OPINIÓN

El costo de estar siempre "conectados": Reflexiones de un migrante digital

Hoy, a mediados de la década de 2020, miro la pantalla de mi teléfono y no puedo evitar sentir que cambiamos una libertad pacífica por una jaula de oro hiperconectada | MANUEL ISLAS MALDONADO

Cada microsegundo de vacío es devorado por el scroll infinito.
La era digital.Cada microsegundo de vacío es devorado por el scroll infinito.Créditos: iStock (ilustrativa)
Escrito en HIDALGO el

En respuesta a la inquietud de un lector de esta columna, quien tuvo a bien leer la anterior e interesarse en el punto de vista de un servidor,, retomamos el tema sugerido por él…

A veces olvido que pertenezco a una de las últimas generaciones que conoció el silencio absoluto; Quienes crecimos en los 80´s y pasamos nuestra adolescencia en los 90´s, habitamos un planeta que hoy parece de ciencia ficción: un mundo donde estar "ilocalizable" era la norma y no una señal de alarma.

Si salías de casa, te diluías en el entorno. Nadie esperaba que respondieras un mensaje en tiempo real porque, sencillamente, el concepto no existía.

 La transición de los 2000 nos prometió el mundo al alcance de la mano, y cumplió. Pero nadie nos advirtió sobre la letra pequeña del contrato: el costo de la conectividad total sería nuestra propia salud mental.

En los 90´s, el aburrimiento era productivo. Esperar el autobús, hacer fila en el banco o aguardar a que un amigo llegara a una cita eran momentos de introspección pasiva. El cerebro descansaba, procesaba, divagaba.

Hoy, la era digital ha declarado la guerra al "tiempo muerto". Cada microsegundo de vacío es devorado por el scroll infinito. Hemos hiperestimulado nuestra mente a tal grado que la quietud nos genera ansiedad. Ya no sabemos estar solos con nuestros pensamientos porque siempre hay una notificación reclamando nuestra atención, un video corto secuestrando nuestra dopamina y un algoritmo diseñado para mantenernos en un estado de alerta constante. El resultado de este bombardeo no es una mente más informada, sino un cerebro crónicamente agotado.

Cuando era joven, te comparabas con el chico guapo de la escuela o la vecina que estrenaba auto. Tu universo de referencia era local, manejable. La digitalización rompió esos muros y nos arrojó a un escaparate global de vidas perfectas, cuerpos editados y éxitos prefabricados.

Para quienes vivimos el mundo analógico, es más fácil —aunque no inmune— poner un filtro de escepticismo a lo que vemos en redes. Sabemos lo que hay detrás porque construimos nuestra identidad fuera de las pantallas; Pero me estremece pensar en las generaciones nativas digitales, cuya validación personal depende del rendimiento de un algoritmo y cuya salud mental se mide en likes. Pasamos de buscar la aprobación de nuestro entorno cercano, a mendigar la atención de una masa de desconocidos.

No se trata de caer en la nostalgia barata de "todo tiempo pasado fue mejor". La tecnología nos ha dado herramientas asombrosas de conocimiento y conexión real. Sin embargo, habiendo vivido en ambos lados de la frontera digital, creo que los migrantes analógicos tenemos la responsabilidad de recordar, y recordarles a otros, que existe otra forma de vivir.

La salud mental en esta era hiperconectada no se trata de huir a una cabaña en el bosque, sino de aprender a desconectarse para sobrevivir. Necesitamos, de manera urgente establecer fronteras analógicas, que no es otra cosa que espacios y horarios sagrados libres de pantallas; Aceptar el aburrimiento, permitir que la mente se apague para que pueda volver a encenderse con creatividad.

Curar nuestra salud mental colectiva requerirá un acto de rebeldía consciente: reclamar nuestro derecho a la desconexión, al silencio y, sobre todo, a volver a estar presentes en el único mundo que realmente importa: el que ocurre fuera de la pantalla.

Manuel Islas Maldonado, columnista de LSR Hidalgo. X: @manolo_islas