Especialmente hablando de relaciones.
Los libros, las películas y los consejos universales hablan de ser siempre uno mismo sin importar si eso agrada o no al resto. Pero aún con lo poético e ideal que suena, resulta que la realidad no puede estar más alejada de aquello, pues la libre autenticidad lleva consigo una implícita fecha de caducidad en las relaciones; sobre todo en las del tipo amorosas.
Tanto hombres como mujeres hemos establecido los parámetros “no negociables” con los que debe cumplir la otra persona mientras buscamos firmar aquella relación: físico, personalidad, estilo de vida y más; y eso siempre es sometido a crítica por ambas partes. Como mujeres rechazamos la frivolidad con la que somos medidas y los hombres replican ante las inalcanzables expectativas que hemos diseñado para ellos. Pero de lo que aún no hemos hablado, o no tanto como deberíamos, son las propias limitaciones y estandarizaciones a las que nos sometemos de manera personal; es decir, que sí me importa el check list en esa potencial pareja pero más me preocupa si mi físico, personalidad y estilo de vida será suficiente para ella.
Luna de miel, etapa rosa y todo está bien o... ¿en realidad no?.
Conocemos las expresiones variadas con las que son descritos los primeros meses de una relación haciendo referencia a que los defectos de ambas partes aún no son vislumbrados y por ello no hay lugar más que para felicidad desbordante.
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Es entonces donde encontramos la raíz de todo, pues damos por hecho que los involucrados están si no mintiendo, si escondiendo un poco de información relevante para el futuro.
Pero la necesidad de hacerlo es real, pues de eso depende afianzarse al compañero. ¿O es solo que eso aprendimos?.
“No quiero que piense que no puedo mantenerla” “No quiero que piense que sólo quiero que me mantenga, de hecho ni lo pretendo”.
La carretera de la omisión de camino al matrimonio.
“¿Acaso no me había contado mi propia madre que en cuanto se fue con mi padre a Reno de luna de miel -()- mi padre le dijo - Uf, qué alivio, ahora podemos dejar de fingir y ser nosotros mismos - y que de ese día en adelante mi madre nunca más tuvo un minuto de paz? -Sylvia Plath”
El peso de la omisión (o la mentira) es que eventualmente, y así esperamos, ha de acabar en una alianza “permanente” pero entonces terminaremos con 1 variable de cada 3 matrimonios: el primero sobrelleva, el segundo es perpetuamente infeliz y el tercero al final, se divorció.
Así resumiendo, en las relaciones amorosas entendemos que en un camino feliz, habrá que mostrar una versión mejorada de quiénes somos hasta haberlo hecho un compromiso “enteramente seguro”, a su vez claro, esperando que el compañero haga lo justo. Del mismo modo que una vez compartamos el día a día con una pareja se accionará con total alivio y siendo nosotros mismos; con una gran probabilidad en el aire de que resulte que no existe verdadera compatibilidad a razón de los “pequeños detalles” omitidos.
Entonces ¿Qué pasaría si reordenamos el estándar? Si desde el principio mostráramos al menos, la mayor parte de nuestra realidad ¿Forjaríamos relaciones más asertivas y por real convicción, abandonaríamos una par de altos estándares y algunas falsas expectativa, minimizaríamos la condena al eventual divorcio o separación?
¿O solo poseo una percepción igual de equivocada que la de un par de autoras, y esto nunca ha tenido nada que ver?.
