Es cierto, debemos empezar por aceptar que el gobierno llegó a la presidencia de México en un contexto político complejo. El país vive una crisis de legitimidad del sistema político, marcada, entre otras causas, por la desconfianza en los partidos políticos, el apoyo de cúpulas de poder a partidos para conservar sus privilegios y el uso de presupuesto público para favorecer a candidatos oficiales.
Sigue en la memoria 1988. En donde se pasó de una muerte del sistema, con el candidato oficial perdiendo la elección a la presidencia, a una resucitación donde el perdedor, por un milagro divino, se convirtió en el ganador.
Ante este escenario, desde la presidencia se genera una reforma electoral para reconstruir la confianza ciudadana. Se crean mesas de debate con participación de todos los partidos políticos, de la academia, de especialistas en la materia, y en general de grupos y personas con la visión común de un México más democrático.
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Esta pluralidad fue la base de la iniciativa de ley electoral, donde uno de los elementos centrales es un árbitro independiente y autónomo integrado por consejeros ciudadanos sin afiliación partidista y con conocimiento en la materia que garantice elecciones libres e imparciales.
Una disposición clave de la iniciativa es la representación de las minorías. Un mecanismo que permite a partidos con menor votación obtener espacios en el poder legislativo y evitar que un solo partido concentre todo el poder (sobre representación).
La reforma define herramientas para aumentar la transparencia y la confianza en los resultados electorales. El conteo rápido y el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), genera información de la votación la misma noche de la elección.
La reforma del presidente Zedillo.
En conclusión, la reforma fue la base para la alternancia política en México. Si, fue Ernesto Zedillo, el responsable de su creación con plena conciencia de que rasgaba el poder del oficialismo.
La paradoja. Pocos años después esta reforma electoral provocó que el PRI perdiera la presidencia por primera vez en más de siete décadas y que, en actualidad, el gobierno de México sea de izquierda y con una mayoría de representación en el poder legislativo y en las gubernaturas de los estados.
Perfectible sí, pero sin retroceso.
Esperamos que nuestros gobernantes evolucionen el sistema electoral. Pero esta evolución debe centrarse en reconocer lo que se ha hecho bien y en mejorar lo que no. De inicio, como se cita, el sistema actual permitió la alternancia que favoreció a MORENA y que ahora, ese partido pretende debilitar.
Es necesario evolucionar. Entre otros temas, disminución proporcional de legisladores de elección directa y de plurinominales, regulación estricta de precandidatos y precampañas, retiro de candidatos (y posiblemente el registro del partido que los respalda) que excedan tope de recursos autorizados y/o que utilicen recursos de procedencia ilegal, no permitir la sobre representación de coaliciones en el poder legislativo, revocación de mandato 100% ciudadano, evitar partidos comparsa o de un solo dueño y disminución del presupuesto sin impacto en mecanismos de confianza en jornadas electorales.
Asegurar que la finalidad de la reforma es el ahorro de recursos o cumplir porque lo “pidió el pueblo“ es un argumento vacío, sin sustento, lleno de avaricia y de deseo de perpetuidad, es, en conclusión, un cuento chino.
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