Salamanca.-Los asesinos entraron disparando.
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Los vecinos de la comunidad de Loma de Flores estaban tomando cerveza cuando comenzó la lluvia de balas, relata una de las víctimas que sobrevivió a la masacre ocurrida en Salamanca.
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El domingo pasado, más de 20 personas se reunieron para ver un partido de futbol. Era una tarde familiar. Madres y padres con sus hijos, jóvenes con amigos, primos, tíos y sobrinos convivían mientras alentaban a los jugadores, que también eran parte de su comunidad, de su familia.
Entre los asistentes había un músico que soñaba con ser doctor; un exelemento de Tránsito municipal; un abuelo que al día siguiente conocería a su nieto recién nacido; un estudiante del Conalep; el entrenador del equipo de futbol de Loma de Flores, su esposa, y otros vecinos.
“Ahí están”, dice una de las víctimas sobrevivientes mientras señala una mancha roja en el pasto, rodeada de veladoras. A un costado, bolsas de frituras y botellas vacías de caguamas permanecen como restos mudos de la convivencia interrumpida.
“Nunca había escuchado ese sonido”, explica. No era el estruendo aislado de disparos, sino una secuencia continua de detonaciones. Los agresores llegaron disparando con armas largas, tipo metralleta.
Él y el amigo con el que estaba fueron de los primeros en darse cuenta de lo que estaba por ocurrir. Vieron entrar una camioneta con hombres armados. Su amigo alcanzó a gritar: “¡Agáchense todos!”. Pasó menos de un segundo antes de que comenzaran los disparos.
Ambos se tiraron al suelo y se arrastraron por el llano en busca de un lugar seguro que nunca llegó. Él se quedó inmóvil, pegado a la tierra.
Cerca de él quedaron los cuerpos. Entre ellos, el de su amigo, el mismo que había alertado a los demás. “Híjole, ya le pegaron”, pensó, entre el ruido de las balas y los gritos.
No se levantó hasta que cesaron los disparos. Por eso no pudo ver mucho más: solo recuerda la camioneta y a unos tres hombres en la parte trasera, portando armas largas. Cuando finalmente se incorporó, ya no estaban.
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