua dejados por la copiosa lluvia de ese día fueron aprovechados para que unos se metieran a nadar como ajolotes.

También se volvieron temerarios: cada 100 metros se veía a jóvenes hacer volar a otros; algunos se subían al mobiliario urbano como los semáforos o las estaciones del Metrobús, sin tomar en cuenta su fragilidad, unos más estaban dispuestos a besar a algún extraño o tomaban hasta tambalearse. Jóvenes ya ebrios llegaban a los golpes. Incluso se produjo una tragedia, una estampida en la calle de Lancaster, por la ocurrencia de algunos que trataron de abrirse paso en la atiborrada calle Lancaster al grito: “nadaremos, nadaremos”, como en la película “Buscando a Nemo!”.

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Foto: Raúl Estrella / LSR

No fue el único hecho trágico. Unos días antes, el 24 de junio, en Los Cabos, Baja California Sur, se registró un linchamiento de un automovilista, posterior al juego contra Chequia. Ocurrió luego de que el conductor, al ver cómo su auto fue zarandeado por aficionados, aceleró, atropelló a unos, se estrelló, fue bajado a la fuerza, golpeado por una turba y el 1 de julio falleció a causa de los golpes.

Los festejos efervescentes, más la estampida y el linchamiento, que se convirtieron en tragedias, son dos caras de la misma moneda: ocurrieron en sucesos masivos, donde los individuos se diluían entre el comportamiento colectivo y sacaban estados emocionales que normalmente no sacan.

¿Por qué festejaron de esta manera los mexicanos?

En los cinco partidos que jugó la selección mexicana se produjo un lazo de cohesión social por el futbol, que causó euforia colectiva, un contagio emocional en grupo, una ambigüedad dividida entre el agradecimiento al desempeño de los integrantes del Tri y dolor por no pasar a la siguiente fase, con una catarsis masiva, miedo, linchamiento, así como simplificación y fuga de la realidad.

Así lo definen los sociólogos Annaliesse Hurtado Guzmán y Gabriel Díaz, y el psicoterapeuta Emilio Villavivencio Trejo, entrevistados por La Silla Rota sobre los festejos, especialmente el del 30 de junio, con un millón 400 mil personas reunidas entre el Zócalo y el Ángel de la Independencia.

Foto: Raúl Estrella / LSR

En las reuniones masivas ocurridas por los juegos de México durante el mundial, prevaleció la efervescencia, el júbilo por los triunfos y la integración de los individuos a la masa, explica la maestra en psicología social de grupos e instituciones, Annaliesse Hurtado Guzmán.

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“Hubo una conexión social que habitualmente no hay. De decir no conozco a la persona de al lado, pero hay confianza y conexión y esa sensación es placentera”, explica la académica.

Se olvidaron las divisiones

La sociedad mexicana está marcada por sus divisiones laborales, sociales, políticas y de ideología, pero el mundial las hizo olvidar, hizo a un lado esa individualidad para que los aficionados convivieran con los demás: los vecinos o los desconocidos, como si los conocieran de toda la vida, observa por su parte el sociólogo Gabriel Díaz. Detrás de eso hubo un lazo externo de cohesión, proporcionado por el futbol, en donde concurrieron todos los individuos, olvidándose de su individualidad y compartiendo lo que guardan en común.

Foto: Raúl Estrella / LSR

“Se juntan valores cívicos como la patria y la nación, encuentras igualdad que, en la vida cotidiana, no la percibes pero está ahí”.

Esto impulsó a los aficionados a actuar en comunidad para celebrar en un contexto en que hay poco por qué hacerlo. Se dio rienda suelta al gusto y al gozo olvidando las diferencias.

“Hoy el noble y el villano se dan la mano sin importar la facha’, como dice la canción de Joan Manuel Serrat”, cita el sociólogo.

“Actuando normalmente en nuestra vida cotidiana, de pronto sentimos un estímulo, un resorte que nos despierta un sentimiento que normalmente no albergamos, el de compartir con los demás, tiene que ver con valores como la caridad y la compasión”.

Ese sentimiento se experimenta pocas veces, y pasado el evento se vuelve a la racionalidad íntima. “Incluso amaneces con la pregunta de ‘¿por qué hice esto?”.

Hubo contagio emocional

En los festejos se veía a personas adultas mayores o cincuentones bailar entre jóvenes. La personalidad de los individuos no es que se transforme, sino que es impactada cuando están en un grupo, plantea Emilio Villavivencio Trejo, jefe de posgrados de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad La Salle.

“Se trata de un contagio emocional. Las emociones que en un colectivo tienden a reproducirse y a contagiarse, podemos registrar un alza del estado de ánimo cuando el grupo está eufórico o depresivo. El estado de ánimo es permeable”.

Algunos comportamientos se expresan de una manera que no lo harían en lo individual. Esto explicaría algunos excesos que en otro contexto la gente no cometería. También cuando ocurre ese apoyo masivo en las calles a un equipo sucede otro fenómeno. La simplificación de la realidad.

“Ante una realidad que vivimos cotidianamente, violenta, incierta en muchos ordenes, político económico y otros, el grupo ofrece una especie de fuga que se llama simplificación de la realidad. El grupo la constituye, nos colgamos de un evento y nos reunimos como anestesia temporal ante situaciones que nos angustian”.

Lo oscuro

Sin embargo, esa integración del individuo en la masa tuvo consecuencias funestas en otros casos. Eso ocurrió en Los Cabos, Baja California, con el conductor que falleció a causa del linchamiento.

Foto: Raúl Estrella / LSR

“Ahí la violencia se normalizó y se transgredieron los límites del respeto, y aunque está el antecedente del atropellamiento, no se justifica”, precisa la profesora Annaliesse Hurtado.

Se generan este tipo de acciones porque dentro del vivir en sociedad, hay ciertas restricciones y prohibiciones que permiten relacionarse con los demás, pero cuando el individuo se pierde en la masa, esta condición de la prohibición y de la restricción se debilita.

Otro caso fue la estampida registrada a los pies del Ángel que tuvo un saldo fatal de cuatro personas fallecidas. Ahí lo que prevaleció fue el miedo que desordenó a la masa, explica Hurtado.

Lo que quedó después de la derrota

México fue eliminado el 5 de julio en un duelo vibrante contra Inglaterra. Los aficionados que acudieron al Ángel a apoyar a la selección se retiraron tristes, aunque con escasos reproches al Tri. Hubo grupos que continuaron la fiesta. Unos bailaron en Reforma el Caballo de Rodeo, otros quemaron toritos, siguieron con los baños de espuma, e incluso unos sacaron unos guantes e invitaron a fajarse a quien quisiera.

“Quien vive el placer de compartir con el otro, se queda esa sensación. Este proceso es bien difícil que se manifieste en la vida cotidiana, el compartir con el desconocido”, remarca Hurtado.

Para Díaz, a diferencia de otros mundiales, no se escucharon frases como ‘jugamos como nunca y perdimos como siempre’ o el ‘ya merito’. “Al contrario, se dio el sentido de unidad en torno al equipo, no se dijo que caímos de cara al sol sino se recordó la gran satisfacción que nos dio. El impacto de la cohesión social fue una sacudida que no había visto”, admite.

Foto: Raúl Estrella / LSR

“Es un momento que se prolonga y ojalá no lo perdamos. Nos enseñó a saber que podemos estar unidos y analizar qué cosas nos dividen. Tenemos tanto que nos une”.

Para Villavicencio el que la gente se reuniera en el Ángel habla de la necesidad de una fuga de la realidad, de inyectarse una especie de anestesia temporal.

“Necesitamos analgésicos contra los malestares culturales. Fue sorprendente la cantidad de gente que se movilizó y cohesionó y esa cantidad de gente que acudió a esta concentración es directamente proporcional del malestar en la cultura y eso es lo alarmante”, concluye.