Cuando la FIFA anunció que México sería sede de apenas 13 de los 104 encuentros del Mundial 2026, hubo quienes consideraron que nuestro país tendría un papel casi simbólico dentro del torneo más grande de la historia. El peso de la competencia recaería en Estados Unidos, con la inmensa mayoría de los partidos, mientras Canadá y México compartirían un rol secundario.
Hoy, con el Mundial por concluir, vale la pena decirlo: quizá la FIFA se quedó corta. Porque si algo demostró México fue que el futbol aquí no sólo se juega, se vive. Los estadios de la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey ofrecieron escenarios vibrantes, pero lo verdaderamente extraordinario ocurrió también fuera de ellos. Los Fan Fest, las plazas públicas, los restaurantes, las calles y hasta los barrios más alejados de las sedes se convirtieron en una fiesta permanente donde miles de personas compartieron la misma pasión.
La imagen que México proyectó al mundo fue la de un país alegre, hospitalario y profundamente futbolero. Difícilmente otro país logró transmitir esa conexión emocional entre la afición y el torneo.
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Paradójicamente, esa pasión sobrevivió a uno de los aspectos más cuestionados de esta Copa del Mundo: el precio de los boletos. Las entradas alcanzaron costos históricos. En muchos casos, asistir a un partido disputado en México resultó incluso más caro que hacerlo en varias sedes de Estados Unidos o Canadá.
Pero si para muchos aficionados fue un sacrificio económico, para la FIFA fue un negocio extraordinario. Diversos análisis financieros estiman que el organismo obtendrá alrededor de 13 mil millones de dólares de ingresos durante el ciclo mundialista 2023-2026, casi 73 por ciento más que en el ciclo anterior. Los derechos de televisión, el patrocinio, la hospitalidad y la venta de boletos convirtieron a esta edición en el evento deportivo más rentable de la historia.
La derrama económica en el país se estima entre 45 y 50 mil millones de pesos. Obviamente la Ciudad de México concentró la mayor parte de la actividad económica seguida de Guadalajara y Monterrey. En promedio, las familias mexicanas aumentaron su gasto en 10 por ciento durante el Mundial en México y se registraron ventas por más de 15 mil millones de pesos.
Sin embargo, quizá la mayor ganancia que dejó el Mundial no aparece en ninguna estadística. Durante varias semanas desaparecieron las etiquetas que tanto nos dividen. No hubo chairos ni fifís. No hubo izquierda ni derecha. No hubo norte ni sur.
Antes que cualquier diferencia política, social o ideológica, todos compartimos algo mucho más poderoso: el orgullo de ser mexicanos.
Ese ambiente nos deja una reflexión que trasciende el futbol. Si fuéramos capaces de conservar una pequeña parte de esa empatía, de esa tolerancia y de esa capacidad para convivir con quien piensa distinto, México podría resolver desafíos mucho más complejos que organizar un Mundial.
Ojalá la verdadera herencia del Mundial no sea solamente la derrama económica, las fotografías o los récords de audiencia. Ojalá sea la certeza de que este país alcanza su mejor versión cuando decide jugar en el mismo equipo.
#Contraparte | Miguel Ángel Islas Pérez, director y columnista de LSR Hidalgo. X: @miguel_aip
